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viernes, 12 de mayo de 2017

“Alien: Covenant” (2017) – Ridley Scott



Sinopsis: Rumbo a un remoto planeta al otro lado de la galaxia, la tripulación de la nave colonial Covenant descubre lo que creen que es un paraíso inexplorado, pero resulta tratarse de un mundo oscuro y hostil cuyo único habitante es un “sintético” llamado David (Michael Fassbender), superviviente de la malograda expedición de Prometheus... 

Comentario:
He de reconocer que la primera vez que vi Prometheus no aprecié -o no quise apreciar- todos sus defectos, y otros tantos los dejé pasar sin más. Supongo que el fan de Alien que hay en mí hizo la vista gorda y se dejó llevar por las expectativas de volver a disfrutar de naves espaciales y alienígenas revientapechos de la mano del señor Ridley Scott. Pero seamos honestos, ni los más indulgentes podemos obviar que la película no aguanta un segundo asalto.

Scott nos llevó de nuevo al universo alien para explicarnos los orígenes de los xenoformos (cosa que ni hacía falta ni nadie pidió) a través de un pedante discurso filosófico y pseudoexistencialista muy de baratillo y que para nada encajaba con la saga. Para colmo, en su condición de horror survival espacial, la cinta se mostraba falta de ideas y sorpresivamente torpe, debido en parte a la estupidez supina de unos personajes (los humanos) escritos sin pies ni cabeza. Tan sólo el androide interpretado por Michael Fassbender resultaba mínimamente coherente. Ni que decir que éste era lo único rescatable del ambicioso y pretencioso fiasco de Scott.

Quizás por ello, Fassbender no sólo es el único que repite en esta continuación, sino que además lo hace por partida doble. Si bien lo que nos tiene preparado el guionista con respecto a los dos sintéticos es algo que, por desgracia, se ve venir a leguas desde su primer encuentro. 

En cuanto al resto de la tripulación, decir que la de la Covenant es, en parte, algo más rescatable que la de la Prometheus, aunque se paseen por un planeta desconocido como el que se va a dar una vuelta por el campo, o que se salten a la torera todos los posibles protocolos de emergencia una vez que empiezan los problemas. 

En cualquier caso, personajes como el de Daniels (Katherine Waterston) tienen bastante más enjundia que el de la Dra. Shaw y cía, y aunque la ausencia de Ripley siga siendo el gran vacío que Scott no va a poder llenar jamás, por lo menos esta vez nos preocupamos un poco más por su supervivencia. Además, como en el caso de “Prometheus”, los más catetos son de los primeros en diñarla, cosa que se agradece.


 Es evidente que Scott ha procurado recuperar buena parte de la esencia “slasher” de la cinta original, aumentando considerablemente las dosis de violencia y gore (en compensación de la absoluta falta de suspense), e incluso permitiéndose algún que otro desnudo gratuito cual gamberra serie B italiana. Sin embargo, esto sigue teniendo en su adn tanto o más de su predecesora (Prometheus) como de la saga madre, por lo que el resultado es una mezcla de ambas que no termina de cuajar. 

Por un lado, tenemos a David, con su narcisismo y su complejo de Mesías elevado a la máxima potencia, mediante el cual Scott sigue soltando su discurso sobre Dioses, la creación y demás zarandajas que, simple y llanamente, nos traen sin cuidado, cuando no directamente estorban. Por el otro, el intento de survival es, a estas alturas, un más de lo mismo escuetamente satisfactorio. Hay facehugger, hay pechos que revientan, hay xenoformos con malas pulgas, y sobre todo hay sangre y explosiones por doquier, pero no deja de ser todo una amalgama de algo que ya hemos visto en anteriores (y mejores) ocasiones. Scott nos entrega lo de siempre, esperando que la potencia de los efectos visuales de hoy en día supla la falta de emoción y tensión imperantes. Con todo, no se puede negar que las dos horas se pasan volando, y que en el apartado técnico Scott sigue mostrándose impecable (¡faltaría más!). 

Los que reclamaban mayor presencia del xenoformo probablemente quedarán contentos con el resultado de un filme que se limita a cumplir con el trámite de seguir sacando tajada de una idea que tiene ya sobre sus espaldas 38 años. Una idea que Scott parece empeñado en seguir exprimiendo hasta que no quede ni gota. 


VALORACIÓNPERSONAL 

jueves, 30 de marzo de 2017

“Ghost in the Shell – El alma de la máquina” (2017) – Rupert Sanders



Sinopsis: la Mayor Mira es un híbrido cyborg-humano femenino único en su especie que dirige un grupo operativo de élite llamado Sección 9. Consagrada a detener a los extremistas y criminales más peligrosos, la Sección 9 se enfrenta ahora a un enemigo cuyo objetivo principal consiste en anular los avances de Hanka Robotics en el campo de la ciber-tecnología.

Análisis:
Masamune Shirow se encuentra entre los mangakas más conocidos por los aficionados al cómic japonés. Sus obras, pertenecientes al género de la ciencia-ficción y circunscritas más concretamente al cyberpunk, gozan de enorme popularidad. Las más conocidas probablemente sean Apleseed y Ghost in the Shell, ésta última llegando a alcanzar el estatus de culto sobre todo en su adaptación al anime, tal como hicieron anteriormente películas como “Akira” de Katsuhiro Ôtomo, otro de los grandes nombres del manga/anime.

Así pues, enfrentarse a una versión live-action y, para más inri, americana, siempre resulta un tanto peliagudo. Y en los últimos tiempos se han rodeado además del polémico whitewashing, término que casi por definición denota cierta discriminación racial. Y aquí quisiera hacer un breve apunte, pues considero que si la nacionalidad y/o raza de los personajes no es vinculante o especialmente relevante dentro de la trama, no debe suponer ningún agravio que ésta se modifique por las conveniencias que sean. Hay historias perfectamente adaptables cambiando por ejemplo ubicación (país o continente), raza (caucásico, negro o asiático) o sexo (hombre o mujer), sin que la esencia de la obra original se pierda o quede mermada por dicha alteración.

En el caso de “Ghost in the Shell”, existen aspectos sociales y políticos asociados a Japón que, aunque pueden asociarse o trasladarse a otro país, es preferible que se mantengan tal cual. De todos modosd, el contexto es mucho más acusado en las dos series de televisión posteriores (Stand Alone Complex), y no tanto en las películas. 

Aquí sus responsables han tratado de ser lo más respetuosos posibles con la obra de Shirow en ese aspecto, pero se da el caso (y de ahí la controversia) que los principales protagonistas, o al menos los que gozan de mayor peso en la cinta, son caucásicos. Es así por razones obvias, dado que la película es americana, pero también por motivos económicos de cara al mercado doméstico y también al extranjero. Siempre será más difícil venderle al público una película protagonizada por, en este caso, asiáticos. Esto es así, por triste y racista que parezca. Por eso los americanos prefieren hacer remakes de películas asiáticas antes que importarlas. Aunque ahí también entra a colofón el tema del idioma, por lo que dichos remakes no se limitan al cine asiático, sino también al resto del mundo. El público americano no está muy predispuesto a ver cine subtitulado, y en eso se parecen mucho a los españoles (los que vemos películas y series en v.o.s. somos y seguiremos siendo una minoría). 

Dicho esto, los personajes sí que mantienen sus nombres originales, ya que de no ser así los puristas se subirían por las paredes. Y claro, al final queda todo un potaje pelín raro, teniendo a intérpretes americanos (ingleses, francesas…) con nombres japoneses. Todo sea por la fidelidad. Fidelidad que, no obstante, se queda muy coja en cuanto a la personalidad de los susodichos personajes.


 Aquí han querido ofrecernos a una Mayor, la ciborg protagonista, mucho más empática y atormentada,  es decir, mucho más humana, y aunque eso no es malo de por sí, implica que se parezca muy poco, por no decir nada, a su homónima animada, cuyo valor carismático es incalculable. Y tres cuartos de lo mismo se puede decir del resto de personajes, con salvedad quizás de Batou, probablemente también el actor secundario más rescatable de la película junto al que interpreta Juliette Binoche. También porque la participación del resto es ínfima y de muy poca importancia. Es la Mayor la que recoge todo el peso de la película. Ni siquiera el villano o villanos tienen un tratamiento digno. Por desgracia, la empatía del espectador para con Mira/Motoko es nula. Y ahí es donde reside una de mayores escollos de la película, aparte de lo rutinario de los acontecimientos que tienen lugar ella.

Estamos ante una cinta visualmente potente, algo de lo que el director ha demostrado saber un rato, pero absolutamente vacía (ocurría lo mismo con su libérrima versión de Blancanieves). Su llamativo envoltorio repleto de bonitos efectos especiales (que ya se encargan de recordarnos a cada maldito plano) de seguro atraerá al público joven, además de a los fans del manga/anime. Pero la película falla por completo como thriller de ciencia-ficción y, por supuesto, como entretenimiento, que al fin y al cabo es lo que en esencia busca ser.  Hablando en plata, “Ghost in the Shell” es un rollo patatero.

Argumentalmente, anime y live-action son bastante parecidos si no nos ponemos muy quisquillosos, por lo que no creo que ahí la comparativa sufra en exceso. Las licencias tomadas son permisibles, dentro de lo que cabe, y es evidente que en post de mantener a Johannsson como reclamo para futuras secuelas, el desenlace ha sido convenientemente modificado (probablemente, lo más dañino de cara a su personaje). Tampoco es que el anime fuera lo más entretenido del mundo; era un technothriller futurista muy conectado con la ciencia-ficción más hard, es decir, no apto para todos los paladares dado sus elevados desvaríos filosóficos. Y aunque aquí todo se nos da mucho más mascado para que funcione a nivel comercial y el público no se tenga que comer mucho el tarro, al final resulta todo muy inocuo y reducido a una mera sucesión de secuencias de acción molonas que contemplas sin el más mínimo atisbo de entusiasmo o deleite.  Es decir, que estamos ante una película de acción desastrosamente vacua, sin aliciente alguno más allá de su atractivo visual. Por tanto, aunque dejemos a un lado las comparaciones con el anime o con el manga, la película se hunde por sí misma. 

En distintos aspectos puede recordar a cintas como “Blade Runner” (Shirow ya bebía bastante de ella), “Johnny Mnemonic” o “Matrix”, y eso sin duda hará que tenga su público, pero no creo que entusiasme o marque un hito como lo han hecho alguna de las citadas, o como lo hizo la versión animada. Otra cosa es si, en relación a esta última, la fama es merecida o no. A título personal, dentro del universo Ghost in the Shell, me gustan más las dos series de animación que las dos películas; que pecan, si se me permite la osadía, de ser un tanto farragosas y pretenciosas (sobre todo la primera, ya que la segunda se beneficia bastante del toque buddy movie). Creo que las tramas de las series son más interesantes y sugerentes  (tanto las principales como las que se desarrollan en capítulos independientes y autoconclusivos), y que los personajes funcionan mucho mejor puesto que están más desarrollados (el formato así lo permite, amén del buen hacer de los guionistas).  



VALORACIÓN PERSONAL 


jueves, 23 de marzo de 2017

“La cura del bienestar” (2017) – Gore Verbinski


Sinopsis oficial: Un joven y ambicioso ejecutivo de empresa (Dane DeHaan) es enviado para traer de vuelta al CEO de su compañía, que se encuentra en un idílico pero misterioso "centro de bienestar", situado en un lugar remoto de los Alpes suizos. El joven pronto sospecha que los tratamientos milagrosos del centro no son lo que parecen. Cuando empieza a desentrañar sus terribles secretos, su cordura será puesta a prueba, pues de repente se encontrará diagnosticado con la misma y curiosa enfermedad que mantiene allí a todos los huéspedes, deseosos de encontrar una cura.


Comentario

Tras el monumental fiasco de “El Llanero Solitario”, Gore Verbinski necesitaba resarcirse como fuera. En vez de decantarse por otro presumible blockbuster con pretensiones de franquicia, el cineasta ha optado por elegir justo lo opuesto: una película algo más “pequeña” (40 m. de presupuesto) y de terror, un género que ya había tratado en el remake norteamericano de la japonesa “The Ring” (aquella de la cinta de vídeo maldita).

 “La cura del bienestar” es,  no obstante, una cinta mucho más centrada en el terror psicólogo que físico, aunque no por ello exenta de imágenes truculentas que de vez en cuando se insertan en la narración para sugestionar al espectador. Momentos que, todo hay que decirlo, se nos acabarán antojando finalmente bastante gratuitos.

Un centro de bienestar para viejos ricachones, perdido en medio del monte suizo, es un concepto bastante sugerente, sobre todo si dicho balneario no es lo que en realidad aparenta. El lugar no sólo esconde una trágica historia ancestral sobre sus origenes, sino que además ésta guarda una estrecha relación con el presente y las inquietudes con respecto a la legitimidad de los servicios de bienestar y curación que se ofrecen en el centro. Y es que sus clientes, que aparentemente llegan allí para curarse y relajarse del estrés y las preocupaciones de la vida moderna, parecen no poder o no querer volver a sus anteriores vidas, prolongando así su estancia indefinidamente. Algo así como una droga o una secta de la que no se pueda escapar jamás.

Hasta allí llega nuestro protagonista para, en principio, sacar de allí a uno de sus pacientes. Lo que no esperaba éste era terminar convirtiéndose en uno. Y a medida que pasan los días, el lugar le parecerá cada vez más extraño y sospechoso, dudando seriamente de los tratamientos que allí se aplican y de las intenciones para con los mismos. ¿Realmente curan las dolencias a sus huéspedes? Y si no es así, ¿con qué propósito los mantienen allí? Todas estas incógnitas irán surgiendo a lo largo del relato, desconcertando tanto al protagonista como al espectador.


Verbinski se sirve de un escenario turbador para crear momentos ciertamente inquietantes, adentrándonos en un ambiente de malestar y locura. Sin duda, el look retro del lugar, en contraste con el mundo actual, le da un toque visual también muy agradecido. El problema es que, como ya insinuaba al principio, los momentos más impactantes y perturbadores no son más que meros artificios que intentan compensar la carencia de verdadera intriga. Todo para que al final la explicación a tanto impostado misterio sea de lo más ramplona y previsible. Lo que no ayuda en nada tampoco una resolución de la trama torpe e igualmente efectista, supongo que en un intento no muy acertado de acercarse y homenajear a los mad doctors de los clásicos de terror de la Universal o la Hammer de principios del siglo pasado. 

A su favor, además del mencionado emplazamiento de la historia, se encuentran las interpretaciones del elenco principal conformado por los jóvenes Dane  DeHaan y Mia Goth, así como el veterano Jason Isaacs, ducho éste en personajes de villano. 

Por el contrario, el contraste entre el centro de su salud y los pueblerinos me resulta un tanto exagerado e irrisorio, convirtiendo a estos últimos en una especie de lúgubres rednecks a la suiza en contraposición a la no menos siniestra rectitud y pulcredad de los trabajadores del centro de salud. También la insensatez -en ocasiones- del protagonista escapa a toda lógica, lo que sin duda le permite a los responsables estirar el metraje hasta la extenuación. Al fin y al cabo, ese probablemente sea uno de los mayores fastidios de la película.

Dejando de lado que la obra de Vervinski recuerde  irremediablemente a otras propuestas mucho mejores, como la notable “Shutter Island” de Scorsese o la más humilde pero no por ello menos satisfactoria “Stonehearst Asylum (Eliza Graves)” (cinta ésta con la guarda no pocos elementos en común), lo cierto es que el verdadero agravio que se comete en el último trabajo del “visionario director” (ejem), es alargar sin razón un relato que, quizás con menos metraje, habría resultado más redondo. Y es el que la precariedad del guión, enmascarada a ratos por el buen hacer visual de Verbinski, da para un capítulo de “Supernatural” o “Historias de la Cripta”, pero no para una cinta de dos horas y media. Con lo que al final, la supuesta intriga y el misterio terminan siendo más bien tediosos.

“La cura del bienestar” no es una mala película per sé, pero creo que ni los guionistas ni Verbinski han sabido dar en el clavo, y se han pasado un rato largo de pretenciosos.


VALORACIÓN PERSONAL 

viernes, 6 de noviembre de 2015

“Spectre” (2015) – Sam Mendes



Sinopsis: Durante una misión no autorizada, el agente 007 se infiltra en una reunión secreta y descubre la existencia de una siniestra organización conocida como SPECTRE. Cuestionado por el nuevo director del MI6, Bond decide actuar encubierto y reclutar a Moneypenny y Q para que le ayuden a buscar a Madeleine Swann, la hija de su antiguo archienemigo, el Sr. White, quién quizá tenga la clave para desentrañar el misterio de SPECTRE. A medida que Bond avanza en su misión, descubre una estremecedora conexión entre él mismo y el enemigo que busca.

Después del chasco monumental que supuso la diarreica “Quantumof Solace”, era necesario volver a conectar con aquél espectador encantado de la vida con el renovado agente 007 que nos brindó la estupenda “Casino Royale”. Así que los productores fueron a lo seguro y ficharon a un director de reconocido y reputado talento: Sam Mendes. Cierto es que el cineasta británico carecía de experiencia en esto del cine de acción, siendo “Camino a la perdición” lo más “cercano” a este género que figura en su filmografía, pero éste asumió el reto con la profesionalidad que le caracteriza y acabó ofreciéndonos una de las mejores entregas -y con una de las mejores canciones- de la saga. Una cinta con gracia y estilo; con sus agradecidas notas de humor sarcásticas y con unas elegantes y atractivas secuencias de acción (en donde otros hubieran optado por endosarnos CGI a mansalva, Mendes optó por lo artesano; véase la secuencia del descarrilamiento del metro en el subterráneo).

Quizás a “Skyfall” se le pudiera reprochar cierta grandilocuencia dramática, e incluso ese regustillo a “segundo reinicio” que destilaba su último tercio. Pero en realidad esto no es más que el lógico proceso gradual de inmersión del Bond de Craig a los estándares de la saga. Así, poco a poco hemos ido recuperando algunos de los elementos que han caracterizado al popular espía inglés; desde su famosa frase de presentación, “Bond, James Bond”, hasta su martini agitado pero no revuelto, pasando por los ingeniosos gadgets (cada vez menos fantasiosos) y su suministrador habitual, Q (bajo el aspecto éste de un joven geek encarnado por Ben Wishaw). Incluso pudimos asistir al nacimiento de un personaje clave de la franquicia, Moneypenny, la siempre eficiente secretaria de M. 

Con “Spectre”, Mendes y Craig van un paso más allá, desvelándonos a la mente maestra que está detrás de todo el tinglado malicioso al que al parecer pertenecían los malos malísimos de las anteriores entregas. El villano en la sombra que todo lo controla, y que sólo puede ser derrotado por un hombre: James Bond. Lamentablemente, lo que debería ser un antagonista glorioso, se queda en un mero intento bastante desdibujado. Todavía no tengo claro cuánta culpa tiene de ello Christoph Waltz y cuánta los guionistas. Probablemente más los segundos, a sabiendas que con un buen guión Waltz puede ser un villano memorable (Malditos bastardos), y con uno malo puede hacer el mayor de los ridículos (The Green Hornet). Y es que resulta más amenazador el esbirro de turno (en la piel de Dave Batista), que el genio criminal protagonista.

Además, dejando de lado lo poco claras que son sus motivaciones para hacer lo que hace, su pérfido plan no tiene tampoco demasiado sentido. SPOILER  ¿qué necesidad tiene Spectre de hacerse con el control de las agencias de seguridad de todo el mundo? A fin de cuentas, la organización, oculta a ojos del mundo, opera ya a su libre antojo. Su único, hablando en plata, grano en el culo es Bond, que tiene la mala costumbre de arruinarles muchos de sus reprobables negocios. Así que con acabar con él y con el MI6 es más que suficiente. Pero los guionistas no opinan así, FIN SPOILER y nos endosan una trama de conspiraciones en las altas esferas  que discurre torpemente de una punta a otra del mapamundi y que en ningún momento logra captar el interés. Quizás sea también su lánguido ritmo y un metraje que se hace eterno a más no poder (¿148 minutos para un filme de Bond?, ¿nos hemos vuelto locos o qué?) lo que impida disfrutar de una película que, en realidad, contiene todos los elementos clave  que queremos ver en una cinta del agente 007. 


Porque Bond sigue haciendo lo suyo tan bien como siempre: correr, saltar, disparar, matar, soltar sus chascarrillos, deleitarse con bellas mujeres y salvarse por los pelos de una muerte segura. Y todo ello sin despeinarse y con la chulería acostumbrada. Además, ahora cuenta con el indispensable apoyo de Q y Moneypenny, sus mayores aliados y las únicas personas en las que verdaderamente confía. Y aunque como en el caso de Q, sea metiéndolo con calzador en el terreno de juego (su viaje en persona hasta Austria no tiene mucha razón de ser), lo cierto es que se agradece una mayor participación de éstos en las aventuras del espía. Incluso M abandona su aburrido despacho para entrar en acción.

Pero ni con esas se salva de ser una película sumamente aburrida con un, eso sí, brillante arranque en México (precedido por unos sugerentes títulos de créditos de connotaciones claramente sexuales). Y quizás dicho prólogo sea el único momento en el Mendes hace acto de aparición. Porque durante el resto del metraje parece agarrarse firmemente al piloto automático, con una dirección tan pulcra como impersonal.

Si “Skyfall” era un amago de reinicio (para precuela ya teníamos “Casino Royale”), “Spectre” parece ser un amago de despedida. ¿Ya? ¿Tan pronto? Evidentemente, al Bond de Craig todavía le queda cuerda para un rato, o al menos contrato firmado (cinco entregas, si la memoria no me falla). Así que ese tono de “el fin de una era” que se cascan al final es otro pegote más para una película que, si bien no se puede tildar de mala, con todas las connotaciones negativas que supondría eso, sí es insulsa a rabiar. Tanto o más que la nueva chica Bond (Léa Seydoux).

A todo esto, ¿merecía la pena fichar a un mujerón como Bellucci para entregarle cuatro líneas de diálogo en el típico rol de mujer objeto a la que Bond pueda beneficiarse tan gratuitamente? Hay cientos de atractivas mozas desechables aptas para ese papel. La italiana se merecía algo mejor.


 El arranque en México.
 Lo mucho que aburre el resto y lo insulso de la nueva chica Bond.




Valoración personal:

viernes, 10 de julio de 2015

“Terminator: Genesis” (2015) – Alan Taylor



Sinopsis oficial: Año 2032. La guerra del futuro se está librando y un grupo de rebeldes humanos tiene el sistema de inteligencia artificial Skynet contra las cuerdas. John Connor (Jason Clarke) es el líder de la resistencia, y Kyle Reese (Jai Courtney) es su fiel soldado, criado en las ruinas de una postapocalíptica California. Para salvaguardar el futuro, Connor envía a Reese a 1984 para salvar a su madre, Sarah (Emilia Clarke) de un Terminator programado para matarla con el fin de que no llegue a dar a luz a John. Pero lo que Reese encuentra en el otro lado no es como él esperaba...
 
No hay duda que la primera “Terminator” se ha convertido, con el paso de los años, en un clásico del género, y que su continuación, “Terminator 2: el Juicio Final”, es una secuela ejemplar y uno de los mejores (y revolucionarios) blockbusters de los 90. Pero no todo el mundo es James Cameron, y los intentos por prolongar la saga más allá de las fabulosas entregas de su creador han sido un auténtico desastre. 

Desde la bochornosa “Terminator 3: Rise of the Machines”, en la que nos quisieron endosar un refrito de las anteriores entregas sustituyendo al temible T-1000 por un burdo androide femenino de curvilíneas formas, pasando por la olvidable - aunque entretenida- “Terminator Salvation”, en la que la acción nos situaba en el futuro en plena guerra contra las máquinas. A ésta última habría que reconocerle al menos el intento de ofrecer algo distinto a lo visto anteriormente, ubicando la historia en un escenario  que ansiábamos ver desde la película original: el futuro posapocalíptico en el que John Connor lidera la Resistencia contra las máquinas de Skynet. Claro que el guión era un pifostio de agárrate y no te menees, y ese futuro, con motos-cyborgs y robots gigantes que parecían sacados de la saga Transformers, poco tenía que ver con el futuro concebido por Cameron.

Desde entonces,  los derechos de la franquicia han sufrido un bailoteo constante, pasando de mano en mano sin que nadie supiera qué hacer con ellos. Hasta lo intentaron con una aburrida serie para televisión, “Terminator: The Sarah Connor Chronicles”, que sólo confirmaba la falta de imaginación y talento de quiénes han intentado prolongar el mito más allá de las películas de Cameron.
Y ésta “Terminator: Genesis” no es, ni mucho menos, la excepción. 

En el año de las secuelas-reboot de viejas franquicias (Mad Max: Fury Road, Jurassic World…), la película de Alan Taylor (Thor: The Dark World) se lleva la peor nota. Y ni siquiera el visto bueno del propio James Cameron, que la considera como la verdadera continuación de sus películas, sirve de aval para asistir a otro fallido intento de reiniciar la franquicia

O bien Cameron ha perdido el poco criterio que le quedaba o bien el cheque que le han ofrecido por respaldar la película ha sido generoso. En cualquier caso, no se entiende que se autoproclame “fanboy” de un producto tan rutinario y olvidable como éste.

 
Es evidente que esta secuela intenta ser el punto de partida para una nueva franquicia, muy al estilo de lo que hizo J.J. Abrams con “Star Trek”. Es decir, creando una nueva línea temporal que permita a los guionistas hacer lo que les venga en gana sin tener que rendir cuentas con las anteriores películas y sus respectivos fans. Y en cierto modo, este movimiento no es para nada una mala idea. Desgraciadamente, la película tiene poco que aportar al universo Terminator, y al igual que la tercera entrega, todo suena a ya visto pero en su peor versión. Otra muestra más de reciclaje de ideas que intentan perpetuar el mito tirando de nostalgia, a ver si así el público cae rendido a sus pies. Pero no nos engañemos, que por mucho Chuache que se ponga delante, este es otro fiasco más para la saga

Es más, da lástima comprobar cómo el propio Schwarzenegger intenta revivir sus años dorados con un personaje para el que, por mucho que nos duela, se ha quedado realmente viejo y obsoleto. Ni aunque justifiquen convincentemente su presencia con la excusa de que el recubrimiento del T-800 es piel humana que envejece, ni aunque ahora ejerza de “figura paternal” para Sarah. Y es que su mera presencia en pantalla provoca un déja vú que sólo invita a desalentadoras comparaciones. Sentimiento que se traslada de forma general  a toda la película. 

Si bien es cierto que algunos elementos criticables de esta cinta podrían achacársele también a la reciente “Jurassic World” (como el hecho de que tanto guiño más bien las haga parecer un remake encubierto), la ventaja del film de Trevorrow es que contaba con nuevos y atractivos personajes que permitían ir más allá de lo conocido. Aquí, sin embargo, tenemos a un Kyle Reese y una Sarah Connor que no resisten comparaciones con sus homólogos. Ni Jai Courtney ni Emilia Clarke dan el pego, y sus personajes además se resienten bajo un romance apresurado y cursi. Y aunque ella esté bien en los momentos, digamos, más dramáticos, como heroína de acción no consigue siquiera acercarse al legado de Linda Hamilton. El único personaje novedoso es el que interpreta J.K. Simmons, y en realidad poco o más bien nada aporta a la historia.

En cuanto al villano, su identidad supuestamente debería ser una sorpresa, pero fue vilmente desvelada/chafada por los responsables de marketing en un desesperado intento por seducir al público potencial. Dicho esto, es algo deshonroso que el rol recaiga en la figura de un héroe clave en la saga, y que para más inri éste devenga en una mala copia del T-1000.


Pero para ser justos, el tramo inicial de la película resulta bastante prometedor, dejando ver un futuro en guerra contra las máquinas más cercano al mostrado por Cameron en sus films. Y como ya he comentado antes, la idea de reescribir la saga con una nueva línea temporal, si bien no es original, sí resulta una vía de escape más que digna para reconducir de nuevo la franquicia. Pero lo bueno dura poco, y una vez los protagonistas pasan del alterado 1984 al futuro 2017, la historia se vuelve repetitiva y la trama empieza acusar agujeros de guión considerables. Incógnitas que quedan en el aire y a las que seguramente ni los propios guionistas sepan dar respuesta. 

Tampoco ayuda que el humor sea tan abundante como nefasto. La mayoría de los gags carecen de gracia o bien resultan lamentables, como por ejemplo contemplar al T-800 ejecutando –en varias ocasiones- un intento de sonrisa (guiño a una escena que en “Terminator 2” Cameron descartó por inapropiada. Insisto, INAPROPIADA).

A nivel visual, los efectos son, en un su mayoría, cumplidores. En particular, las escenas de destrucción iniciales y el jovencito T-800 original, con un acabado desde luego más convincente que en “Terminator: Salvation”. Por contra, y por raro que parezca, el T-1000 luce peor que el de hace dos décadas atrás. De las secuencias de acción cabría destacar la del puente de Golden Gate por su eficaz ejecución, aunque tampoco sea nada del otro mundo; y en el lado opuesto destacaría, por ridícula, la secuencia del T-800 a lo kamikaze contra un helicóptero.

En conjunto, no se puede negar que el invento entretiene medianamente. Al menos cuando uno no está dándole vueltas al rocambolesco guión. Y por supuesto, es mejor que la infame entrega de Mostow, cosa por otra parte no muy difícil. Pero eso no es suficiente para hacer como Cameron y darle el visto bueno.

 Probablemente hubiera sido más interesante seguir allí dónde lo dejó McG en “Terminator: Salvation”, centrándose en la guerra contra las máquinas, y dejarse ya de tanto viaje temporal y de tanto repetir la fórmula de la película original. Porque la fórmula más que gastada está OBSOLETA.  


 La premisa con la que parte para reiniciar la franquicia.

 Que dicha premisa se eche a perder a la media hora de película.


 
Valoración personal: