domingo, 10 de noviembre de 2013

“El caso de Lucy Harbin” (1964) – William Castle


Afamado productor y director de más de una treintena de títulos (en su mayoría westerns y films de terror), William Castle se hizo todo un nombre en la industria del cine gracias a sus producciones de bajo presupuesto.  En la línea de un Roger Corman, combinando sus habituales labores como director con las de productor, elaboró productos de serie de B de forma rápida, barata y eficaz, lo que le hizo ganarse una notable reputación. Aunque si algo le hizo realmente famoso, fueron sus revolucionarias (entre comillas) e imaginativas triquiñuelas publicitarias.

Con tal de llamar la atención de la prensa y, por ende, del potencial espectador, y conseguir una repercusión añadida a sus estrenos, Castle hurdía una serie de trucos para la proyección de sus películas. Todo empezó con su primer film como productor, “Macabre”, para la cual dispuso enfermeras y coches fúnebres aparcados fuera de las salas de cine, e hizo que con cada entrada se entregara un seguro de vida (con una póliza de 1.000 dólares) en caso de que el espectador muriera de miedo durante el visionado de dicha película.

“Macabre” fue todo un éxito y Castle no dudó en recurrir a toda una variedad de trucos (no siempre tan efectivos) para sus siguientes proyectos, y que iban desde hacer flotar un esqueleto frente a la pantalla durante los últimos minutos de “House on Haunted Hill”(1959) a incluso hacer partícipe a la audiencia del destino final del villano en “Sr. Sardonicus” (1961), entregándole así al espectador una tarjeta con un pulgar que brillaba en la oscuridad y que éste podía mantener hacia arriba o hacia abajo para decidir si el señor Sardonicus se libraba o no de la muerte (curiosamente, el público jamás fue clemente con el personaje, por lo que el final alternativo nunca llegó a proyectarse).

La figura de Castle, con sus simpáticos e ingeniosos trucos, fue indirectamente homenajeada por Joe Dante en “Matinee”, uno de sus films más personales y reivindicables. Y es que pese a la abundancia de títulos, algunos de ellos muy competentes e incluso convertidos ahora en clásicos del género (véase House on Haunted Hill, de la que se hizo un olvidable remake a finales de los 90), la fama de Castle se ha reducido casi siempre a esta anecdótica particularidad, la cual ha sido imitada a posteriori por otros cineastas y productores.

La película que nos ocupa, “Strait-Jacket”, dirigida por el propio Castle y conocida por nuestras tierras como “El caso de Lucy Harbin”, no se libró tampoco del uso estos trucos, y a la entrada de los cines los espectadores fueron obsequiados con pequeñas hachas de cartón. Por qué hachas, os preguntaréis. Pues porque como bien muestra el cartel de la película, ésta es la brutal arma homicida que emplea nuestra asesina protagonista.


La historia comienza cuando Lucy Harbin llega a casa y encuentra a su marido acostado en la cama con su amante. En un salvaje arrebato de furia, Lucy agarra el hacha que emplean para cortar madera y decapita a ambos en presencia de Carol, su hija pequeña. Tras 20 años encerrada en un hospital psiquiátrico, Lucy es dada de alta y enviada a vivir con su hermano Bill y su cuñada Emily, quienes se hicieron cargo de la pequeña Carol en ausencia de sus padres.

El difícil encuentro con una Carol ya adulta y el doloroso recuerdo de los terribles actos del pasado, perturban el bienestar mental de Lucy, evidenciando que quizás no esté del todo recuperada y que, en el peor de los casos, pueda retomar sus viejas costumbres asesinas.

Quizás no tan conocida como “House on Haunted Hill”, y sí más denostada por parte de la crítica que aquella, lo cierto es que “El caso de Lucy Harbin” es uno de los trabajos más sugerentes y notables del William Castle director. Lo que de algún modo demuestra que las mejores obras no son siempre las que perduran en el recuerdo del colectivo cinéfilo.

Rodada en blanco y negro y con un presupuesto visiblemente modesto, la cinta está protagonizada por una sesentona  Joan Crawford en el papel de la “demente” Lucy Harbin. Crawford fue una de las pocas estrellas (de las más importantes y mejor pagadas) del cine mudo que sobrevivió a la aparición del sonoro. Por aquella época (los 60), sus años de gloria habían quedado atrás,  si bien aún pudo retrasar un poco más su retirada del cine prestándose a cintas como ésta.  Para algunas actrices de su edad, como Barbara Stanwyck o Bette Davis (con la que coincidiría en la popular “¿Qué fue de Baby Jane?”, un hecho insólito teniendo en cuenta la consabida mala relación que existía entre ambas), el género de terror o el thriller supusieron una nueva vía de escape para seguir manteniendo a flote sus carreras. A estas cintas, frecuentes durante los 60 y 70, se las conocía coloquialmente como psicho-biddy, hag horror Grande Dame Guignol, siendo su principal característica el estar protagonizadas por peligrosas y mentalmente inestables mujeres de edad avanzada.

En ese sentido, Crawford consigue en este psico-drama toda una prodigiosa composición que despierta en el espectador distintos y encontrados sentimientos hacia su personaje. Desde la inquietud y repugnancia por sus violentos asesinatos o la desaprobación por sus coqueteos con el prometido de su hija, hasta la lástima y la compasión que nos evoca cuando se nos muestra como una corriente e indefensa anciana.

La angustia y sufrimiento constantes de Lucy van mermando paulatinamente sus esfuerzos por mantenerse en un estado mental saludable. Es tanto el miedo a sucumbir a una recaída para quienes la rodean (su hija, su hermano, su médico…) como para ella misma. Más aún cuando las circunstancias a las que se ve abocado su regreso se van enturbiando poco a poco a medida que algunas personas empiezan a desaparecer…


Lo cierto es que el devenir de la trama sugiere una aproximación bastante primeriza de la que a posteriori podrían a ser los sanguinarios mecanismos del slasher. El guión del escritor y guionista Robert Bloch (más conocido por ser el autor de la novela “Psicosis“) se guarda un as en la manga de cara al desenlace; un golpe de efecto al que la habilidad de Castle tras la cámara permite dotar de mayor credibilidad.

Prácticamente todas las decapitaciones que presenciamos ocurren fuera de plano. Castle opta por sugerir antes que mostrar, aprovechándose de un constante juego de sombras muy apropiado y que responde, sin duda, al interés de éste por el buen funcionamiento de los acontecimientos que concluyen la historia. Así es como el director se permite manejar la atención del espectador a su antojo, convirtiendo en imprevisible algo que, a día hoy y con tanto cine visto a nuestras espaldas, resulta bastante más deducible.

La experiencia nos convierte en perros viejos, pero eso no nos priva de disfrutar de una inquietante y perturbadora serie B genuinamente camp. Un cinta que pese al paso del tiempo aguanta bien el tipo y nos deja como legado una asesina absolutamente desquiciada  que bien merece un recordatorio dentro de la galería de famosos homicidas del género.  

Por otro lado, las últimas palabras de Lucy probablemente representen mucho mejor que otras películas lo que es el verdadero “amor de madre”. Un desenlace perfecto. Y como guinda del pastel, un simpático detalle final con el logo de Columbia alterado para la ocasión: tras el último plano, la dama de la antorcha aparece decapitada, con la cabeza a los pies y sin llama en la antorcha.

Una práctica, la de recrearse con el logo del estudio, bastante habitual en nuestros días, pero poco frecuente en  aquellos tiempos (y menos aún de forma tan sádica).

P.D.: No está de más añadir que al William Castle productor le debemos todo un clásico del género: “Rosemary's Baby”, bautizada en nuestro país con el desafortunado título de “La semilla del diablo”.


Valoración personal:

domingo, 20 de octubre de 2013

“The Colony” (2013) - Jeff Renfroe


Año 2045. Debido al aumento progresivo de las temperaturas, la humanidad creó unas mastodónticas máquinas capaces de cambiar el clima a su antojo, logrando así reducir el calentamiento global del planeta. Sin embargo, un buen día llegó el frío, empezó a nevar y ya nunca más cesó ni volvió a asomar el sol en el cielo.

Ahora, la humanidad no tiene más remedio que (sobre)vivir en búnkeres subterráneos para escapar del frío extremo. Pero las condiciones de esta nueva vida son precarias, y a la escasez de alimentos se suma una enfermedad viral que en estos días de frío eterno, y con pocos medicamentos al alcance, se ha convertido en algo mortal: el resfriado común.

“The Colony”, proyectada recientemente en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, es una producción canadiense en cuyo reparto aparecen sólidos intérpretes sobradamente conocidos para el espectador como Laurence Fishburne o Bill Paxton, entre otros rostros algo menos populares, como el joven Kevin Zegers, quién quizás os suene por su participación en películas como “Frozen” (Bajo cero, 2010) o “Dawn of the Dead” (Amanecer de los muertos, 2004).

Zegers es, en realidad, el principal protagonista de esta cinta, mientras que los otros dos ejercen roles algo más secundarios. Zegers interpreta a Sam, uno de los supervivientes de la Colonia 7, un búnker subterráneo liderado por los soldados Briggs (Fishburne) y Mason (Paxton), quienes dictan y aplican las duras reglas de convivencia del lugar. Una de esas reglas es bien simple: si enfermas, te dan la opción de elegir entre abandonar el búnker e iniciar una larga caminata a través de la nieve, o cortar por lo sano y acabar con una bala en la cabeza. No hay una tercera opción.

Algo que en nuestros días, el resfriado común, es una enfermedad leve y pasajera, en el 2045, en una constante e interminable era glacial y sin apenas medicamentos con los que aliviar sus síntomas, se ha convertido en la principal causa de mortalidad entre la humanidad superviviente. Por ese motivo, y dado su elevado factor de contagio, al mínimo indicio de poseer el virus, el individuo es sometido a cuarentena, y si en unos días no mejora, es expulsado de la comunidad. Y esto último garantiza, irremediablemente, una muerte segura, bien por la vía rápida a manos de Mason (persona asignada para ejecutar -nunca mejor dicho- tan desagradable e inhumana tarea), o bien a causa del implacable clima imperante.


Pese a lo inhumano de esta actitud, esto no significa que las comunidades supervivientes hayan perdido su sociabilidad, y entre algunas existen pactos de colaboración mutua en los que unos y otros se ayudan si las circunstancias lo requieren.

Ese es precisamente el motivo que lleva a los protagonistas a iniciar una misión de reconocimiento/rescate a la Colonia 5, lugar desde el que han recibido un mensaje de socorro. Al no obtener respuesta alguna por radio con los residentes de la colonia, Briggs y un par de voluntarios (entre ellos, Sam), deciden aprovisionarse y dirigirse hacia allí para averiguar qué es lo que está ocurriendo.

Una vez llegados a su destino, descubrirán la terrible verdad que ha llevado a la Colonia 5 a unas condiciones de vida alarmantes que han situado a sus residentes al borde del exterminio.

La dolorosa realidad a la que son sometidos los últimos habitantes de la Tierra ha provocado el resurgimiento del instinto de supervivencia más básico y primario del ser humano; aquél que no nos diferencia de cualquier otro animal hambriento. La desesperación ha vencido a la razón, y la hambruna se ha convertido, después del frío mortal, en el peor enemigo del hombre. Por consiguiente, aquellos que han descendido a la más salvaje condición de depredadores, de caníbales sin escrúpulos, ocupan ahora la cima de la cadena alimenticia.


El panorama, más desolador que nunca, sitúa a nuestros protagonistas en una posición verdaderamente delicada, por lo que a medida que transcurren los minutos la historia va adquiriendo tintes survival en los que la violencia más salvaje cobra un gran protagonismo. En ese sentido, se agradece que el director no se ande con demasiados remilgos, algo que en una superproducción estadounidense destinada al gran público sería algo difícil de ver.

Y lo cierto es que se advierte en “The Colony” un intento por aproximarse al habitual blockbuster postapocalíptico de Hollywood, si bien es evidente que los recursos son algo limitados para alcanzar ese propósito. Con todo, la película ofrece un look atractivo, y aunque en ocasiones los efectos digitales se muestren algo insuficientes para llevar a buen término algunas secuencias (las explosiones en el puente y en la Colonia 5, por ejemplo), en líneas generales el trabajo infográfico es más que aceptable y permite dar credibilidad en pantalla a la inclemente era glacial que el director nos propone. La cuidada ambientación y el cumplidor reparto, unidos al buen ritmo de la cinta, convierten a “The Colony” en una propuesta nada desdeñable dentro de su subgénero, aunque la idea, probablemente,  pudiera haber dado más de sí con un presupuesto más holgado.

No obstante, su principal defecto reside en el pobre desarrollo de los personajes (especialmente flagrante en el caso del protagonista y su guapa novia). Y quizás el hecho de que sus cimientos se basen en un reciclaje de ideas y conceptos ya vistos con anterioridad en el género deje al espectador algo insatisfecho o indiferente. Pero en lo personal, me ha parecido un “producto de serie B” resultón y entretenido al que no se le puede exigir mucho más. Y en vista de los antecedentes fílmicos del director (cuyo currículum está plagado de baratos telefilmes), lo cierto es que el resultado es hasta cierto punto milagroso.



Valoración personal:

sábado, 28 de septiembre de 2013

“2 Guns” (2012) - Baltasar Kormákur


No todo en el mundillo de las novelas gráficas son superhéroes, criaturas surgidas de nuestras más profundas pesadillas u otras historias de carácter fantástico y de ciencia-ficción. En sus páginas ilustradas también hay lugar para otras temáticas, y éstas también pueden ser llevadas al cine. Así lo demuestran la denuncia social-política de “Persepolis”, el drama mafioso de “Una historia de violencia”, el noir de “Camino a la perdición” o la comedia de acción de “The Losers” y “RED”.

 “2 Guns”, la nueva película del director hispano-islandés Baltasar Kormákur (Contraband, The Deep), podría catalogarse dentro de ese último grupo: la comedia de acción.

Desde hace 12 meses, el agente de la DEA Bobby Trench (Denzel Washington) y el oficial naval de inteligencia Marcus Stigman (Mark Wahlberg) trabajan, cada uno por su cuenta, como infiltrados en una organización criminal que trafica con drogas. Cuando su intento por recuperar los millones de un cártel de la droga mexicano se descontrola, Trench y Stigman se verán entre la espada y la pared. El único modo de librarse de la cárcel o de una muerte segura será trabajando codo con codo. Y no les resultará nada fácil confiar el uno con el otro…

Una de las claves del subgénero de “buddy movie”, es decir, de las “películas de colegas”, es juntar a dos personajes con personalidades opuestas que se ven obligados a unir fuerzas por un objetivo común. A menudo, el contraste suele potenciarse remarcando otros aspectos que les diferencien a simple vista, como por ejemplo la edad o la raza. Pero para que la pareja funcione, más allá de sus diferencias (o gracias precisamente a ellas), es imrescindible que haya química entre sendos intérpretes. Y de química, Washington y Walhberg andan sobrados. Ambos actores forman aquí tan buena pareja, que uno se pregunta cómo es posible que no hubieran coincidido con anterioridad. A fin de cuentas, los dos están bien afincados al cine comercial, y ser el héroe de la función no es algo que les resulte desconocido a ninguno (y menos al amigo Denzel, habituado al rol de poli bueno).

El colegueo se percibe desde el primer instante en que comparten escena. Ambos son agentes inmersos en una misma operación, pero llevan sus investigaciones de forma paralela para sus diferentes agencias. Ninguno de ellos sabe que el otro es un agente federal encubierto, hasta que las cosas se complican y se encuentran, por así decirlo, con el culo al aire.

Cuando sus superiores les dan la espalda, no les queda otra que cooperar juntos para salir del buen lío en el que se han metido. Y es que tener a un cartel mexicano y a un agente de la CIA corrupto cabreados y pisándote los talones no es una situación agradable de la que se pueda uno librar sin la ayuda de un buen aliado.

A medida que los planes se van torciendo y los problemas van aumentando, la alianza entre Trench y Stigman se va fortaleciendo. Y por muy peliaguda que se ponga la situación, uno u otro siempre encuentra tiempo para hacer alguna bromita o lanzarse una puyita.

Ahí radica uno de los puntos fuertes de la cinta. La relación “amor-odio” entre sendos personajes y el cachondeito que se traen a lo largo de la trama. Sobre todo por parte de Sitgman/Walhberg, el graciosillo de la pareja. Dos personajes, en el fondo, egoístas y que se ven obligados a hacer piña ante una situación de riesgo en la que el sistema para el que trabajan se ha puesto en su contra.


Bajo la sencilla premisa se establece una trama algo más compleja que apunta a distintos frentes y que se va volviendo un tanto rocambolesca por momentos. Quizás una de los pecados del guión sea precisamente eso: rizar el rizo en exceso,  situando demasiados villanos en el escenario (lo que limita el papel de Bill Paxton –el mejor de todos- a menos minutos de los deseables) y llegando a forzar algún que otro giro más o menos predecible.

De todos modos, Kormákur es lo suficientemente hábil como para lograr que eso no afecte al ritmo de la película, por lo que ésta se mantiene exultante en todo momento, sirviéndose descaradamente de lo que en el fondo es su gran pilar: su pareja protagonista

Como complemento, un agradecido reparto de secundarios (Paxton, James Olmos, Patton…) que cumplen sobradamente con su labor, un humor que siempre (repito: siempre) funciona y aisladas escenas de acción poco resultonas pero bien ejecutadas. Así es como “2 Guns” se convierte en una de las agradables sorpresas de la temporada, equilibrando francamente bien la balanza entre pretensiones y resultados, y dejando para el recuerdo una singular pareja de polis que parecen estar pidiendo a gritos una secuela.

P.D.: La idea del robo en el banco de “Tres Cruces”, luagr en el que la mafia deposita sus ganancias, está tomada de un film de Don Siegel, “Charley Varrick” (aka La gran estafa). Un recomendable thriller setentero protagonizado por un Walter Matthau en un papel bastante inusual en su carrera. Merece la pena echarle un vistazo (aunque por lo demás nada tenga que ver con la película de Walhberg y Washington).



Valoración personal:



sábado, 21 de septiembre de 2013

“Justin y la espada del valor” (2013) - Manuel Sicilia


En un mercado como el de la animación por ordenador, con estudios (americanos) tan potentes como Disney/Pixar o Dreamworks, entre otros, no resulta nada fácil hacerse un hueco. No sólo hay que competir con sus multimillonarios presupuestos, que les permiten un acabado visual impecable, sino también con su poderosa mercadotecnia publicitaria y sus voluminosas exportaciones al mercado internacional.

La industria americana es fuerte e implacable, pero estrenos recientes como “Tadeo Jones” han demostrado que, si se hacen bien las cosas, con el producto nacional también se puede conquistar al público (y a la crítica) y arrasar en taquilla. Y eso que los comienzos fueron algo torpes e inseguros.

“Donkey Xote”, sin ir más lejos, fue uno de los primeros intentos fallidos de nuestra industria. Aún se estaba tanteando el terreno, y no sólo la animación no estaba a la altura sino que tampoco el guión daba la talla (y pasar a copiar al burro de Shrek no fue, precisamente, un movimiento acertado). Al año siguiente la empresa granadina Kandor Graphics llevó a cabo, con el apoyo de la productora de Antonio Banderas, un nuevo proyecto: “El lince perdido”, cinta de animación con una historia -al que Donkey Xote- muy autóctona y con un trasfondo ecológico. Y si bien ésta aún quedaba lejos del cine que se producía al otro lado del charco, no es menos cierto que empezaban a apreciarse en ella ciertas mejoras tanto a nivel visual como en otros aspectos.

Con la llegada de “Planet 51” las cosas tomaron un cariz muy distinto. Se trataba ya de una superproducción de elevado presupuesto en la que se invirtieron muchos años de trabajo, y que tuvo unas ventas considerables a nivel internacional, proyectándose en 170 países de todo el mundo (sólo en EE. UU. se exhibió en 3500 salas). No es de extrañar, pues, que con esa cifra se convirtiera en la película española más taquillera de aquél año 2009.

Ahora, pasados varios años desde su debut, Kandor Graphics y Antonio Banderas vuelven a la carga con “Justin y la espada del valor”, una curiosa vuelta de tuerca a las gestas caballerescas.

Justin vive en un reino en donde los caballeros han sido desterrados y la justicia pasa por manos de los abogados. Su mayor sueño es llegar convertirse en un caballero, como lo fue su abuelo, pero su padre Reginald, consejero de la Reina, tiene otros planes para él: desea que su hijo siga sus pasos y se convierta en abogado.

Aguerridos y astutos guerreros, diestros con la espada y la palabra, de brillantes armaduras y obedientes corceles, y siempre dispuesto a servir y proteger al más débil.  Así son los caballeros. O al menos así eran… Sus tiempos de gloria, cuando eran reconocidos, admirados y respetados por todos, terminaron con la llegada de los burócratas y sus abusivas leyes.

En el reino de Justin ya no hay lugar para los caballeros, quiénes fueron desterrados y declarados proscritos a los ojos de la ley. Y sin embargo, la ilusión que persigue Justin desde bien pequeño es ser un caballero, pese a los designios de su padre, quién insta en convertirlo en un respetado abogado a su imagen y semejanza.


La historia de Justin es la historia de un muchacho que desea luchar contra el destino que se le impone. Su intención es tomar las riendas de su vida y su futuro, y lograr así alcanzar su anhelado sueño de convertirse en caballero. Y si para ello debe huir a escondidas del reino en busca de aventuras, que así sea.

Pero convertirse en caballero no es tarea fácil. Su admirable valentía y su buen corazón no son suficientes para alzar la espada en duelo, por lo que tendrá que afrontar un duro adiestramiento con, eso sí, los mejores maestros que uno pudiera desear.

De aspecto severo pero carácter afable, Legantir es el monje prior de la Abadía a la que Justin acudirá para su entrenamiento. Allí sus otros dos maestros serán Braulio, un sabio monje inventor de ingeniosos artilugios (atención a su “temible dragón”); y Blucher, un rudo y viejo caballero de la orden de los Caballeros del Valor que le instruirá en el manejo de la espada.

Con su ayuda, el delgaducho y patoso Justin se pondrá a prueba a sí mismo, tratando de mejorar sus habilidades hasta hacerse digno de lucir su reluciente armadura. Y debe darse prisa porque una amenaza se cierne sobre su reino: el malvado Sir Heraclio, un desterrado caballero en busca de venganza, ha reunido  a un ejército de maleantes con la seria intención de arrebatarle el trono a la Reina.


Una vez más, se trata de la eterna lucha del bien contra el mal, sólo que esta vez un admirable caballero es el villano de la función y un joven aprendiz de abogado es el héroe. Y como ya hace tiempo que dejamos atrás aquello de la damisela en apuros, nos topamos también con personajes femeninos de armas tomar como Talia, una compañera de aventuras diestra y leal (y a quién el intrusivo doblaje de Imma Cuesta le hace un flaco favor). A esta simpar pareja se une un mago muy peculiar que responde al nombre de Melquiades… O bien al de Karolius, según cuál sea la personalidad que adopte este excéntrico y bipolar hechicero. Todo un guiño éste a un “mítico” personaje de la farándula televisiva española de la década de los 90: Carlos Jesús/Micael (¿quién no se acuerda de sus revelaciones sobre Raticulín?).

En eso y poco más quedarían las escasas referencias patrias de la película (el resto son más bien cinéfilas), ya que por lo demás se trata de una propuesta universal y fácilmente exportable a otros mercados. Una vuelta de tuerca a las historias de caballería, con personajes estrafalarios tanto a un bando como al otro (además de Melquiades, tenemos también a Sota, el afeminado compinche de Heraclio; o Sir Antoine, un cobarde y avaricioso impostor), y portadora de valores que no por típicos dejan de ser fundamentales, como son el confiar en ti mismo y nunca darte por vencido, el luchar por lo que es justo o el decidir tu propio destino aún a expensas de lo que los demás quieran para ti.

Todo ello hace de “Justin y la espada del valor” una amena cinta de aventuras para toda la familia, demostrando una vez más que la animación nacional puede ser competente (no sólo a nivel técnico) y una válida alternativa al cine USA.


Si algo hay que reprocharle a la película, no obstante, sería su endeble apartado cómico, que no termina nunca de arrancarnos una buena carcajada.  



Valoración personal:

viernes, 20 de septiembre de 2013

“R.I.P.D.” (2013) - Robert Schwentke


Después del fracaso de crítica y público de “Green Lantern”, a Ryan Reynolds le convenía elegir bien sus siguientes proyectos.  Con “Safe House” (aka El invitado) se acercó a los números de taquilla que hizo con el superhéore de DC, pero la diferencia estribaba en que ésta última había costado prácticamente lo recaudado, 200 millones de dólares, y el thriller de acción protagonizado junto a Denzel Washington “solamente” 85 millones, con lo que el margen de beneficios fue mucho mayor.

Anotado este tanto, quedaba por ver cómo se las apañaría Reynolds en su siguiente superproducción, “R.I.P.D.”, cuyo presupuesto ha ascendido a la friolera de 130 millones, y con la cual no podía permitirse otro tropiezo. Y sin embargo, así ha sido.

Con críticas demoledoras a sus espaldas y una recaudación risible en suelo doméstico, es más que probable que “R.I.P.D.” sea el nuevo pelotazo de Reynolds que acaba estrellándose en el largero. Pero, ¿es tan mala como dicen?

El detective Nick Walker (Ryan Reynolds) parece tenerlo todo en la vida: es un buen agente de policía en la cúspide de su carrera y está felizmente casado con Julia (Stephanie Szostak). Sin embargo, él desea más, y esa avaricia le lleva a cometer un error que pagará muy caro. Durante una redada, Nick es traicionado y abatido mortalmente por su propio compañero, Hayes (Kevin Bacon). Una vez muerto, y para su sorpresa, es requerido para formar parte del R.I.P.D., el Departamento de Policía Mortal, que se encarga de perseguir a los demonios que habitan en el mundo de los vivos para mandarlos de vuelta al infierno. En su nuevo empleo post mortem, al joven agente le asignan como compañero al veterano sheriff Roy Pulsifer (Jeff Bridges), un testarudo cascarrabias que prefiere trabajar solo.

Ambos tendrán que superar sus diferencias para evitar que unos delincuentes acaben con el equilibrio entre los dos mundos…

Robert Schwentke, responsable de, entre otras, “RED”, uno de los sleepers -más incomprensibles, a juicio de un servidor- de 2010, dirige esta adaptación de un cómic estadounidense  que nos presenta a un departamento de policía muy especial. Una agencia del Más Allá encargada de que los muertos no regresen ilegalmente al mundo de los vivos. El deber de sus agentes, los mejores de cada época, consiste en detener y llevar ante la justicia a esos delincuentes que intentan escaquearse del Juicio Final buscando refugio en la desprevenida Tierra. Esto último lo logran camuflándose bajo una apariencia humana normal, pero en realidad su verdadero aspecto es monstruoso, un efecto que al parecer se produce cuando llevan demasiado tiempo fuera del lugar al que verdaderamente pertenecen.

Reynolds interpreta a un agente muerto en servicio que, dado su buen historial policial, es requerido para formar parte de dicho departamento. Pese a sus 15 años en el cuerpo, en su nueva etapa como policía no es más que un novato, y debe aprender a manejarse en este mundo que le es tan extraño. Las lecciones corren a cargo de su nuevo compañero, el sheriff Roy Pulsifer, un veterano alguacil chapado a la antigua que lleva cientos de años muerto trabajando como agente de R.I.P.D. Él le enseñará, a regañadientes, todo lo que necesita saber, y no será fácil, ya que entre ambos surgirán enseguida las tiranteces.

Se desarrolla así el clásico concepto de buddy movie en el que la pareja de polis empezarán por no llevarse demasiado bien, pero que en el transcurso de su investigación se verán obligados a unir fuerzas para evitar, en esta ocasión, una terrible catástrofe.


Pese a que sus orígenes se encuentren en las viñetas de unos cómics, el curioso universo fantástico desarrollado en la película nos es muy familiar. Demasiado, quizás.  Y es que no son pocos los detalles que nos recuerdan a los elegantes cazaalienígenas de “Men In Black”. Desde la pareja de polis formada por el novato y el veterano, hasta el concepto de fantástica y secreta agencia gubernamental, pasando por la fealdad de los monstrencos que, cómo no, se camuflan en nuestro mundo como personales normales y corrientes.  El parentesco con el film de Sonnenfield ya quedó patente en los primeros avances, pero a lo largo de la película su sombra es muy alargada.

Quizás por ello resulte inevitable señalar la falta de frescura de la propuesta, así como la carencia de ingenio y buen hacer que se requerirían para llevar a buen puerto dicho espectáculo.

Y lo cierto es que a nivel visual el director se las apaña medianamente bien, y aunque no invente nada, ofrece una dirección muy dinámica y juguetona, aunque a veces tienda a forzar en demasía algunos planos. Pero la historia, aunque atractiva (la idea en sí ofrece un amplio abanico de posibilidades), no termina de atrapar al espectador como sí lo hiciera en su momento Men In Black; y los efectos especiales, si bien se muestran muy competentes en algunos aspectos (la épica destrucción durante el tramo final pone de manifiesto el abultado presupuesto con el que se cuenta), en otros como en la recreación de los susodichos monstruos no dan la talla, lo que lamentablemente deja una sensación a producto chapucero y de baja categoría.

Por otro lado, resulta un poco triste contemplar a Jeff Bridges haciendo el ridículo con sus estúpidas y cansinas intervenciones y su estrambótico acento de paleto sureño (el cual lleva arrastrando desde “Valor de ley” y que, todo parece indicar, volveremos a sufrir en “Seventh Son”). Su exacerbada sobreactuación es algo que, esta vez y sin que sirva de precedente, el doblaje en español consigue disimular un poquito.

Reynolds sale mejor parado. El actor está en su línea, es decir, que ni demasiado bien ni demasiado mal, pero al menos en los momentos, llamémosles, dramáticos, el chico cumple. Como también cumple Kevin Bacon en su ya habitual –y siempre bienvenido- rol de villano.

Aunque lo intente, “R.I.P.D.” no es Men In Black. Ahora bien, para pasar el rato, la película funciona sin demasiadas quejas por mi parte, más teniendo en cuenta que no se anda con rodeos a la hora de desarrollar la trama y que su ajustada duración propicia que el tiempo pase rápidamente. Esto último algo de lo que algunos directores podrían tomar buena nota, porque no es necesario que un blockbuster dure de dos a dos horas y media. A veces, con hora y media (u hora tres cuartos) es más que suficiente.

Por otro lado, si a “R.I.P.D.” se la considera, desde el otro lado del charco, lo peor del año, entonces, ¿en qué quedan cosas como “A Good Day to Die Hard” o “G.I. Joe: Retaliation”?


Todos los años le toca a un blokbuster recibir, de forma un tanto exagerada, toda la saña de la prensa especializada y los palos del público. Y por desgracia para Reynolds le ha vuelto a tocar a él pagar el pato. Y sinceramente, no veo razones suficientes para semejante linchamiento. A peores cosas nos hemos enfrentado este año en una sala de cine.



Valoración personal:

viernes, 13 de septiembre de 2013

“Percy Jackson y el mar de los monstruos” (2013) - Thor Freudenthal


De todos los intentos por conseguir una nueva franquicia juvenil que pudiera competir contra el todopoderoso Harry Potter, probablemente el único o de los pocos que no devino en un sonado fracaso fue “Percy Jackson y el ladrón del rayo”. Si bien no se puede decir que dicho film causara el impacto ni provocara el fenómeno de masas que sí tuvo (y retuvo) Potter, lo cierto es que a esta primera adaptación de la saga literaria “Percy Jackson y los Dioses del Olimpo” le fue lo suficientemente bien en taquilla como para justificar la aparición de una segunda entrega. Dicha secuela llega tres años después de su predecesora con la intención de contentar a sus seguidores y, a ser posible, sumar nuevos adeptos.

En esta ocasión, Percy y sus amigos deben encontrar el legendario vellocino de oro mágico para poder defender el Campamento Mestizo, amenazado éste por monstruos mitológicos que han logrado sortear sus barreras protectoras.

El viaje llevará a nuestros protagonistas a embarcarse en una peligrosa odisea a través de las aguas del inexplorado y mortífero Mar de los Monstruos, al que los humanos conocen como Triángulo de las Bermudas.

Ya ha transcurrido un tiempo desde que Percy Jackson salvara al Olimpo de su destrucción. Desde entonces, su vida en el Campamento Mestizo ha pasado más bien sin pena ni gloria, por lo que llega a cuestionarse si su primera gran victoria no fue sólo fruto de la casualidad; si en realidad aquello no fue más que una heroicidad de un solo día. Ahora que sus dudas le perturban, se cierne sobre él y el resto de los hijos de los dioses una terrible amenaza. El Campamento corre un serio peligro, y Percy no duda ni un segundo en volver a entrar en acción para demostrarse a sí mismo y a los demás que es un digno hijo de Poseidón.

Por supuesto, sus amigos, Annabeth (hija de Atenea) y el sátiro Grover, le apoyarán y se unirán a él en esta aventura en la que tendrán que hacer frente desde un toro mecánico que escupe fuego hasta cíclopes gigantes, entre otras terroríficas criaturas.

El recital de referencias a la mitología griega sirve, tal como ocurría en su antecesora, para trasladar objetos y personajes de aquellos mitos a la actualidad y confeccionar nuevas hazañas para nuestros jóvenes protagonistas. Así que si alguien confiaba en que esta segunda entrega se mantendría algo más fiel a aquellas leyendas, que se vaya olvidando de ello. A fin de cuentas, el objetivo de Rick Riordan, autor de las novelas, no residía en adaptar dichos mitos a a nuestros tiempos sino en extender aquellas historias, en darles aires renovados  para que sus fantasías pudieran seguir conquistando a las generaciones venideras.

Éste concepto es trasladado a las películas, beneficiándose de las ventajas del medio audiovisual para desplegar en él dichas aventuras con la espectacularidad requerida. A tales efectos, no obstante, cabe lamentar que el apartado infográfico no esté a la altura de las circunstancias. Los efectos especiales/digitales son, en ocasiones, bastante resultones, pero en otras más bien cantan la Traviata, lo que dificulta seriamente la credibilidad del repertorio fantástico que se da cita en pantalla. Y para una superproducción que se apoya prácticamente en sus efectos, eso resulta bastante daniño de cara al disfrute del espectador. 


También se nota la ausencia de Chris Columbus en la silla de director. El hombre a quién le debemos –ya sea como guionista o como director- algunos clásicos de nuestra infancia (Los Goonies, El secreto de la pirámide o Gremlins), el que dio vida a las dos primeras entregas de Harry Potter y en quién se confío los mandos de esta nueva franquicia, ejerce en esta ocasión de mero productor ejecutivo, quedando patente que a su sustituto, Thor Freudenthal (El diario de Greg), el encargo le viene un pelín grande.

Aunque “Percy Jackson y el mar de los monstruos” mantiene la esencia del film original y persigue sus mismo patrones aventurescos, se percibe en ella un aumento en las dosis de humor (a ratos simpático, a ratos risible). Las gracietas cómicas ya no recaen en exclusiva en el personaje del sátiro, si no que todos aportan su granito de arena. Quizás lo mejor en este sentido sea la breve pero estelar aparición de Nathan Fillion (¿o es Richard Castle?) como el Dios Hermes, y su sutil guiño hacia “Firefly”.

El hijo de Hermes, por cierto, vuelvo a ser el villano de la historia, pese a su supuesto fallecimiento en la primera entrega. Y es que ya se sabe que en una saga la muerte de un personaje no siempre es definitiva.

El regreso de Luke sigue condicionado por su odio hacia los Dioses, esos padres sobrenaturales y ausentes a quienes parece no importarles lo más mínimo la vida de sus descendientes. Luke pone en marcha su pérfido plan y, por supuesto, Percy y sus amigos tratarán de desbaratarlo. Y esta vez lo harán incorporando nuevos aliados a sus filas: Tyson, un inesperado hermanastro de Percy afectado por su condición de medio-monstruo; y Clarrise, hija de Ares (el Dios de la guerra) y principal rival por el liderazgo en el Campamento Mestizo.

Así que un repertorio heroico ampliado y nuevos monstruos es lo que ofrece esta continuación que, en líneas generales, se mantiene en la línea del anterior film, esto es, un ligero e inofensivo entretenimiento para la chiquillada. Por tanto, si aquella te gustó o como mínimo te hizo pasar el rato, ésta también lo hará. Si por el contrario te pareció otro fallido producto juvenil, lo más probable es que esta secuela no mejore tu opinión al respecto.


¿Habrá tercera entrega? La película deja un final abierto para que así sea, y dado que la (primera) saga literaria consta de tres libros más, lo lógico es que el estudio esté interesado en adaptar todos y cada uno de ellos. Pero como siempre, el que manda es el público, y si éste no responde como es de esperar, ésta podría ser la última aparición cinematográfica de Percy Jackson. A su homónimo en papel, no obstante, seguramente le quede cuerda para rato.


Valoración personal:

Autobombo: Crítica y Crónica de "La gran familia española"



Hoy se estrena en la cartelera de nuestros cines "La gran familia española", una estupenda (y recomendadísima) comedia dramática dirigida por Daniel Sánchez Arévalo (Primos, Gordos, AzulOscuroCasiNegro) y protagonizada por Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández y Verónica Echegui, entre otros.

Teniendo en cuenta que la película no se inscribe dentro de la temática de Amazing Movies, he decido quitarle el polvo a mi otro blog, Diario de una mente perturbada, y publicarla allí. De este modo, reactivo aquél sin necesidad de duplicar contenidos.

Pero además, y dado que echamos (tristemente) el cierre a Tu Blog De Cine, he decidido que las críticas y otros artículos no relacionados con AM sean también publicados en una web amiga. Y para tales efectos, la elegida ha sido http://www.tomacine.com/.

Mi estreno en ella se produce no sólo con la crítica de "La gran familia española", sino también con un pequeño reportaje con las declaraciones del director y miembros del reparto presentes en la presentación de la película que hubo tras el pase de prensa. Un servidor tuvo la oportunidad de charlar con ellos y entrevistarles, así que en dicho reportaje/crónica podréis leer sus declaraciones. 

A continuación os dejo los respectivos enlaces:

Crítica de "La gran familia española"

http://tomacine.com/criticas/4441-critica-la-gran-familia-espanola.html

Entrevistas al equipo de "La gran familia española"

http://www.tomacine.com/directores/47-directores/4442-la-gran-familia-espanola-cronica.html


Saludos,