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domingo, 11 de noviembre de 2018

Mis fracasos de taquilla favoritos (I): La Isla de las Cabezas Cortadas (Cutthroat Island)



Presupuesto: 98 millones de dólares
Taquilla doméstica: 10 millones de dólares.
Estreno USA: 22 Diciembre 1995
Estreno España: 15 de Enero 1996


Sinopsis: Tras la muerte de su padre, Morgan Adams, capitana del barco pirata Morning Star, emprende la búsqueda de las tres partes en que está dividido el mapa de un fabuloso tesoro. Como el idioma en que está escrito el mapa es latín, Morgan compra un esclavo conocedor del idioma para descifrarlo, William Shaw.

Para conseguir el tesoro Morgan deberá enfrentarse no solo al acoso de la flota británica que trata de erradicar la piratería del Caribe, sino también a su cruel tío, el capitán Dawg, que también ansía el tesoro y que no se detendrá ante nada para conseguirlo, aunque deba acabar con su propia familia.



Comentario:
Mucho antes de que el Capitán Jack Sparrow y la tripulación de la Perla Negra navegaran por el Mar Caribe en busca de tesoros malditos, ya lo hizo Morgan Adams a bordo del Morning Star. Y antes que ella, muchos otros.

Por desgracia, y a diferencia de Sparrow, a Adams la taquilla no le sonrió como debiera, y su incursión en el género quedó relegada al olvido. O peor todavía: ser recordada como uno de los mayores fiascos de taquilla de la historia, dudoso honor que comparte junto a la “Cleopatra” de Mankiewicz o “La puerta del cielo” de Cimino. Con esta última, para más inri, les une el estigma de ser las culpables de llevar a la bancarrota a su productora (United Artists la una, Carolco la otra).

Lo cierto es que en el caso de “La Isla de las Cabezas Cortadas”, esto último no deja de ser una verdad a medias. Carolco Pictures, la productora fundada por Mario Kassar y Andrew G. Vajna atravesaba ya cierta crisis a principios de la década de los 90, estando a punto de la quiebra en 1992, y probablemente salvándose de ella gracias al enorme éxito de dos títulos clave en su trayectoria: “Terminator 2: el Juicio Final” e “Instinto básico”. Por aquél entonces, Vajna ya se había montado su propio estudio, Cinergi Pictures, quedándose Kassar a los mandos, asumiendo así el control absoluto de la compañía.

¿Pero por qué pendía de un hilo una compañía que cosechaba éxitos desde principios de los ochenta? Básicamente, por su arriesgado sistema de producción basado en la preventa, es decir, financiar las películas a través de la venta previa de derechos a los distribuidores extranjeros. Si la película resultaba ser un éxito, como lo había sido la segunda parte de Rambo (primer título con el que se llevó a cabo esta estrategia), la recompensa era evidente, pero si ésta fracasaba, el daño a las arcas del estudio podía ser catastrófico. Teniendo en cuenta que Carolco invertía ingentes cantidades de dinero en sus grandes superproducciones, y que además pagaba una fortuna a sus intérpretes (Schwarzenegger percibió un salario de 10 millones de dólares más la negociación de un 15% de los beneficios de taquilla por Terminator 2), estaba claro que al primer fiasco sonado, la compañía podía irse a pique.

Aunque películas como “Stargate”, “Soldado Universal” o “Máximo Riesgo” fueran un éxito, la compañía seguía teniendo graves problemas financieros. Sin ir más lejos, para evitar que la polémica rodease al estreno del film de Stallone, tuvo que pagar casi un total de 800 mil dólares a varios escritores que aseguraban que les habían robado la idea del guión de la cinta.



Llegados a este punto, Kassar tenía dos proyectos sobre la mesa para evitar el déficit: uno era una película titulada “Crusade”, acerca de las Cruzadas en Tierra Santa y que dirigiría Paul Verhoeven con la gran estrella taquillera del estudio (y del momento) Arnold Schwarzenegger a la cabeza. Una idea que director y actor habían concebido durante el rodaje de “Desafío total” (otro de los grandes éxitos de Carolco). Presupuestada en 100 millones de dólares, parecía ser una apuesta segura, tanto por el director como por su protagonista y las cotas épicas que podían alcanzar de nuevo ambos juntos. Además, se rumoreaba un reparto completado con nombres como los de Robert Duvall, Jennifer Connelly John Turturro, e incluso un pequeño papel Charlton Heston (que terminaría coincidiendo con Arnold en la genial “Mentiras arriesgadas”). Sin embargo, el miedo de Kassar a que el presupuesto inicial se incrementara a lo largo del rodaje, y la negativa de Verhoeven a darle garantías de que eso no ocurriría, llevaron a éste a enterrar el proyecto en el fondo del océano.

Así que la segunda opción fue una película de piratas, un género que llevaba muerto desde hacía décadas, y que Kassar pensó que podría resucitar entregando el proyecto a Renny Harlin, cineasta que venía de saborear las mieles del éxito con “La Jungla 2: Alerta roja” y la citada “Máximo riesgo”, dos títulos que no dudaron en usarse para la promoción de la película. Ya sabéis, el ya clásico “Del director de…”.

Que la última película sobre piratas que pisara unos cines, “Piratas” (1986) de Roman Polanski, se saldara con un sonoro fracaso no amedrantó a Kassar, que dio luz verde a una superproducción cuyos problemas no tardaron en llegar. Apenas unos días antes del inicio de la producción, perdieron a sus tres actores principales; entre ellos Michael Douglas, que vio cómo su papel en el guión se iba recortando cada vez más. Supongo que quedar relegado a secundario en favor de una protagonista femenina (la mujer del director), no le haría mucha gracia a la estrella de Instinto Básico, por lo que abandonó el barco antes de zarpar. Una oportunidad perdida de volver a encontrarnos con el Michael Douglas simpático y entrañable de “Tras el corazón verde” y “La  joya del Nilo”. Su papel, el del picarón ladronzuelo -y mentiroso compulsivo- William Shaw (un trasunto del Errol Flynn más pirata), terminó recayendo –tras varios rechazos- en MatthewModine, quien tras mucha insistencia aceptó el papel sólo con la condición de obtener un salario similar al que iba a percibir su antecesor.

Para el rol protagonista, Harlin encontró a la actriz ideal en su, por aquél entonces, esposa Geena Davis, a quien volvería a dirigir en otro (semi) fracaso de taquilla: “Memoria letal”. Se rumorea que la parejita no se contuvo de caprichitos durante el rodaje, todo a costa del estudio, lo que poquito a poco fue engrosando el presupuesto, cuya cifra alcanzaría los ya conocidos (y perdidos en el fondo del mar) 98 millones de dólares.

Una parte de esos millones, eso sí, se invirtió en la construcción de dos espléndidos barcos pirata a escala real, con un tamaño de 42 m de eslora cada uno, dando lugar a un sed de rodaje de auténtico lujo. Ni corto ni perezoso, Harlin hizo volar en pedazos uno de esos barcos para la emocionante batalla final de la película, lo que sin duda confirió gran realismo a la escena al no recurrir al uso habitual de maquetas. Aunque me imagino a Kassar con los sudores fríos sólo de pensar en si la escena no salía bien a la primera toma… Porque no habría otra toma.


Quien también se quedó en puerto fue el compositor David Arnold (Stargate), cuyo conflicto de agendas con “Independence Day” impidió que abordara la banda sonora con la que ya llevaba unas semanas trabajando, y de cuyas escrituras sacaría provecho finalmente el filme de invasiones alienígenas de Emmerich. Su lugar lo ocupó el más modesto y desconocido John Debney, quien pese a las inquisitivas comparaciones con Arnold (se le tachó de copiar su estilo), orquestró una música fabulosa y absolutamente acorde con el animado espíritu de aventura de la película.

Y es que “La Isla de las Cabezas Cortadas”, como así se bautizó por estos lares (un título deliciosamente rimbombante y mucho más blando que el original “La Isla de los Asesinos”*) era y es una estupenda combinación de humor, acción y romance. Una genuina película de piratas, con sus batallas navales a cañonazos, sus mapas del tesoro, sus islas paradisíacas y sus piratas de poco fiar con sus patas de palo y sus parches en el ojo.
El cine de piratas, que vivió su mayor apogeo en las décadas de los 30 y 40, revivía con todo el esplendor de las nuevas tecnologías, perpetuando así la imagen romántica e idealizada de la piratería que siempre nos ha mostrado Hollywood y que por supuesto poco o nada tenía que ver con la realidad. En ese sentido, es mucho más realista la magnífica y muy recomendable serie de televisión “Black Sails”.

En cualquier caso, ni el público ni la crítica supo apreciarla, condenándola al ostracismo.

Quizás tampoco ayudara la poca promoción que tuvo (seguramente recortada a raíz de los despilfarros de dinero durante el rodaje) ni su fecha de estreno, que si bien las navidades son propicias para el cine de entretenimiento, puede que verano fuera mejor época para una superproducción cuyos protagonistas se pasan la mayor parte del tiempo en alta mar o en playas exóticas.

Y si ya hilamos muy fino, veremos que una cinta de acción con una protagonista femenina rara vez atraía a los espectadores en masa; menos cuando el género estaba abonado de Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes o Willis.


Fuera como fuere, lo cierto es que siempre ha sido muy difícil predecir los movimientos del público. No existe ninguna fórmula para el éxito. Quizás sí puede haber algunas pautas a seguir para por lo menos no andar sobre arenas movedizas, pero que en ningún caso garantizan el triunfo. De ser así, los estudios arrasarían con todas y cada una de sus producciones, cosa que evidentemente no ocurre. Y de poder predecirse el éxito, no existirían los “sleepers”, o lo que es lo mismo, aquellas películas que sorprenden a propios y extraños erigiéndose como triunfadoras cuando nadie apostaba por ellas.

El por qué unas películas fracasan y otras arrasan es, en ocasiones, todo un misterio. Puede que todo se deba a un afortunado o desafortunado cúmulo de circunstancias y/o buenas/malas decisiones, pues no siempre la calidad del producto en sí justifica una cosa u otra. Claro que esto de la “calidad” no deja de ser, también, algo meramente subjetivo. Eso sí, la subjetividad de muchos es la que dicta el hacerse con el tesoro o sucumbir en el intento.

El fracaso de “La Isla de las Cabezas Cortadas” finalmente supuso un duro golpe para la carrera cinematográfica de Modine y Davis, pero sobre todo para el primero, quien ya no logró recuperarse jamás. Davis, ya divorciada de Harlin, encontró una segunda vida en la televisión gracias a la serie “Señora presidenta”. Por su parte, el respiro que le propició el éxito de “Deep Blue Sea” a Harlin fue fugaz, ya que  después terminaría anclado como director de serie B y subproductos de videoclub, a cuál más cochambroso.

Para los que siendo unos enanos fuimos al cine y disfrutamos de lo lindo con ella, “La Isla de las Cabezas Cortadas” es y será siempre un fallido blockbuster a reivindicar.

Mención aparte merece el que quizás sea una de las mejores obras del gran Drew Struzan: un maravilloso cartel que destila aventura en cada pincelada. Un trabajo que además llegó en una época en la que el montaje fotográfico ya empezaba a comerle todo el terreno al cartel ilustrado.


*Diría que “Cutthroat Island” también podría traducirse como “La Isla de las Gargantas Degolladas” o algo así, ya que “throat” significa “garganta”. Además, tendría un doble sentido, ya que para acceder al tesoro, Morgan y Shaw tienen que descender por la profunda “garganta” de la cueva tal y como sugieren las indicaciones cifradas del mapa.

domingo, 29 de julio de 2018

“Misión imposible: Fallout” (2018) - Christopher McQuarrie


Sinopsis oficial: En ocasiones, hasta las mejores intenciones pueden volverse contra nosotros. En “Misión Imposible:Fallout” nos encontramos a Ethan Hunt (Tom Cruise) y su equipo en el FMI (Alec Baldwin, Simon Pegg, VingRhames), junto con algunos aliados ya conocidos (Rebecca Ferguson, MichelleMonaghan) en una carrera contrarreloj después de una misión fallida.


Comentario:

Parece mentira que hace unos años atrás el estudio planeara el “retiro” de Tom Cruise/Ethan Hunt en favor de un nuevo actor/personaje que aportara sangre nueva a la franquicia. La introducción del agente Brandt (Jeremy Renner) en “Misión imposible: Protocolo fantasma” fue la prueba de fuego que terminó constatando lo evidente: que Cruise/Hunt era es y será la estrella indiscutible e insustituible de la saga. Una saga que a día de hoy sigue más viva que nunca.

Cruise demuestra, una vez más, que es un actor todoterreno. Bien conocida es su, llamémosle,  afición por asumir buena parte de las escenas de riesgo de sus películas, especialmente en las MI, donde éstas son abundantes. Obviamente, y como cualquier otro actor o actriz que se precie, el intérprete tiene sus propios dobles de acción, si bien eso no le impide arriesgar el pellejo -por mucho arnés y cable de seguridad al que vaya sujeto- en más de una ocasión; ya sea colgándose del rascacielos más alto del mundo (el Burj Khalifa de Dubai en MI: Protocolo Fantasma), pegándose al exterior de un avión en pleno despegue (MI: Nación secreta) o pilotando un helicóptero para la espectacular traca final de la entrega presente; secuencias para las que el actor recibió un total de 2000 horas de vuelo en un corto plazo de tiempo.

Por supuesto, Cruise no es superhéroe y tampoco es indestructible. Tarde o temprano su atrevimiento (y la edad) tenía que pasarle factura o, mejor dicho, fractura (chiste malo). Y es que durante el rodaje de una de las presentes persecuciones, éste se rompió el tobillo saltando entre dos edificios. Claro que eso no le impidió seguir rodando, por lo que uno de los puntos más cómicos de la película es que dicho “hostiazo”, lejos de eliminarse y/o quedar para los extras del formato doméstico, está incluido en el montaje final.

De todos modos, y más allá de Cruise (y su brillante equipo de secundarios), hay que reconocer que una de las virtudes de esta sexta parte es su gran sentido del espectáculo sin renunciar nunca al aroma puro y duro del género de espías (más cercano al de Ian Fleming que al de John Le Carré, todo sea dicho).


Cierto es que cada director ha dejado su impronta personal en cada una de las distintas entregas, pero fue la dirigida por Brad Bird la que supuso un punto de inflexión de cara a las venideras. Y es que el humor ha sido, desde entonces y en combinación con la acción imposible de alto octanaje, una de las claves del éxito de las dos últimas propuestas. Algo que, por supuesto, vuelve a repetirse en ésta última, aunque con mucho menos vivacidad. De hecho, se ha recuperado buena parte del carácter dramático entorno a las relaciones amorosas de Ethan Hunt, tema recurrente desde la primera de De Palma a la tercera de Abrams. Precisamente, de esta última recuperamos al personaje de Julia (Michelle Monaghan), (ex)esposa del personaje. Con su aparición, se pone fin a una historia que había quedado algo descolgada.

Por otro lado, Fallout está mucho más ligada a su predecesora (villano incluido), y debido a esa continuidad, nos encontremos de nuevo en la silla de director  -así como en el guión- a Christopher McQuarrie, quién repite con Cruise  por tercera vez tras dirigirle también en la primera entrega de “Jack Reacher”. McQuarrie se muestra todavía más atrevido con las escenas de acción, a sabiendas de que tiene ante él a un reparto que lo dará todo por la película. Pero también maneja muy sabiamente el suspense, la narrativa propia del thriller (con sus giros y golpes de efecto que, por previsibles, no pierden intensidad) y la tensión dramática de varias de las secuencias que completan el emocionante entretenimiento que es “Fallout”.


Además, se afianza la incorporación de Rebecca Ferguson como la agente del MI6 Ilsa Faust, quien ya nos dejó un muy buen sabor de boca en “Nación secreta” y que aquí vuelve a sentirse como una pieza clave del entramado orquestrado por McQuarrie y su co-guionista Bruce Geller. Si Ilsa terminará formando parte del equipo de Hunt (o algo más que eso), el tiempo nos lo dirá. Y es que a esta saga parece quedarle todavía cuerda para rato.



VALORACIÓN PERSONAL:

domingo, 10 de junio de 2018

“Jurassic World: Fallen Kingdom” (2018) – J.A. Bayona


Sinopsis oficial: Una erupción volcánica amenaza a los dinosaurios restantes en la Isla Nublar, donde las criaturas han vagado libremente durante años tras de la desaparición del parque temático "Jurassic World". Claire Dearing, ex gerente del parque, ahora fundó el Grupo de Protección de Dinosaurios, una organización dedicada a proteger a los dinosaurios. Para ayudar con su causa, Claire ha reclutado a Owen Grady, el ex entrenador de dinosaurios que trabajó en el parque, para evitar la extinción de los dinosaurios...


Comentario:

 “Jurassic World” se originó como un reinicio de la irregular franquicia jurásica que empezó su andadura allá por el lejano 1993 de la mano Steven Spielberg. La idea, con un enfoque claramente más futurista, era revivir la magia que hizo de aquél primer filme uno de los más grandes espectáculos de aquella década (y de todos los tiempos, si se me permite la contundencia en tal afirmación). ¿Lo consiguieron? Bueno, quizás el reto era poco menos que imposible, pero  al menos supieron dejarnos a muchos con un buen sabor de boca y con ganas de más dinosaurios.

Si estar a la altura de la película original es algo que ni el propio Spielberg  logró con la primera secuela, ¿por qué íbamos a exigírselo a Colin Trevorrow? La cuestión residía en revivir la franquicia tras el punto muerto en el que la dejó la tercera entrega dirigida por Joe Johnston. Y eso, sin duda, lo consiguieron.

Con el camino ya hecho,  “Fallen Kingdom” se presenta ahora como el punto de inflexión dentro de esta segunda etapa de la saga. Aunque al comienzo pueda parecer que vamos a asistir a una versión 2.0 de “El mundo perdido” de Spielberg, lo cierto es que el guión de Trevorrow y Derek Connolly apuesta por ir en una dirección algo diferente y, de paso, tirar menos de la nostalgia y los guiños (que los hay, por supuesto) como en su antecesora.

Chris Pratt y Bryce Dallas Howard retoman sus papeles de Owen y Claire, respectivamente. La  imperfecta pero encantadora pareja ya no echará carreras para salvar sus vidas y las de sus semejantes, sino para salvar la de los prehistóricos dinosaurios de la Isla Nublar, amenazados éstos no sólo por un amenazador volcán activo, sino también por un puñado de avariciosos sin alma ansiosos por llenarse los bolsillos a su costa. De ahí que el principal escenario de la cinta sea la exultante (y algo lóbrega) mansión de un viejo multimillonario, personaje al que los guionistas han vinculado –y hasta ahí puedo contar- con el entrañable John Hammond de Richard Attenborough.

Aunque las conexiones con Jurassic Park no terminan ahí, pues además de las habituales referencias, tenemos también de vuelta al matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) en un papel algo más breve de lo esperado (podríamos llamarlo más bien cameo) pero decisivo en lo que respecta al rumbo que ha tomado la nueva trilogía. Un Malcolm más talludito pero fiel a su discurso ético acerca de la existencia de los dinosaurios en pleno siglo XXI.


Acostumbrados a las modernas instalaciones de los parques precederos y  a su selvático entorno, la mansión de Lockwood ofrece para la ocasión un escenario único del que Bayona sabe beneficiarse enormemente, consiguiendo por momentos acercarnos incluso al género de terror. Y eso por no hablar de la cantidad de planazos dignos de enmarcar  que nos regala el director a lo largo de todo el metraje (y no es que un servidor sea precisamente un enamorado de sus obras más recientes).

Visualmente, por tanto, la cinta luce de maravilla. Las secuencias de acción son espectaculares y los efectos especiales impecables, aunque destacar eso probablemente sea caer en lo obvio (con 170 millones de presupuesto, es algo que se le presupone).

Más allá de eso, la sensación es la de un entretenimiento bien confeccionado y bien empaquetado para el disfrute de toda la familia, aunque al loro con los más peques porque cuando los dinos andan sueltos a la caza de humanos a los que zamparse de un bocado, la violencia hace acto de presencia.

La sentencia final es que si disfrutaste con “Jurassic World”, casi con toda seguridad disfrutes también de su secuela. Si por el contrario el nuevo rumbo de la franquicia no te convenció ni un pelo, raramente ésta te haga cambiar de opinión.



VALORACIÓN PERSONAL:

domingo, 25 de marzo de 2018

“Pacific Rim: Insurrección” (2018) - Steven S. DeKnight



Sinopsis oficial: Han pasado 10 años tras la primera invasión que sufrió la humanidad, pero la lucha aún no ha terminado. El planeta vuelve a ser asediado por los Kaiju, una raza de alienígenas colosales, que emergen desde un portal interdimensional con el objetivo de destruir a la raza humana. Ante esta nueva amenaza, los Jaegers, robots gigantes de guerra pilotados por dos personas para sobrellevar la inmensa carga neuronal que conlleva manipularlos, ya no están a la altura de lo que se les viene encima. Será entonces cuando los supervivientes de la primera invasión, además de nuevos personajes como el hijo de Pentecost (John Boyega), tendrán que idear la manera de sorprender al enorme enemigo, apostando por nuevas estrategias defensivas y de ataque. Con la Tierra en ruinas e intentando reconstruirse, esta nueva batalla puede ser decisiva para el futuro.

Comentario:
Hostias a diestro y siniestro entre robots gigantes y monstruos gigantes. Eso es lo que nos ofrecía hace unos años “Pacific Rim”, película que hacía las delicias de cualquier aficionado al manga/anime gracias a sus feos monstruos (kaiju) y, sobre todo, a esos robots pilotados por humanos (los mechas, en la jerga otaku). 

Con Del Toro detrás de las cámaras y en el guión, el proyecto respiraba mucho amor y respeto por el género y por los personajes. Ahora, cinco años más tarde, nos llega esta secuela, ya sin el mexicano en la silla de director, pero sí ejerciendo de productor y co-guionista, lo que sin duda habrá ayudado a que esta continuación, a cargo de Steven S. DeKnight (director curtido en televisión), mantenga el espíritu de su predecesora.

Aunque se haya perdido el efecto sorpresa, cosa inevitable en las secuelas, y se apueste nuevamente por la fórmula “hazlo más grande y más bestia” también inevitable y típica de éstas, lo cierto es que el entretenimiento que ofrece “Uprising” no está exento de algunos detalles, guiños y sorpresas agradables que de seguro harán palpitar los corazones de los aficionados. Otras decisiones con respecto al retorno de algunos de los personajes de la primera entrega puede que sean más cuestionables y no gusten tanto, pero a grandes rasgos considero que la trama es coherente con ella misma y con lo relativo a la primera entrega.

Si acaso, el único “pero” que podría discutirse sería el apunte final de cara al camino a seguir en la próxima entrega (siempre y cuando la taquilla de ésta acompañe, claro). Y no por erróneo, pues probablemente sea la jugada más acertada en pos de evitar la “reiteración de la fórmula” en la saga, sino porque POSIBLE SPOILER--- es exactamente el mismo rumbo que pretenden seguir las venideras terceras partes de otras sagas de “invasiones” (si habéis visto “Independence Day: Resurgence” y “Beyond Skyline” ya sabréis a lo que me refiero). --- FIN POSIBLE SPOILER

Dejando esto a un lado, debemos asumir que sí, que “Pacific Rim: Uprising” ofrece más de lo mismo. ¿Pero acaso alguien espera/exige otra cosa? 


No sólo sigue habiendo seres de otra dimensión queriendo aniquilar a la raza humana y robots gigantes protegiéndonos de ellos, sino que ahora estos robots deben enfrentarse también ¡a otros robots! Puede que eso, y la reducción de la media de edad del plantel protagonista nos recuerde en demasía a la última entrega de la saga Transformers (con niña callejera experta en ingeniería robotica, incluida), pero las comparaciones terminan ahí. Lo de Bay es una oda a la chatarrería y al ruido, en donde los personajes son un cero a la izquierda y el humor lamentable y sonrojante. 

Porque aunque por fuera se le parezca, Pacific Rim es una cosa muy distinta. Es más divertida y mucho más “friki”, y su espectacularidad (que no es poca) no está reñida con su impacto emocional. Los personajes son tan importantes como los robots que pilotan o los bichos a los que zurran. En ese sentido, John Boyega asume el relevo con porte y buena actitud, compensando en carisma todo el que quizás le falte a su compañero Scott Eastwood. Por otro lado, la pandilla de jóvenes pilotos que les acompaña se acerca más al prototipo de protagonistas que pululan en el anime al que la película emula, por lo que no creo que quepa queja alguna al respecto, más si éstos consiguen ganarse la simpatía del espectador. Y lo dice alguien que anda ya algo hastiado de tanta franquicia juvenil.

“Uprising” es, por tanto, una digna secuela; continuista y respetuosa, y que aumenta el nivel de espectacularidad y destrucción sin pasarse de frenada. Puede que no encandile o enamore del mismo modo que lo hizo la cinta de Del Toro, pero si disfrutasteis con aquella, me resultaría realmente desconcertante que no lo hicierais con ésta.


VALORACIÓN PERSONAL: 


domingo, 18 de marzo de 2018

“Tomb Raider” (2018) - Roar Uthaug


Sinopsis: Lara Croft, la independiente hija de un excéntrico aventurero que desapareció cuando ella era apenas una adolescente, se ha convertido en una joven de 21 años sin ningún propósito en la vida. Se abre paso por las caóticas calles del East London, el barrio de moda, como mensajera en bicicleta, un trabajo que apenas le da para pagar el alquiler. Decidida a forjar su propio camino, se niega a tomar las riendas del imperio empresarial de su padre, con la misma firmeza que se niega a reconocer que él se ha ido para siempre. Un día Lara decide dejar atrás todo e ir en busca del último paradero conocido de su padre: una legendaria tumba en una isla mítica que podría estar en algún lugar de la costa de Japón...

Comentario:
Que la inmensa mayoría de adaptaciones basadas en videojuegos son un desastre es, asumámoslo, un hecho. Una amarga realidad a la que muchos tienen que atenerse y que prácticamente nadie discutirá. Lo han sido y lo siguen siendo pese a que con los años los videojuegos se hayan vuelto cada vez más cinematográficos.

La relación ya empezó mal cuando a principios de los 90 a unos “avispados” productores de Hollywood se les ocurrió la disparatada idea de llevar al cine las aventuras del popular fontanero bigotudo de Nintendo, Mario, dando como resultado la indescriptible “Super Mario Bros.”, un esperpento que fracasó tanto en la  taquilla como en los corazones de los jugones. Y ya no digamos la prensa especializada, que la puso de vuelta y media…

Vale decir que el juego tampoco es que se prestara fácilmente a una adaptación cinematográfica. Por lo menos no con actores de carne y hueso, si bien el sacrilegio fue máximo al respetar poco más que los nombres y la profesión de los famosos personajes.

Desde entonces, el surtido de adaptaciones ha dado más disgustos que alegrías, pudiendo contarse con los dedos de una mano las pocas películas que se salvarían de la quema. Y aún ahí seguramente habría ciertas discrepancias (sobre todo si nos adentramos en el tan temido y discutido el tema de la fidelidad). Tampoco ha ayudado que directores de la talla de Uwe Boll hayan abordado el asunto con demasiado frecuencia y lo hayan abonado de infames despropósitos (suyas son House of the Dead, Alone in the Dark, En el nombre del rey, Far Cry y Postal, así como Bloodrayne y sus secuelas). 

Por ese motivo, sentenciar –a título muy personal- que la nueva “Tomb Raider” es una de las mejores sino la mejor película basada en un videojuego, puede que no sea, después de todo, afirmar gran cosa. Los antecedentes son tan nefastos, que no parece difícil salir bien parado en las comparaciones. Mucho menos si tenemos en cuenta que las dos entregas protagonizadas por Angelina Jolie eran ya de por sí bastante mediocres.

Pero obviando esto último, lo cierto es que esta Tomb Raider se vale por sí misma. Y si es digna de coronarse entre sus semejantes es gracias, sobre todo, a Alicia Vikander como la nueva Lara Croft, y a su emocionante y seductor sentido de la aventura.

 
En su debut americano, el director noruego Roar Uthaug (autor de títulos tan estimables como  Fritt vilt /Cold Prey, Flukt o Bolgen/The Wave) afrontaba dos retos: por un lado, romper el casi perpetuo mal fario de las susodichas adaptaciones de videojuegos, algo que recientemente ni directores más conocidos y aclamados como Duncan Jones (Warcraft) o Justin Kurtzel (Assassins Creed) han conseguido (sólo a Paul W.S. Anderson y su inagotable franquicia de Resident Evils parece acompañarle la taquilla y un pequeño reducto de fans fácilmente contentables); y por el otro, sobrellevar con dignidad el estigma de ser un reboot*, algo que, reconozcámoslo, tendemos siempre a mirar con recelo (servidor el primero). 

Sobra decir que Uthaug aprueba con nota, orquestando una cinta de aventuras que rebosa buen hacer; tanto en la acción, con vibrantes y espectaculares secuencias (la del avión en la cascada o el tramo final por entero en la tumba de Himiko), como en la historia y sus personajes. No es que la cinta invente la rueda, porque la rueda está ya más que inventada y reinventada, pero sí que ésta rueda se mueve con firmeza, franquea con soltura los obstáculos que encuentra a su paso y aguanta sin desinflarse durante todo el trayecto.

Al volante tenemos una Lara Croft de carne y hueso; una heroína decidida y valiente, pero también vulnerable. Una Lara Croft que corre, salta (casi casi vuela) y dispara con su arco, pero que también cae, tropieza y recibe golpes por doquier. Una Lara Croft que, en la piel de una actriz de la talla de Vikander, resulta agradecidamente creíble. Porque esta Lara no sólo sufre en el plano físico, sino también en el plano emocional. Y ahí es donde acierta el guión, dando empaque a una protagonista que evoluciona a lo largo del camino, y abordando con puntería -nunca con sensiblería- la relación paternofilial que le atañe. 

En detrimento, tenemos a un valioso compañero de aventuras (Daniel Wu) que prácticamente desaparece durante el último acto (una lástima…), y a un villano que, aunque cumple sobradamente con su cometido, resulta poco memorable. Y es que todos los fans de Justified sabemos del potencial de Walton Goggins, por lo que en parte resulta inevitable que siempre nos parezca un actor desaprovechado.  

En definitiva, “Tomb Raider” es cine de aventuras al más puro estilo Indiana Jones o La Momia de Sommers, solo que sin el componente fantástico (aunque coquetee con él con insinuaciones no consumadas), lo que la emparentaría más -salvando las enormes distancias- con la saga La Búsqueda de Nicolas Cage. 

Si como adaptación es fiel o no al material de origen, eso ya lo juzgarán los fans, pero como entretenimiento no soy capaz de ponerle la más mínima pega.

*En honor a la verdad, diremos que la cinta se basa, a su vez, en el reboot que la propia franquicia de videojuegos lanzó en 2013, con una Lara Croft no sólo más joven y, por ende, inexperta, sino también más alejada de la voluptuosa y sexualizada Lara que tan popular se hizo en su momento. A fin de cuentas, en estos tiempos de pleno auge del movimiento feminista, una Lara Croft como la que todos conocíamos sería vetada casi al instante (y no sin razón). Lo que no quita que al final Uthaug nos deleite con un guiño a la Croft de toda la vida,  con trenzita y pistolas USP incluidas.


VALORACIÓN PERSONAL: 


domingo, 24 de septiembre de 2017

“Kingsman: El círculo de oro” (2017) – Matthew Vaughn



Sinopsis: Cuando el cuartel general de la agencia secreta es destruido, se descubre una organización de espionaje aliada en EE.UU. llamada Statesman, cuyo origen se remonta a la fecha en que ambas fueron fundadas. En una nueva aventura que pone a prueba la fuerza y el ingenio de sus agentes, ambas organizaciones secretas de élite aúnan sus esfuerzos para intentar derrotar a su enemigo común y salvar al mundo... algo que está convirtiéndose en una especie de hábito para Eggsy. 

Comentario:
Basándose en el cómic de Mark Millar, “Kingsman: The Secret Service” de Mathew Vaughn supuso, para el cine de espías, un regreso a los orígenes más lúdicos del subgénero. Héroes imbatibles, villanos megalómanos, hermosas y letales damiselas, esbirros estrafalarios, gadgets imposibles… Todo lo que hizo de Bond un icono cinematográfico, y todo lo que éste ha perdido en los últimos años en favor del realismo y las pretensiones dramáticas, lo recupera y lo eleva a la máxima potencia el director londinense.

Kingsman recoge ese testigo con orgullo, a medio camino siempre entre el homenaje y la parodia, poniendo a prueba a cada rato nuestra incredulidad. 

Vaughn juega al desfase, a la acción hiperbólica y desenfrenada que desata con especial impacto y espectacularidad en esas estrambóticas y exageradas set pieces que se monta en el transcurso de la película. Así que o entras en su juego o no entras. Es así de simple. Y servidor entra encantado.

Por tanto, si la primera entrega no fue de tu agrado, tampoco lo será esta segunda, pues no deja de ser un más de lo mismo llevado un poco más allá de ese límite casi imperceptible que divide lo alegremente desvergonzado de lo ridículamente patético. Porque aunque estos Kingsman estén más cerca del Bond de Roger Moore que del de Sean Connery, uno nunca llega a sentir vergüenza ajena. Quizás porque ese tono jocoso está aderezado con unos personajes que realmente parecen de carne y hueso y no meros monigotes. Personajes a los que se les coge cariño rápidamente.

Quizás uno de los aciertos para con nuestro joven héroe sea el distanciarse del mujeriego agente 007 para convertirse en hombre de una sola mujer. Eso sí, la novia de Eggsy no es cualquier mujer… ¡Nada menos que una princesa! (sí, aquella a la que salvó en la primera entrega y que bien supo recompensarle dicho rescate).


Entre tanto, para compensar el exceso de testosterona imperante, en esta ocasión el enemigo a batir es una bella y desalmada villana en la pálida y pecosa piel de Julianne Moore, quien encarna a una reina del narcotráfico con delirios de grandeza.

Pero lo más divertido de todo, amén de la delirante presencia de Elton John (quien demuestra saber reírse de sí mismo) o la ácida representación del Presidente de los EE.UU. (muy conveniente en plena era Trump), es toparse con el homólogo americano de los Kingsman, los Statesman, ataviados éstos con un look genuinamente texano (botas camperas, vaqueros, bolos alrededor del cuello y sombrero en la cabeza) y que usan como tapadera una destilería de whiskey (con “e”) en lugar de la sofisticada y exquisita sastrería de los agentes ingleses.

Todo ello hace de esta secuela una mezcla explosiva algo más chiflada que su predecesora, por lo que si uno es capaz de dejarse llevar por la locura desatada, de seguro disfrutará del festivo, descarado y a ratos cínico espectáculo.


P.D.: El regreso de Galahad (Colin Firth) está muy traído por los pelos. No por cómo le salvan la vida (eso ya entra dentro de la dinámica de la película) sino porque hemos de entender que cuando “murió” a manos de Valentine (Samuel L. Jackson), nadie fue a recoger su cadáver ni le propiciaron el debido entierro. ¿Cómo se come eso, amigo Vaughn?
 




VALORACIÓN PERSONAL: