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jueves, 21 de julio de 2011

“Paul” (2011) – Greg Mottola

critica Paul 2011 Greg Mottola Simon Pegg
Aunque ya habían trabajado juntos en la serie “Spaced”, no fue hasta la llegada de “Shaun of the Dead” (me niego a reproducir el título que le calzaron en España) que Simon Pegg y Nick Frost, dirigidos por Edgar Wright (responsable también de la citada serie) se dieron a conocer al gran público. La película en cuestión, una parodia/homenaje al subgénero zombie (y muy particularmente a las películas de George A. Romero), pasó a convertirse en toda una pieza de culto, y catapultó a la fama -o algo así- a sus dos protagonistas. Después de participar, por separado, en diversas producciones británicas y americanas, el trío –actores y director- se reencontró en “Hot Fuzz”, comedia en la que el género de referencia era el cine de acción y las clásicas buddy movies o películas de colegas. De nuevo, acertaron de lleno con la fórmula, así que el público ansiaba volver a ver a la pareja protagonizando juntos otra comedia. Y el momento ha llegado, pero con la salvedad de que no está Wright a los mandos sino Greg Mottola, director de películas tan olvidables –a mi gusto- como “Supersalidos” o “Adventureland”.

Graeme Willy (Simon Pegg) y Clive Gollings (Nick Frost) son dos buenos amigos que llevan mucho tiempo ahorrando para realizar el viaje de sus sueños: un peregrinaje al corazón de la zona de ovnis en Estados Unidos para visitar cada uno de los legendarios lugares donde ha habido avistamientos de platillos volantes. Sin embargo, el encuentro con Paul, un alienígena recién fugado de una base militar secreta, cambiará sus planes y las vacaciones soñadas se convertirán en una aventura en la que serán perseguidos por agentes federales y por un fanático religioso, padre de una joven, Ruth Buggs (Kristen Wiig), a la que no les ha quedado más remedio que secuestrar.

Al cambio de director, debemos añadir también el cambio de compañero de escritura de guión de Simon Pegg, ya que esta vez no es Edgar Wright el co-guionista sino su amigo y compañero de reparto Nick Frost. Este cambio ha motivado que el protagonismo se divida a partes iguales entre ambos actores, de modo que uno no eclipse al otro y tengan los dos sus momentos de gloria. Aún así, cabe decir que Pegg sigue siendo quién lleva un poco la voz cantante, y a quién se le adjudica el interés amoroso de la cinta.

Sus personajes, Grame y Clive, son dos frikis que están de visita al Comic-Con de San Diego, la convención internacional más importante y multitudinaria que se realiza sobre el mundo del cómic y otras artes (o ámbitos) relacionadas con la fantasía, la ciencia-ficción o el horror. Pero lo que no esperan es que una de sus pasiones, como son los alienígenas, se convierta en una realidad justo en el momento en que se topan con un extraterrestre de carne y hueso. Claro que Paul no es un extraterrestre cualquiera, aunque su apariencia sea muy cercana a la que el cine o los cómics nos han ido inculcando.


Para empezar, Paul es un alienígena irreverente y desvergonzado. Su comportamiento se acerca al humano, o más bien, al de un adolescente despreocupado, pues entre sus vicios destaca, por ejemplo, su gusto por fumar porros.

Esta actitud desconcierta bastante a nuestros dos protagonistas, y calará hondo en Ruth, pues sólo su mera existencia echa por tierra todas esas creencias religiosas que su padre le ha ido inculcando desde su más tierna infancia.

De todas formas, a medida que pasan más tiempo juntos, los tres humanos terminan congeniando perfectamente con el descarado alienígena, y harán todo lo posible para que éste consiga llegar sano y salvo a la nave nodriza que le llevará de vuelta a casa. Y cabe decir que la hazaña no resultará nada fácil, pues tras ellos anda el Agente Zoil, un implacable federal que no admite errores, y menos de sus ocasionales ayudantes, otros dos agentes inexpertos (y algo paletos) que desconocen la naturaleza de su misión. A estos hay que añadir también el padre Ruth, que como buen cristiano, irá en busca de su inocente hija, escopeta en mano, para rescatarla de los dos supuestos criminales que la han secuestrado.


La película hace gala de un sentido del humor muy propio de Pegg, pero también se acerca peligrosamente al humor grueso más del estilo yanqui. Hay que recordar que ya no estamos ante una producción inglesa sino americana, y eso, unido al cambio de director y a la presencia de Seth Rogen como doblador de Paul, hace que los dos guionistas sucumban un poco a las exigencias del público del otro lado del charco; un público más afín a los tacos y los gags de carácter sexual y/o escatológico, que al refinado y ácido humor inglés de toda la vida.

Este hecho supone el mayor escollo para disfrutar plenamente de la película, o al menos lo es para aquellos que no somos afines a ese tipo de comedia. De todos modos, existe una gran baza que lo compensa, y esa es su absoluto frikismo (gracias a sus dos personajes principales) y sus continuas referencias cinéfilas, las cuáles van desde Spielberg -como no podría ser de otro modo tratándose de alienígenas- hasta el Depredador de McTiernan o el Desafío Total de Verhoeven. Referencias y guiños a veces más sutiles, a veces más directos, pero siempre contando con la complicidad del espectador. Y es que la película es un homenaje cómico -a la vez que entrañable- a la ciencia-ficción de los 70 y 80, y con algún acercamiento también (sobre todo en el prólogo inicial) a la de los años cincuenta. Además, nos depara alguna que otra sorpresa especial en forma de cameo y que, obviamente, no voy a desvelar para no quitarle la gracia.

La suma de toda esa cinefilia que desprende la trama, más un alienígena gamberro, unos protagonistas muy frikis y entrañables, unas cuantas puyas hacia a la religión cristiana y hacia una más que discutible costumbre arraigada en la sociedad americana (el tema de las armas) , una historia de amor que entra sin problemas y no parece metida con calzador, un reparto en su salsa y un final que incluso resulta emotivo (sin caer en lo ñoño), hacen de ”Paul” una road-movie de ciencia-ficción simpática y amena. Dirigida a un tipo de espectador muy concreto (que probablemente será quién más la disfrute), pero aún así apta también para un público más genérico.



Valoración personal:

martes, 21 de junio de 2011

"Stake Land" (2010) - Jim Mickle

critica Stake Land 2010 Jim Mickle
Cuando uno acude a un festival de cine como el de Sitges, es difícil llegar a ver todas esas películas a las que se le ha echado el ojo. Dada la abultada programación, y con varias proyecciones a la vez en distintas salas, uno termina para hacer una selección de lo que cree más interesante. A veces se escoge bien y uno se lleva una grata sorpresa; otras veces, en cambio, la película elegida resulta ser un fiasco.

Finalizado el festival, cabe la posibilidad de que algunas de las películas proyectadas terminen estrenándose en salas comerciales, como ha ocurrido recientemente con “Insidious” (una de esas “agradables sorpresas” de las que hablaba), lo que para algunos supone la primera oportunidad para verlas, y para otros la segunda. Sin embargo, muchas otras películas no tienen esa suerte, y no sólo no llegan a las salas sino que además tampoco tienen salida en Dvd, lo que hace muy difícil su visionado.

Por ese motivo internet se ha convertido en el último recurso, la última esperanza, de lograr echarle el guante a todas esas películas que, de otra forma, sería imposible llegar a ver. Y Stake Land, proyectada en el pasado Festival de Cine Fantástico de Sitges, es una de esas cintas que me quedaron pendientes y de las que ya puedo opinar con conocimiento de causa.

En una América post-apocalíptica en la que una misteriosa plaga convierte a la gente en vampiros, un chico huérfano (Connor Paolo) y un veterano cazador de vampiros (Nick Damici) emprenderán una dramática ruta hacia el norte, a Canadá, en busca del “Nuevo Edén”, un lugar libre de la enfermedad.

En estos tiempos de vampirismo afeminado, es de agradecer que se presenten a estas criaturas de la noche como lo que de verdad son o deberían ser: unos monstruos sedientos de sangre.

La película, dirigida y co-escrita por Jim Dickle (responsable de pasable “Mulberry Street”), parte de un mundo post-apocalíptico en el que todo se ha ido al carajo por culpa de una infección que transforma a la gente en vampiros irracionales. Los pocos supervivientes se agrupan en pequeñas comunidades intentando restablecer el orden, sobreviviendo como pueden con lo poco que tienen y defendiéndose a diario no sólo de los infectados sino también de los caníbales que han surgido a raíz de la escasez de alimento y de las sectas religiosas que quieran dominar el territorio y utilizar la plaga en favor de sus propósitos; una plaga que ellos consideran un castigo de Dios a los pecadores y a los infieles.

En medio de todo esto, se encuentra un cazavampiros de nombre desconocido (le llaman Míster) que va recorriendo el país exterminando a todo indeseable (vampiro o no) que se cruce en su camino. A él se une un joven al que acaba de salvar la vida y al que le enseñará todo lo que sabe para que aprenda a defenderse y a sobrevivir por sí mismo.


Cazador y aprendiz/ayudante entablarán algo parecido a una relación paterno-filial mientras recorren kilómetros y kilómetros a bordo de un viejo automóvil y mientras se enfrentan, en su largo camino, a los vampiros y a la ya citada secta, que resultará ser mucho más peligrosa que los chupasangre.

"Stake Land" bebe de la corriente zombie sustituyendo a los no-muertos por vampiros, beneficiándose así de las características básicas de ambos subgéneros y consiguiendo que confluyan dentro de una historia post-apocalíptica que aborda la supervivencia de sus protagonistas con tintes dramáticos muy en la línea de “La Carretera” de John Hillcoat (aunque en ocasiones también recuerde a “Doomsday” de Neil Marshall).

De hecho, lo más destacable de la cinta, además de la incisiva crítica al fanatismo religioso, es esa vertiente dramática, pues no trata sólo de enfrentamientos contra vampiros sino que también se esfuerza en mostrar las consecuencias sociales y morales de la infección vampírica. El problema, no obstante, es que la mayoría de los personajes principales son bastante planos, lo que impide un mayor calado empático entre el espectador y ellos, llegando al punto en que muchas de las situaciones más pretendidamente dramáticas/emotivas nos dejen bastante fríos o indiferentes.

La voz en off del joven Martin, que nos va relatando la historia desde su propio punto de vista, está bien llevada, pero es lo que en cierto modo priva a los guionistas (entre ellos, el propio Damici) de desarrollar convenientemente al grupo, prescindiendo a menudo de mostrar una adecuada interacción entre sus componentes y privándonos a nosotros de conocerlos mejor. Así pues, lo único en lo que nos apoyamos es en las cuatro pinceladas –insuficientes- que nos proporciona Martin (el único que personaje que muestra cierta evolución a lo largo del metraje), y en consecuencia, también su relación paterno-filial con Míster se ve afectada, quedando bastante diluida.


En cuanto al propio Mister, el matavampiros, digamos que resulta más o menos carismático, lo que compensa un poco ese precario desarrollo de personajes. Además, muchas de sus escenas se erigen como las mejores de la película.

Técnicamente no hay nada que reprocharle ya que, pese a los pocos medios, tanto la ambientación posta-apocalíptica (no muy llamativa, pero convincente), como el maquillaje de los vampiros (bastante terrorífico) o los efectos especiales en las escenas de acción (no muy espectaculares, pero sí contundentes), está bien solventado, y el notable trabajo de fotografía (muy apreciable en las escenas nocturnas) le otorga un punto extra de calidad al conjunto.

La banda sonora, de carácter intimista, resulta adecuada para enfatizar el tono amargo y melancólico de la historia, si bien peca de reiterativa, pareciendo que prácticamente todo el rato suena el mismo leitmotiv.
Las actuaciones son también correctas (incluido el creíble joven protagonista), destacando del reparto algunos rostros conocidos como Danielle Harris (habitual del género terror en el que se inició a edad muy temprana en el clásico “La noche de Halloween”), Michael Cerveris, al que servidor suele conocer como “el calvo misterioso de Fringe”, y Kelly McGillis, el interés amoroso de Tom Cruise en “Top Gun”, y para la que el paso del tiempo no ha sido muy generoso, que digamos.

Con todo, Stake Land resulta una interesante (aunque no muy original) road movie post-apocalíptica/vampírica, que aún lejos de parecerme la maravilla de la que todos hablan en la red, considero que sí es una buena muestra de que no hacen falta grandes presupuestos ni estrellas de primer nivel para rodar buen cine de género. Sin ir más lejos, recientemente hemos tenido en nuestras carteleras “El sicario de Dios”, una película de temática parecida que por mucho 3D y por muchos millones (60, nada menos) con los que se presente, no se libra de ser una absoluta mediocridad infinitamente menos satisfactoria que la presente Stake Land, la cual al menos consigue dejarte unas cuantas imágenes grabadas en la memoria.




Valoración personal:

sábado, 6 de febrero de 2010

“La carretera (The Road)” (2009) - John Hillcoat

Crítica La Carretera The Road
El favor del público y/o el de la crítica es esencial para que un escritor salga del anonimato y consiga cierto renombre en el mundillo de la literatura. Si luego recibe galardones que premien su trabajo o consigue que sus novelas se conviertan en best-sellers, entonces puede devenir en un blanco perfecto para que los estudios de Hollywood adapten sus novelas.

Cormac McCarthy es un aclamado escritor estadounidense cuya obra hace relativamente poco que ha dado el salto en el cine. Si exceptuamos un telefilm de finales de los 70, la primera adaptación para la gran pantalla fue “Todos los caballos bellos” (2000), dirigida por el actor y eventual director Billy Bob Thornton. El resultado no pudo ser peor: vilipendiada por la crítica y fracaso en taquilla.

Tuvieron que pasar siete años hasta que otro, o mejor dicho, otros intentaran de nuevo llevar al cine una novela de McCarthy. Estos fueron los hermanos Coen, que a diferencia de Thornton, obtuvieron unos resultados inmejorables con "No es país para viejos". Por un lado, un gran éxito de taquilla, recaudando seis veces más de lo que costó; y por el otro, obtuvo el beneplácito de la crítica, que ponía la cinta por las nubes con calificativos tales como “gran película” o “obra maestra”. Y por si eso fuera poco, se llevó 4 Oscars (merecidos o no, eso ya es otra cosa), entre los que destacaron Mejor película y Mejor director. Claro que entre público la opinión estaba divida a partes desiguales entre los que creían haber visto un peliculón y los que pensaban que era un tostón de cuidado.


La Carretera (The Road), basada en la novela homónima ganadora de un Premio Pulitzer, tiene todas las papeletas para producir las mismas sensaciones encontradas entre el público, si bien la crítica ya se ha deshecho en elogios, como era de esperar. Aunque no deja de ser extraño que no haya ni rastro de ella en los nominados a los Oscars 2010…


La película nos sumerge en un mundo post-apocalíptico en el que un padre (Viggo Mortensen) y su hijo (Kodi Smit-McPhee) tratarán de sobrevivir como puedan en una tierra hostil y devastada por un cataclismo. Juntos emprenderán un viaje hacia el sur, donde está la costa, en busca de un lugar seguro donde asentarse. En su camino se cruzarán con otros pocos supervivientes, algunos de los cuales pueden ser un grave obstáculo, ya que no son pocos los que, en vista de la escasez de alimentos, han decidido optar por el canibalismo para su supervivencia.


Esta sería una escueta sinopsis de la “La Carretera”, y eso es básicamente lo que podemos encontrar en ella, ni más ni menos. Obviamente, se trata de una atípica cinta post-apocalíptica en la que no hay forzudos héroes –o anithéroes- que luchen contra un montón de brutos armados hasta los dientes, ni tampoco escenas de acción cargadas de pirotecnia y adrenalina por un tubo. Esto es algo que ya sabrán de sobra aquellos que conozcan la novela, pero para los que no, era importante dejarlo bien claro, ya que el tráiler puede –y quiere- dar una idea equivocada del tipo de película que realmente es.


Tras un cataclismo del que apenas tenemos información (no sabemos por qué se originó, aunque podemos hacernos una idea…), el mundo y la civilización se han ido al garete. La tierra es un lugar estéril en el que ya no crece nada ni se pueden cultivar alimentos; animales de cualquier hábitat (tierra, mar o aire) parecen haberse extinguido, y de la raza humana apenas quedan unos pocos supervivientes. Estos últimos pobladores del planeta Tierra tan sólo pueden sobrevivir de dos formas: alimentándose de los escasos restos de comida que encuentren por el camino o bien alimentándose de otros supervivientes, es decir, comiendo carne humana. Cualquiera de las dos opciones no parece asegurar la continuidad de la especie.

Mortensen interpreta aquí a un hombre que, pese al desolador panorama, mantiene aún su cordura y sus ganas de vivir. Y lo hace en compañía de su hijo pequeño, a quién cuida y protege de todo peligro. También prepara al joven para el día en el que él ya no esté ahí o para acabar con su propia vida en caso de que caigan en manos de los caníbales.
En busca de un lugar mejor para vivir, se encaminan hacia el sur, pero la travesía hasta ahí no resulta nada fácil, y además de sortear a los temibles caníbales, deben hacer frente también a la desesperación y sobre todo al hambre.

“La Carrettera” es, a grandes rasgos, una película dura y descorazonadora. Pero además de eso, tiene algo que pocas tienen: personajes de verdad, creíbles y sobre todo, humanos, con sus virtudes y sus defectos.

En un mundo dejado de la mano de Dios, en donde impera la ley del más fuerte, un hombre honrado y un niño son presas fáciles. Y aunque continuamente el padre se esfuerza en hacerle ver a su hijo la diferencia entre los buenos (ellos) y los malos (los caníbales), realmente el instinto de supervivencia apenas deja lugar a distinciones. Nadie es bueno ni malo en el caos. Sobrevivir es lo único que importa, y hay que hacerlo a cualquier precio.

De ahí que, a veces, la inocencia del pequeño choque con la actitud fría y conservadora de su padre para con los extraños. A fin de cuentas, si el mundo no es un lugar amable… ¿por qué serlo ellos? No hay tiempo para ser un buen samaritano; sólo hay tiempo para preocuparse de uno mismo, y en este caso, además, con la responsabilidad de mantener a salvo a tu hijo.

En ese sentido, momentos como el del ladrón de la carreta o el del encuentro con el viejo solitario (interpretado por un casi irreconocible Robert Duvall), resultan ser de lo más desalentadores. Tramos duros, tristes y sin contemplaciones, pese a los resquicios de benevolencia que puedan existir en el segundo caso.

En cuestiones estrictamente cinematográficas, vale decir que se trata de una película de ritmo pausado, en la que apenas ocurren grandes cosas o situaciones realmente determinantes para el devenir de la trama (unas pocas, nada más). Como espectadores, nos limitamos a observar ese camino lleno de obstáculos, deseos y recuerdos que llevan a cabo padre e hijo.


Los encuentros con otros supervivientes son eventuales y duran muy pocos minutos, lo cual, quizás (según los gustos de cada uno), sea un punto en su contra. No porque los personajes principales no sean suficiente como para soportar todo el peso de la película, sino porque parece que le falte chicha para llenar esas casi dos horas de metraje. Y mientras que algunos momentos parecen alagarse en exceso, otros tantos se resuelven de forma algo precipitada. Entre unos y otros, se intercalan –necesarios - flashbacks mediante los cuales sabemos un poco más del personaje interpretado por Mortensen, quién, dicho sea de paso, realiza una estupenda interpretación que desgraciadamente no ha sido recompensada con, cuanto menos, una nominación al Oscar.

Otro punto en contra, y esto es muy subjetivo, es el hijo, por el que apenas sentí lástima o sufrimiento alguno. Todo lo contrario, pues me resultó de lo más molesto y cargante, sensación que derrumba por completo cualquier empatía que puede tener con su personaje. No sé si fue su a veces repelente –aunque comprensible- actitud o directamente el modo de interpretarlo del joven Kodi Smit-McPhee, pero la cuestión es que fue, en parte, decisivo para que la película de John Hillcoat (responsable del interesante y también atípico western “La Propuesta”) no cruzara la línea que separa el “me ha gustado” del “me ha encantado”.

Por otro lado, tengo la sensación de que esta historia se saborea mejor leyéndola que viéndola (procuraré hacerme con el libro cuanto antes). Aunque eso sí, la decadente y gris atmósfera retratada en la película no tiene desperdicio, méritos a parte de un excelente trabajo de fotografía por parte del español Javier Aguirresarobe.

En resumidas cuentas, si no os entusiasman demasiado las películas post-apocalípticas, está claro que “La Carretera” no será la propuesta que os haga cambiar de opinión. Y si el ritmo pausado os produce somnolencia, mejor manteneros alejados de ella. En caso contrario, podéis acercaros al cine y comprobar por vosotros mismos si la película de Hillcoat cumple o no vuestras expectativas (en mi caso, a medias). A los que hayan leído la novela, creo oportuno recomendársela sin reparos, aunque es muy probable que consideren mucho mejor la versión escrita (como suele ser habitual)




Valoración personal:

miércoles, 25 de marzo de 2009

"Interstate 60" (2002) - Bob Gale


En los últimos tiempos, encontrar una idea original en una película parece una misión digna del mismísimo Ethan Hunt. Entre remakes innecesarios, secuelas tardías (y más innecesarias, si cabe), precuelas y adaptaciones varias (cómics –la moda de esta década-, novelas, videojuegos…), parece que las ideas originales –y ya no digo buenas- están en peligro de extinción. Los productores ya no arriesgan y optan por ir a lo fácil, depositando sus esfuerzos y su dinero en productos que cumplan fórmulas ya conocidas que puedan funcionar dentro de las exigencias estándar del público mayoritario; los guionistas terminan rescribiendo el material de otros o adaptando algo, que es mucho más fácil que crearlo por sí mismos; y los directores se olvidan de tener un estilo propio para adaptarse a la demanda imperante (cámara al hombro es la última tendencia “cool” de este colectivo)

Ante semejante panorama, no nos queda otra que calzarnos la cazadora, el sombrero y el látigo e ir a por la gran aventura de todo buen cinéfilo: la búsqueda de historias que aún puedan sorprendernos. Por supuesto no es tarea fácil, pero uno siempre acaba haciendo grandes descubrimientos, ya sea en un género u otro. Y aunque no siempre las historias sean del todo originales, sí el modo de contarlas es lo que puede determinar que cierta película pueda o no gustarnos.

En los últimos meses he hecho bastante de esos descubrimientos, aunque no siempre los comparto con mis lectores (por motivos diversos que no vienen al caso). Sin embargo, dentro del género fantástico parecía que toda esperanza de encontrar material novedoso iba a llevarme por el camino de la amargura. Entonces descubrí “Interstate 60”, o mejor dicho, redescubrí, y es que ya hace un tiempo que supe de su existencia, pero hasta que la oportunidad de hacerme con ella no se presentó ante de mí, no salí de dudas. Supongo que tarde o temprano, echarle un visionado era algo inevitable.


La historia de “Interstate 60” es la de Neal Oliver, un joven artista cuya vida parece estar ya planeada por su padre, un rico abogado que quiere que su hijo siga sus pasos, pero sin haberle preguntado antes a él si ese futuro es el que realmente quiere para sí mismo. Por supuesto, Neal no desea la vida que tan fácilmente le ofrecen, ni tan siquiera quiere depender del dinero de sus adinerados padres, y por eso trabaja por su cuenta en un almacén.

El día en el que Neal cumple 22 años, su deseo de aniversario no es otro que el de encontrar una respuesta a su vida, es decir, qué debe hacer con ella, qué caminos debe seguir y cuáles rechazar. En vez de eso, el regalo de su padre es un BMW rojo descapotable, el coche del color que él nunca quiso (pero sí su padre). Curiosamente, cerca del lugar anda O.W. Grant (Gary Oldman), una especie de genio que sólo concede un solo deseo por persona. Por lo general, suele tomarle el pelo a quienes le encuentran y a jugarles malas pasadas, pero la petición del joven le parece tan curiosa, que decide poner en marcha un plan para que ese deseo se cumpla. Pero para conseguir la dichosa respuesta, Neal deberá poner de su parte, lo que le lleva a realizar un largo viaje hasta Dunver, un lugar inexistente, a través a de una carretera que tampoco existe, la Interestatal 60.

La incredulidad de Neal va desapareciendo a lo largo del viaje. Durante su transcurso, el joven irá descubriendo curiosos personajes y lugares de lo más variopintos. Cada persona que conozca, cada lugar que se encuentre en el camino y cada historia que viva, le conducirán a esa respuesta tan deseada. Pero sólo cuando llegue al final de la meta, tras un sinfín de experiencias, Neal verá cumplido su deseo. Será entonces cuando él mismo podrá responder a su propia pregunta. El resto, será cosa del destino.


“Interstate 60” es una de esas películas que pretenden transmitir un mensaje esclarecedor y positivo al espectador, a través de una fábula de carácter fantástico. El esquema narrativo podría asimilarse al de “Big Fish” de Burton, y el genio O.W. Grant (Oldman), vendría a ser una versión más amable del Djin de “Wishmaster”, siendo éste un ser poderoso que concede los deseos “a su manera”. Pero más allá de eso, la cinta es una road movie plagada de curiosos personajes, lugares poco comunes e historias de lo más increíbles. Cada encuentro y cada entuerto que Neal resuelve, son una manera de conocerse a sí mismo y de aprender a tomar ciertas decisiones. Decisiones que pueden dictaminar nuestro destino. Y está en nuestras manos, mayormente, elegir ese destino y no dejar que otros lo hagan por nosotros, aunque por ello haya que renunciar o perder ciertas cosas.


El artífice de todo esto es Bob Gale, quién con en este largometraje debuta como director pero no como guionista, pues ahí sí posee una más que interesante trayectoria en el campo del fantástico. Entre otras cosas, fue junto a Robert Zemeckis, el encargado de desarrollar y escribir toda la trilogía de “Regreso al futuro” (ahí es nada), además de muchos de los capítulos de la serie animada que la misma tuvo a principios de los noventa. Antes ya había trabajado con Zemeckis en la comedia Used Cars (aka Frenos rotos, coches locos, ejem, sin comentarios), protagonizada por un treintañero Kurt Russell, que aquí interviene en un pequeño papel.

Por esa misma época, concibió la historia de “1941”, una película que narraba, en clave de humor, el ataque japonés a Pearl Harbor, y que dirigió el mismísimo Steven Spileberg (no en vano, éste fue el productor ejecutivo de la ya citada Used Cars). Aunque se la considera uno de los mayores fracasos comerciales -y críticos- en la carrera del Rey Midas de Hollywood, éste no dudo en volver a contar con los servicios de Gale para uno de los capítulos de su serie “Amazing Stories” (aka Cuentos asombrosos). Dada esta relación profesional, no es extraño que en la película que nos ocupa haya un simpático guiño hacia “Encuentros en la tercera fase”, una de las películas de ciencia-ficción más conocidas y aclamadas de Spielberg.


Posteriormente, Gale ha trabajado, dentro del fantástico, en Historias de la cripta ("Tales from the Crypt"), tanto en uno de los capítulos de la serie regular como en uno de sus películas, “Bordello of Blood”, titulada aquí en España como El Club de los vampiros.

Finalmente, tras un largo tiempo desaparecido de la pequeña y gran pantalla, Gale se embarcó en el guión y en la dirección de “Interstate 60”, elaborando así una agradable y simpática comedia fantástica con su pizca de romance, su inevitable surrealismo y sus moralejas.
Para ello, contó con viejos conocidos como Russell y ”caras nuevas” como la de la guapa Amy Smart o la de James Mardsen, que interpreta correctamente el rol de Neal, y que en los últimos años ha intervenido como secundario en películas del calibre de “X-Men”, “Superman Returns” o “Encantada: La historia de Giselle”. Digna de mención es la presencia también del siempre genial Gary Oldman como el genio O.W. Grant, además de la aparición estelar de dos viejos conocidos, Christopher Lloyd en un papel breve pero esencial, y Michale J. Fox, los eternos Doc y Marty de la mejor trilogía de la historia del cine: “Regreso al futuro”. Este último interviene a modo de cameo como un ejecutivo en pleno ataque de nervios (la única manera, imagino, de poder disimular su terrible Parkinson)

Así que por el buen sabor de boca que me ha dejado, por sus simpáticos personajes y su original -dentro de lo cabe- historia, no puedo sino recomendaros el visionado de “Interstate 60”, una película curiosa y diferente que se agradece y mucho en estos tiempos que corren (la escasez de ideas en el cine es cada día más sangrante)



Valoración personal: