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jueves, 5 de octubre de 2017

SITGES 2017 – Día 1 (Parte 1)


“The Shape of Water” (2017) Guillermo del Toro

Sinopsis oficial: Elisa (Sally Hawkins) es una joven muda que trabaja como chica de la limpieza en un laboratorio en 1963, en plena Guerra Fría, donde se enamorará de un hombre anfibio (Doug Jones) que se encuentra ahí recluido. 

Comentario:
El director mexicano sigue obsequiándonos con su cine fantástico más personal. En esta ocasión, nos trae una imposible historia de amor entre una chica común y corriente (salvo por su particular mudez) y un ser que parece salido de los clásicos en blanco y negro de la Universal (el propio director reconoce las referencias implícitas a “Creature from the Black Lagoon”). Podríamos hablar de la clásica historia de amor entre la bella y la bestia, sólo que en esta ocasión la bella está muy alejada de las princesas de esos cuentos, así como el monstruo tampoco está destino a convertirse, en el desenlace, en un apuesto galán humano, cuál hechizo de magia.

Aquí el cuento es muy diferente. Se trata de dos almas solitarias cuyos caminos el destino ha querido cruzar. Una chica ordinaria que encuentra en un ser anfibio el compañero ideal, su alma gemela,  la persona a la que abrirle su corazón y con la que romper las cadenas de la soledad. Pero no sólo de amor romántico vive uno, y el director (que aquí ejerce en solitario de guionista) se atreve a ir un paso más allá: al plano físico al que pocos se molestarían siquiera a  insinuar. Obviamente, no hay nada excesivamente explícito que pueda perturbar a las mentes más sensibles, pero el contenido sexual de la historia es palpable, directo y sin tapujos. Un aplauso por romper con esos tabúes.

Pero como todo cuento de fantasía que se precie, debe haber también un villano, y es en éste dónde se encuentra al verdadero monstruo de la película. Un individuo que atesora algunos de los atributos más despreciables del ser humano (racismo, machismo, arrogancia…) y que sirve a del Toro para dotar a su historia de un contenido mucho más crítico (a nivel antropológico y sociológico) que de costumbre.

Aunque el discurrir de la trama sea inevitablemente predecible, lo cierto es que la carta de amor al cine (fantástico, musical…; aquí tiene cabida de todo) que derrocha toda la obra es tan deliciosa y magnética que resulta imposible ponerle siquiera la mínima pega. La ambientación juega muchísimo a su favor, por supuesto, así como toda la cinefilia que impregnan sus 119 minutos, pero es sobre todo en el reparto (del primero al último) donde se remata el triunfo de la cinta.


Para los amantes de las historias de amor poco convencionales, para los amantes del fantástico y del cine en general, “The Shape of Water” es todo un regalo de parte de alguien tan enamorado del género como cualquiera de nosotros.

domingo, 9 de julio de 2017

“Baby Driver” (2017) - Edgar Wright


Sinopsis oficial: Baby (Ansel Elgort), un joven y talentoso conductor especializado en fugas, depende del ritmo de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo. Cuando conoce a la chica de sus sueños (Lily James), Baby ve una oportunidad de abandonar su vida criminal y realizar una huida limpia. Pero después de ser forzado a trabajar para un jefe de una banda criminal (Kevin Spacey), deberá dar la cara cuando un golpe malogrado amenaza su vida, su amor y su libertad. 

Comentario:
La forzosa salida de Edgar Wright de “Ant-Man” fue un enorme bajón para todos, y no quiero ni imaginar lo que supuso para el cineasta, quien llevaba mucho tiempo implicado en el proyecto. Pero como se suele decir, cuando una puerta se cierra, otra se abre, y Wright acabó poniéndose manos a la obra con una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza: rodar una cinta de acción con persecuciones automovilísticas en la que la música fuera un componente clave. Y “Baby Driver” es el brillante resultado de esa idea.

La combinación de la música y la acción está calculada al milímetro. La precisión con la que ejecuta Wright estas trepidantes persecuciones al ritmo de las canciones que Baby, el habilidoso conductor al volante, escucha mientras conduce, es simple y llanamente espectacular. Pero no sólo las persecuciones funcionan al ritmo del compás de la música, sino también muchas otras escenas, logrando que los sonidos y las imágenes funcionen a la par, se fusionen y conformen una mezcla indivisible y fascinante.

La cinta es casi como un gran videoclip de poco menos de dos hora en el que se nos relata de la historia de un joven fuera de serie sobre las cuatro ruedas que, no obstante, no deja de ser un chico ingenuo y vulnerable. Aunque Baby sabe que lo que hace está mal, en cierto modo lo disfruta. Es su modo de vida, a pesar que no la haya elegido él. Sabe que tarde o temprano llegará el momento en el que pueda abandonar la senda del crimen. Pero salirse no es tan fácil, y las cosas se complican todavía más cuando conoce al amor de su vida.

 
Y es que “Baby Driver” es también una historia de amor. Probablemente algo irreal (o dicho de otro modo, “muy peliculera”), pero irresistiblemente cautivadora. Aunque más o menos sepamos de antemano como van a desarrollarse los acontecimientos dentro del entorno criminal creado alrededor del “chico conoce chica”, Wright se guarda un par de ases en la manga. Por un lado, rompiendo la previsibilidad de los eventos para con algunos de los personajes prototipo que emplea en la trama. De este modo, sus acciones llegan a sorprendernos y a dar un pequeño giro de guión tan inesperado como agradecido. 

Por otro lado, el final. Obviamente, no voy a desvelarlo aquí, pero sí diré que Wright evita caer en el desenlace excesivamente idílico, apostando por echarle unas gotas de realismo al asunto sin por ello sacrificar su encanto. Probablemente, incluso mejorándolo y haciéndolo algo más creíble.

“Baby Driver” se postula como una de las películas del verano. Refrescante, atrevida, imaginativa y repleta de ritmo. Con un personaje protagonista carismático, unos secundarios de lujo y un director/guionista que pisa a fondo el acelerador para dejarnos embelesados en la butaca. 


VALORACIÓN PERSONAL 
 

sábado, 6 de abril de 2013

“Un amor entre dos mundos” (2012) - Juan Diego Solanas


 
Con un retraso de un año con respecto a su estreno (limitado) en EE.UU., llega a nuestras pantallas esta producción franco-canadiense dirigida por el argentino Juan Diego Solanas (Nordeste).
“Upside Down”, rebautizada en nuestro país como “Un amor entre dos mundos”, nos sitúa en un planeta único en su galaxia, pues a diferencia del resto, éste se caracteriza por tener doble gravedad. Dos mundos coexisten el uno al lado del otro, y cada uno con su propia gravedad. Pero esto no es lo único que les diferencia, y es que mientras que el mundo de arriba (Up) es rico y próspero, el de abajo (Down) es pobre y deprimente. Las poderosas gentes de arriba se aprovechan de sus vecinos de abajo explotando sus recursos petroleros para luego suministrarles a éstos electricidad a un alto coste. Además, los de abajo tienen estrictamente prohibido el contacto con personas de arriba, y desobedecer dicha ley puede acarrearles la cárcel o incluso la pena de muerte. Tan sólo existe una única conexión que une los dos mundos; se trata de la empresa "TransWorld", ubicada en un majestuoso edificio en el que conviven de forma desigual el personal de ambos mundos.

Los protagonistas de esta historia son Adam (Jim Sturges), un joven que vive en el mundo de abajo y que se ha criado en un orfanato después de haber perdido a sus padres en una explosión en una refinería de petróleo; y Eden, una chica del mundo de arriba libre de preocupaciones.

A Adam le gusta pasear a escondidas por una montaña tan alta que prácticamente parece que esté tocando el mundo de arriba. Ahí es dónde conoce a Eden, y dónde surge el amor entre ambos. Con el paso de los años, los dos jóvenes se las ingenian para sortear la barrera gravitatoria que les separa y así poder pasar juntos el máximo tiempo posible. Sin embargo, un día son descubiertos por las autoridades, y en su intento de capturarles, Eden sufre un grave accidente por el cual Adam la da por muerta.

Pasados 10 años, Adam descubre que el amor de su vida aún vive, y hará lo imposible para reencontrarse con ella.

 “Upside Down” no deja de ser la clásica historia de amor prohibido entre dos amantes de distinta clase social (alta/baja), recayendo habitualmente en el hombre el rol de “chico pobre” y en la mujer el opuesto.  El patrón se repite aquí de la misma forma, sólo que situándose el romance en un contexto de ciencia-ficción realmente atractivo y deliciosamente original.


La clase alta de la sociedad está representada por Up, el mundo de arriba, cuyos dirigentes explotan maliciosamente a la clase baja, el mundo de abajo, como mera mano de obra, y a quienes  prohíben mantener cualquier tipo de contacto con sus gentes. Sólo en TransWorld se les permite confraternizar, siempre y cuando esto no vaya más allá de una relación estrictamente profesional o moderadamente amistosa.

En TransWorld es dónde trabaja Eden y allí es dónde decide dirigirse Adam con el único propósito de recuperar a la única mujer a la que ha amado. Una vez allí, y con la ayuda de Bob Boruchowitz, un trabajador del mundo de arriba con el que enseguida traba amistad, Adam hará lo imposible para acercarse a Eden y reconquistarla.

Sus “infiltraciones” en el mundo de arriba nos dejan momentos de gran genialidad conceptual y visual, destacando en ello la habilidad de Solanas para hacer creíble una premisa tan fantasiosa. No son pocas las preguntas lógicas (y probablemente sin respuesta) que uno se puede plantear a lo largo del film con tal tratar de encontrar coherencia en este extraño mundo de gravedad dual, pero también es cierto que su, en ocasiones, escasa verosimilitud, no es obstáculo para disfrutar de la historia que nos propone. Vale la pena dejar a un lado nuestro lado más puntillista para deleitarnos con su imaginativo mundo y su atractiva puesta en escena. Como punto negativo, no obstante, cabe resaltar que el uso del ordenador para recrear la mayor parte de escenarios y secuencias destacables le confiere a la película una inevitable sensación de artificialidad. Y ésta, por mal que me pese reconocerlo, acaba contagiando a los protagonistas.

El cuidado estético de Solanas se resiente por una trama que, si bien está correctamente planteada, no termina de involucrarnos en un grado más empático con los personajes principales. El romance entre Adam y Eden resulta medianamente convincente (aunque entre Sturges y Dunst no haya demasiada química), pero no termina de emocionar como debiera. El entorno da lugar para una historia de amor de altos vuelos, pero al final todo queda reducido a la mínima expresión, y la epicidad de sus grandes momentos se siente algo acartonada.

 
La película precisa de más minutos para desarrollar el romance entre Adam y Eden, y no tanto en el modo en el que se enamoran por primera vez sino cuando el destino les confiere una segunda oportunidad, momento que Solanas, que también firma (o mejor dicho, co-firma) el guión, remata de forma igualmente apresurada. Esas prisas impiden que el espectador se sienta realmente cautivado por su historia de amor.

En cualquier caso, Upside Down logra distanciarse del término “fallida” con mayor facilidad que otras coetáneas que también partieron con grandes premisas que luego no supieron llevar adelante (véase la decepcionante “In Time”). El film de Solanas flaquea, a ratos, en el corazón de su historia, pero no fracasa en otros aspectos que consiguen hacer, de su propuesta, algo que merece la pena ver. Quizás se sienta que se podía haber logrado algo mejor y más memorable (se echa de menos un figura antagonista con peso dentro del arco argumental que plantea), pero el resultado es, cuanto menos, correcto y entretenido, y se agradece toparse de vez en cuando con algo novedoso dentro del panorama actual. 

P.D.: Existe un curioso y recomendable cortometraje animado titulado “Head Over Heels” (podéis verlo entero aquí: http://www.youtube.com/watch?v=sJxkgTYELAo ), que fue nominado a los Oscars de 2012 y que a nivel conceptual comparte ciertos elementos con esta película. Eso sí, su mensaje final aporta una lectura algo más profunda. 


Valoración personal:

sábado, 24 de marzo de 2012

“Blancanieves (Mirror, Mirror)” (2012) – Tarsem Singh

Crítica Blancanieves (Mirror, Mirror) 2012 Tarsem Singh
Después del rotundo éxito de “Alicia en el País de las Maravillas” de Tim Burton (la novena película más taquillera del mundo, ahí es nada), no es de extrañar que a Hollywood le haya dado por desempolvar los cuentos clásicos de toda la vida y darles un “lavado de cara” para llevarlos de nuevo a la gran pantalla con ínfulas taquilleras.

Pero que aquella infausta perversión de la obra de Lewis Carroll triunfara no significa que las demás también lo hagan. La anodina versión crepusculera de Caperucita Roja que protagonizaron Amanda Seyfried y Gary Oldman, por ejemplo, no hizo tan buenos números, aunque gracias a su reducido presupuesto tampoco tuvieron que lamentar pérdidas económicas.

Ahora es el cuento de Blancanieves y los siete enanitos el que busca hacerse un hueco en las carteleras, y encima lo hace por partida doble (si no contamos la española –en blanco y negro y muda- que dirige Pablo Berger con Maribel Verdú ni la de Disney para el año próximo titulada “The Order of the Seven”). Estos dos proyectos que se estrenan con apenas unos pocos meses de diferencia son, por un lado, “Blancanieves y la leyenda del cazador”, la versión épica y repleta de acción y efectos especiales que maneja Universal Pictures y que no veremos aquí hasta Junio; y por el otro “Blancanieves (Mirror, Mirror)”, la comedia para toda la familia que nos viene de la mano de Tarsem Singh, quién en diciembre del año pasado nos obsequiaba con un festín de sangre y violencia en la hiperbólica “Immortals”.

No es la primera vez que coinciden dos proyectos iguales o similares en el mismo año. No hay más que echar la vista atrás para encontrarnos con “Un pueblo llamado Dante's Peak” vs “Volcano” en 1997, “Armageddon” vs “Deep Impact” un año más tarde, o más recientemente “The Descent” vs “La caverna maldita” (2005), entre otros ejemplos varios. Incluso “Sin compromiso” y “Con derecho a roce” se construían a partir de una premisa romántica idéntica. Ahora bien, aquí de lo que se trata es de la adaptación de un mismo cuento tradicional de los Hermanos Grimm que ha pasado de padres a hijos generación tras generación, y al que por lo visto cada estudio quiere darle su particular enfoque, a cuál más transgresor respecto al original.

Una malvada hechicera
(Julia Roberts) se convirtió en Reina cuando conquistó el corazón de un honrado Rey. Pero tras la desaparición del soberano, la Reina ha sumido al reino en la pobreza, recaudando continuamente duros impuestos para celebrar sus fiestas de palacio. Ahora que su fortuna se agota, sus planes son casarse con un joven, rico y apuesto Príncipe (Armie Hammer). Sin embargo, un obstáculo se interpone en su camino: la dulce Blancanieves (Lily Collins), heredera por derecho del trono y cuya belleza se gana la atención del susodicho Príncipe. Desesperada, la Reina ordena a Brighton, su fiel lacayo, que lleve a Blancanieves al bosque y la mate. Sin estómago para cometer tan vil crimen, Brighton libera a la joven y huye de regreso a palacio convenciendo a su ama de haber cumplido el encargo.

Vagando por el bosque, Blancanieves encuentra finalmente refugio en la casa de una banda de salteadores de caminos diminutos (los siete enanos), quienes la acogen no sin ciertas reticencias.

Los pilares básicos de la historia que todos conocemos más o menos se mantienen, si bien hay cambios notables en diversos aspectos de la trama y de los personajes. Sin ir más lejos, aquí los siete enanitos no se ganan la vida honradamente picando paredes en una mina sino que se dedican a robar a todo al que se le ocurre internarse en sus dominios (léase el bosque). Tampoco se mantienen sus nombres (al menos no los que nos dio a conocer la maravillosa versión animada de Disney) ni sus rasgos característicos, aunque alguno que otro (Gruñón) queda ligeramente representado.


La Reina sigue siendo malvada, muy malvada; y Blancanieves dulce y encantadora, incluso cuando aprende a robar y a batirse en duelo con espadas (¿robar?, ¿duelos de espadas? Sí, se lo enseñan los enanos tras un intenso entrenamiento). El Príncipe, esta vez, es un poco zoquete, y en vez de leñador tenemos a un sirviente/lacayo/lameposaderas que cumple a rajatabla todas las ordenanzas de la Reina salvo, claro está, una en concreto: matar a Blancanieves. Luego ya pagará por ello con el correspondiente castigo.

Aquí el macguffin de la trama no reside tanto en que Blancanieves pueda superar a la Reina en belleza (la famosa pregunta al espejito ni tan siquiera aparece), sino en el hecho de que la joven pueda arrebatarle el corazón del príncipe al que quiere atrapar en sus redes. Además de que tampoco tiene intención alguna de legarle el trono al que tanto se ha aferrado todos estos años de liderazgo en solitario.

El propósito del guionista parte de la idea de contar el cuento desde la perspectiva de la Reina, algo que sucede a medias, pues pese a ser ella quién nos introduce en la historia a través de un delicioso prólogo animado (lo mejor de la película, sin duda), pronto su protagonismo queda pisado por Blancanieves y los enanos. En parte es mejor así, teniendo en cuenta el tratamiento –en ocasiones insufrible- que le han dado a algunos personajes. Y es que la Reina de Roberts, en pequeñas dosis, resulta mucho más soportable. Claro que esta puede ser una apreciación muy subjetiva por mi parte ya que la exnovia de América nunca ha sido santa de mi devoción (por decirlo finamente).

Por otro lado, dentro del marco humorístico en el que se inscribe el filme, los enanos son prácticamente los únicos que de vez en cuando nos sacan una sonrisa, ya que el resto de gags, coñas y demás artimañas jocosas resultan tan infantiloides y ridículas (la poción del cachorrito y sus posteriores efectos en el príncipe son para echar al guionista a la hoguera) que dan ganas de abandonar la sala antes de que termine la proyección.

En honor a la verdad hay que decir que la película no es tan horrible como apuntaban los tráilers, pero tampoco es que el montador de los mismos tuviera mucho de donde cortar y rescatar para hacer una presentación medianamente potable de la misma. Lo mejor es que la vuelta de tuerca de Tarsem logra mantener el espíritu de cuento que, dudo mucho, pueda siquiera alcanzar la “versión tolkiana de Universal”. Sin embargo, eso no la salva de ser una versión tediosa e irritante del cuento cuya gracia se ve reducida a momentos muy puntuales, lo que inevitablemente malogra su condición de “comedia para toda la familia”.


Dentro de este a ratos bochornoso espectáculo de pasteloso colorido y esperpéntico vestuario (esto último, muy propio de Tarsem; no hay más que recordar a los dioses de pasarela de su “Immortals”), el reparto salva un poco los platos, y aunque Lily Collins, por ejemplo, luzca unas cejas en las que podrían aterrizar aviones, no puedo sino reconocer que deviene en una Blancanieves ideal. Por el contrario, Sean Bean parece un poco perdido, cómo preguntándose “qué demonios hago yo aquí y por qué no estoy rodando alguna película directa a videoclub, con la que seguro pasaría menos vergüenza ajena”. Y es que al pobre le ha tocado asistir a la peor parte de la cinta, es decir, el final, en donde Tarsem (con la excusa de que en el reino se cantaba y se bailaba antes de la llegada de la malvada bruja) nos encasqueta, como tiro de gracia, un chirriante desenlace musical al más puro estilo Bollywood (algo que el director hindú seguramente ansiaba poder incluir desde su primera incursión en Hollywood). Y eso que el tráiler ya nos había puesto en preaviso, pero no ha sido suficiente para amortiguar el daño causado en mis retinas y oídos.

No obstante, en vista de la división de opiniones surgida tras la asistencia al pase de la película (unos salieron encantados y otros echando pestes), no seré yo quien desaconseje su visionado (a fin de cuentas, mi opinión es tan válida o discutible como la de cualquier otro), pero personalmente recomendaría reservarse los euros por si acaso la “deconstrucción” de Universal resulta ser mejor propuesta, cosa que, por supuesto, aún está por ver.

En todo caso, siempre nos quedará la película Disney, una joya de la animación.




Valoración personal:

miércoles, 25 de marzo de 2009

"Interstate 60" (2002) - Bob Gale


En los últimos tiempos, encontrar una idea original en una película parece una misión digna del mismísimo Ethan Hunt. Entre remakes innecesarios, secuelas tardías (y más innecesarias, si cabe), precuelas y adaptaciones varias (cómics –la moda de esta década-, novelas, videojuegos…), parece que las ideas originales –y ya no digo buenas- están en peligro de extinción. Los productores ya no arriesgan y optan por ir a lo fácil, depositando sus esfuerzos y su dinero en productos que cumplan fórmulas ya conocidas que puedan funcionar dentro de las exigencias estándar del público mayoritario; los guionistas terminan rescribiendo el material de otros o adaptando algo, que es mucho más fácil que crearlo por sí mismos; y los directores se olvidan de tener un estilo propio para adaptarse a la demanda imperante (cámara al hombro es la última tendencia “cool” de este colectivo)

Ante semejante panorama, no nos queda otra que calzarnos la cazadora, el sombrero y el látigo e ir a por la gran aventura de todo buen cinéfilo: la búsqueda de historias que aún puedan sorprendernos. Por supuesto no es tarea fácil, pero uno siempre acaba haciendo grandes descubrimientos, ya sea en un género u otro. Y aunque no siempre las historias sean del todo originales, sí el modo de contarlas es lo que puede determinar que cierta película pueda o no gustarnos.

En los últimos meses he hecho bastante de esos descubrimientos, aunque no siempre los comparto con mis lectores (por motivos diversos que no vienen al caso). Sin embargo, dentro del género fantástico parecía que toda esperanza de encontrar material novedoso iba a llevarme por el camino de la amargura. Entonces descubrí “Interstate 60”, o mejor dicho, redescubrí, y es que ya hace un tiempo que supe de su existencia, pero hasta que la oportunidad de hacerme con ella no se presentó ante de mí, no salí de dudas. Supongo que tarde o temprano, echarle un visionado era algo inevitable.


La historia de “Interstate 60” es la de Neal Oliver, un joven artista cuya vida parece estar ya planeada por su padre, un rico abogado que quiere que su hijo siga sus pasos, pero sin haberle preguntado antes a él si ese futuro es el que realmente quiere para sí mismo. Por supuesto, Neal no desea la vida que tan fácilmente le ofrecen, ni tan siquiera quiere depender del dinero de sus adinerados padres, y por eso trabaja por su cuenta en un almacén.

El día en el que Neal cumple 22 años, su deseo de aniversario no es otro que el de encontrar una respuesta a su vida, es decir, qué debe hacer con ella, qué caminos debe seguir y cuáles rechazar. En vez de eso, el regalo de su padre es un BMW rojo descapotable, el coche del color que él nunca quiso (pero sí su padre). Curiosamente, cerca del lugar anda O.W. Grant (Gary Oldman), una especie de genio que sólo concede un solo deseo por persona. Por lo general, suele tomarle el pelo a quienes le encuentran y a jugarles malas pasadas, pero la petición del joven le parece tan curiosa, que decide poner en marcha un plan para que ese deseo se cumpla. Pero para conseguir la dichosa respuesta, Neal deberá poner de su parte, lo que le lleva a realizar un largo viaje hasta Dunver, un lugar inexistente, a través a de una carretera que tampoco existe, la Interestatal 60.

La incredulidad de Neal va desapareciendo a lo largo del viaje. Durante su transcurso, el joven irá descubriendo curiosos personajes y lugares de lo más variopintos. Cada persona que conozca, cada lugar que se encuentre en el camino y cada historia que viva, le conducirán a esa respuesta tan deseada. Pero sólo cuando llegue al final de la meta, tras un sinfín de experiencias, Neal verá cumplido su deseo. Será entonces cuando él mismo podrá responder a su propia pregunta. El resto, será cosa del destino.


“Interstate 60” es una de esas películas que pretenden transmitir un mensaje esclarecedor y positivo al espectador, a través de una fábula de carácter fantástico. El esquema narrativo podría asimilarse al de “Big Fish” de Burton, y el genio O.W. Grant (Oldman), vendría a ser una versión más amable del Djin de “Wishmaster”, siendo éste un ser poderoso que concede los deseos “a su manera”. Pero más allá de eso, la cinta es una road movie plagada de curiosos personajes, lugares poco comunes e historias de lo más increíbles. Cada encuentro y cada entuerto que Neal resuelve, son una manera de conocerse a sí mismo y de aprender a tomar ciertas decisiones. Decisiones que pueden dictaminar nuestro destino. Y está en nuestras manos, mayormente, elegir ese destino y no dejar que otros lo hagan por nosotros, aunque por ello haya que renunciar o perder ciertas cosas.


El artífice de todo esto es Bob Gale, quién con en este largometraje debuta como director pero no como guionista, pues ahí sí posee una más que interesante trayectoria en el campo del fantástico. Entre otras cosas, fue junto a Robert Zemeckis, el encargado de desarrollar y escribir toda la trilogía de “Regreso al futuro” (ahí es nada), además de muchos de los capítulos de la serie animada que la misma tuvo a principios de los noventa. Antes ya había trabajado con Zemeckis en la comedia Used Cars (aka Frenos rotos, coches locos, ejem, sin comentarios), protagonizada por un treintañero Kurt Russell, que aquí interviene en un pequeño papel.

Por esa misma época, concibió la historia de “1941”, una película que narraba, en clave de humor, el ataque japonés a Pearl Harbor, y que dirigió el mismísimo Steven Spileberg (no en vano, éste fue el productor ejecutivo de la ya citada Used Cars). Aunque se la considera uno de los mayores fracasos comerciales -y críticos- en la carrera del Rey Midas de Hollywood, éste no dudo en volver a contar con los servicios de Gale para uno de los capítulos de su serie “Amazing Stories” (aka Cuentos asombrosos). Dada esta relación profesional, no es extraño que en la película que nos ocupa haya un simpático guiño hacia “Encuentros en la tercera fase”, una de las películas de ciencia-ficción más conocidas y aclamadas de Spielberg.


Posteriormente, Gale ha trabajado, dentro del fantástico, en Historias de la cripta ("Tales from the Crypt"), tanto en uno de los capítulos de la serie regular como en uno de sus películas, “Bordello of Blood”, titulada aquí en España como El Club de los vampiros.

Finalmente, tras un largo tiempo desaparecido de la pequeña y gran pantalla, Gale se embarcó en el guión y en la dirección de “Interstate 60”, elaborando así una agradable y simpática comedia fantástica con su pizca de romance, su inevitable surrealismo y sus moralejas.
Para ello, contó con viejos conocidos como Russell y ”caras nuevas” como la de la guapa Amy Smart o la de James Mardsen, que interpreta correctamente el rol de Neal, y que en los últimos años ha intervenido como secundario en películas del calibre de “X-Men”, “Superman Returns” o “Encantada: La historia de Giselle”. Digna de mención es la presencia también del siempre genial Gary Oldman como el genio O.W. Grant, además de la aparición estelar de dos viejos conocidos, Christopher Lloyd en un papel breve pero esencial, y Michale J. Fox, los eternos Doc y Marty de la mejor trilogía de la historia del cine: “Regreso al futuro”. Este último interviene a modo de cameo como un ejecutivo en pleno ataque de nervios (la única manera, imagino, de poder disimular su terrible Parkinson)

Así que por el buen sabor de boca que me ha dejado, por sus simpáticos personajes y su original -dentro de lo cabe- historia, no puedo sino recomendaros el visionado de “Interstate 60”, una película curiosa y diferente que se agradece y mucho en estos tiempos que corren (la escasez de ideas en el cine es cada día más sangrante)



Valoración personal:

sábado, 21 de marzo de 2009

"Tristán e Isolda" (2006) - Kevin Reynolds


Salvo contadas y muy esporádicas excepciones, el cine épico, en la mayor amplitud de la palabra, no goza ya de muy buena salud. Parece ser que las viejas historias de valerosos caballeros y bellas doncellas ya no interesan demasiado al público, y los pocos intentos de llevar estas historias al celuloide parecen no ser del agrado del espectador medio. A veces, la baja calidad del producto es la que comprensiblemente despierta desconfianza y desagrado, como es el caso de la esperpéntica “La última legión” o la fallida “El reino de los cielos” (dicen que el director’s cut es mejor…). Otras veces, quizás por falta de promoción, quizás por su poco conocido reparto o simplemente por el escaso interés que produce la historia, algunas de estas producciones han visto como su paso por taquilla ha sido más bien discreto.


"Tristán e Isolda", la cinta que nos ocupa hoy, está basada en una popular leyenda celta, y es precisamente ésta una de esas películas poco valoradas que quizás merezcan un redescubrimiento. Y es que sin llegar a ser una gran película, se puede decir que cumple con su función de buen entretenimiento, entregándonos una trágica historia de amor sazonada con sus buenas dosis de acción y aventuras.


La historia de Tristán e Isolda es un relato de honor y de amores prohibidos. Tristán, un importante caballero britano, es herido durante una batalla y dado por muerto por los suyos. Tras su funeral, su cuerpo termina por “casualidades” del destino, en una playa irlandesa, donde es encontrado por Isolda, hija del rey Donnchadh, que al darse cuenta que su corazón aún late, decide curarle las heridas y cuidarlo en secreto.
Entre los dos jóvenes surge el amor, pero sus orígenes les impiden mantener una relación abierta. Por ello, Tristán regresa a su tierra y ambos juran mantener su idilio en secreto.

Por su parte, el rey Donnchadh, tratando de crear cizaña y división entre las diversas tribus inglesas, decide crear un torneo entre todos los campeones de Inglaterra, en el que el premio es su hija Isolda. Valientes caballeros de todas partes de Inglaterra acuden al torneo, y entre ellos está Tristán, que desconociendo que su amada es la hija de su eterno enemigo, se enfrenta a todos sus rivales con tal ganar el torneo y ofrecerle el premio, es decir, Isolda, a Lord Make, un hombre que lo crió como si fuera su propio hijo. Tras conseguir la victoria y descubrir que Isolda se convertirá en la esposa de Lord Make, Tristán cae sumido en una profunda tristeza, debatiéndose entre su lealtad hacia el rey y su país o su amor por la bella irlandesa.


La mayor dificultad que entrañaba la adaptación de esta leyenda popular no era tanto su fidelidad con el relato original (ignoro cuanta hay en el film) sino el hecho de intentar conseguir que la historia de amor entre Tristán e Isolda fuese el centro de atención de la trama sin por ello resultar empalagosa o demasiado previsible. En el primero de los casos, podemos afirmar con todo a tranquilidad que la relación amorosa entre ambos está muy bien llevada, gracias en parte, a la buena labor de su reparto: James Franco y Sophia Myles. Entre ellos hay química sin necesidad de recrear postales románticas que inviten al “¡oh!, ¡qué bonito!” como bien hacen otros directores (véase “El nuevo mundo” de Malick)


Tal como ocurre en la inmensa mayoría de películas, esa flecha de Cupido se clava con una rapidez pasmosa, amándose la parejita con devoción y jurándose amor eterno en menos que canta un gallo. Eso es algo que debemos aceptar no ya en esta película, sino en todas las que el cine nos endosa. Así que descontando eso, el resto se puede decir que resulta mínimamente creíble, tanto lo que uno siente por el otro como el sacrificio que ambos deben afrontar por el bien común, dejando a un lado su propia felicidad.

En cuanto a ser previsible o no, es evidente que la historia entre Tristán e Isolda ya nos la conocemos de memoria de tantas veces que, de una manera u otra, nos la han contado. Sin ir más lejos, no sería descabellado decir que Shakespeare se inspiró en esta leyenda celta para su “Romeo y Julieta”, e incluso la historia del Rey Arturo tiene no pocas similitudes con este relato. Pese a ello, la dirección de Reynolds es lo suficientemente eficaz no sólo para entretenernos con batallas y conspiraciones, sino también para llevar a buen puerto la trama amorosa sin que decaiga el interés por ella.

Desgraciadamente, y aquí viene el único “pero” que encuentro, es que a la cinta le falta esa energía, esa intensidad y contundencia que toda película épica necesita.
Aunque Reynolds está bastante curtido en el cine de época y de aventuras, pues suyas son la excelente Robin Hood, príncipe de los ladrones (1991), Rapa Nui (1994) o La venganza del conde de Monte Cristo (2002), aquí le ha faltado algo de garra para que su “Tristán e Isolda” nos deje una profunda huella tras su visionado. La sensación final es la de haber pasado un buen rato con jugosas batallas (tampoco demasiado espectaculares, todo sea dicho), con interesantes conflictos territoriales y de lealtad, y con una agradable y a la vez triste historia romántica con la que compartir gozo en pareja. Pero no va más allá de eso, y por ello la tragedia no traspasa la pantalla y la empatía con el espectador se queda algo huérfana.

No por esto último dejaría de recomendar el visionado de la película, pues en última instancia, supone uno de los ejemplos más claros de buen cine de aventuras -con su drama y su romanticismo-, aún pisando terrenos sobradamente conocidos. Y tener a Rufus Sewell en el bando de los buenos, bien merece despertar vuestra curiosidad.



Valoración personal:

martes, 17 de marzo de 2009

"True Blood" (2008) - Alan Ball


Aunque bien podría decirse que los vampiros vuelven a estar de moda en el cine y en la televisión, lo cierto es que nunca se han marchado del todo, como para echarlos de menos. De una manera u otra, siempre hemos tenido nuestra ración vampírica de turno, pero parece que en los últimos años, los chupasangre, junto a los no-muertos, están viviendo en resurgimiento -nunca mejor dicho- bastante celebrado.

En lo que a televisión se refiere, además de las noventeras “Buffy, Cazavampiros” o su spin-off “Angel”, han surgido otras series con la temática vampírica de por medio, aunque no todas entusiasman por igual al espectador. Una de ellas es “Moonlight”, que no he tenido el gusto de ver y que se canceló tras la huelga de guionistas de hace unos años, quedando tan sólo en 16 episodios.
Las otras dos series a mencionar permanecen aún activas en la actualidad. Blood Ties: Hijos de la noche, de origen canadiense, está basada en unas novelas de la escritora Tanya Huff, y mezcla el tema de los vampiros con la intriga policial.

Por su parte, “True Blood”, el serial que nos ocupa, se basa en una serie de novelas (Southern vampire) de la escritora norteamericana Charlaine Harris y está producida por la HBO; con lo cual, una ya puede imaginarse que lo que tenemos delante no es otra serie más de vampiritos.

Su creador es Alan Ball, responsable también de la aclamada "A dos metros bajo tierra”, y de momento consta de una primera temporada de 13 episodios la mar de adictivos.


La historia de True Blood nos sitúa en un pequeño pueblo del estado de Lousiana, en un momento en el que los vampiros y los seres humanos intentan convivir pacíficamente los unos con los otros. Esta especie de tregua ha sido propiciada gracias a una bebida compuesta de sangre sintética, creada por los japoneses, y que supone un sustitutivo a la sangre humana. De esta manera, los vampiros ya no tienen por qué alimentarse de los humanos, pudiendo así convivir con ellos como unos ciudadanos normales y corrientes. Sin embargo, no todos los vampiros están contentos con esta medida, y mientras unos intentar velar por los derechos de su raza, otros siguen alimentándose de humanos y gozando de la eternidad a su libre antojo.

Bill Compton (Stephen Moyer), un apuesto y pacífico vampiro centenario, llega a nuestro pueblo protagonista, y allí conoce a una joven camarera, Sookie Stackhouse (Anna Paquin), quién tiene la capacidad de poder leer la mente de la gente, algo que suele ocasionarle más problemas que beneficios. En su primer encuentro, nace la chispa del amor, pero ni su relación ni la presencia del propio Bill serán muy bien recibidas por la gente del pueblo, que por primera vez debe permitir que un vampiro se instale en sus tierras. Para más inri, su llegada coincide con una serie de terribles asesinatos, con lo cual las sospechas de la mayoría de pueblerinos recaen en el recién llegado chupansagre, si bien no hay pruebas que lo demuestren.


True Blood mezcla con eficacia la imposible relación amorosa de su pareja protagonista, con el suspense propiamente dicho de descubrir quién es el responsable de los asesinatos que azotan el tranquilo pueblo de "Bon Temps") Misterio, amor, sexo y vampiros se unen en esta producción fantástica de HBO que recomiendo encarecidamente.


Entre sus mayores aciertos, destaca la crítica de fondo que sus creadores dejan entrever en cada capítulo. La lucha de los vampiros por su integración social bien podría asociarse a la del colectivo homosexual en nuestra actualidad. Sin ir más lejos, el propio tema de la orientación sexual se maneja en la serie a través del personaje de Lafayette (Nelsan Ellis). Por tanto, a través de ambos temas (vampirismo y sexualidad) se realiza una incisivo ataque a la xenofobia que aún muchos predican (gente ignorante, codiciosos políticos o fanáticos religiosos, sobre todo)

A través del don de Sookie, se pone de manifiesto la hipocresía de nuestra sociedad, cuando lo que decimos no siempre es lo que pensamos. Esa falta de sinceridad o de doble moral también se percibe a lo largo de toda la serie.

Trasfondos a parte, otros alicientes de los que hace gala de la serie de Ball es su forma irreverente de tratar el sexo o la violencia. Actos sexuales bastante subiditos de tono y sangre por doquier suponen el atractivo más comercial del producto, algo que se agradece en estos tiempos tan comedidos. Y esto es posible gracias a que la producción corre a cargo de la HBO, que por lo general suele sorprendernos tanto por la originalidad de sus propuestas con por la controversia que las mismas pueden suscitar. Propuestas arriesgadas que pocos canales se atreverían a producir/emitir.


A destacar también el humor negro, rasgo característico de su creador, y que está presente en toda esta primera temporada.

Por otro lado, resulta interesante también cómo se derrumban algunos mitos acerca de los vampiros, a la vez que se nos revelan otras costumbres suyas. De este modo, con cada capítulo sabemos un poco más de estos misteriosos seres.

Sobre los personajes y las distintas subtramas que los unen, prefiero optar por no revelaros nada, de manera que los vayáis descubriendo/conociendo vosotros mismos, en el caso de que decidáis echarle un vistazo a la serie.

Así que para finalizar, expondré de forma resumida los pros y los contras de la serie, a la espera de que llegue su segunda temporada, deseando que mantenga o supere el nivel de ésta (como con Dexter) y no decaiga como le ocurre a otras series (Prison Break, Héroes…)


Pros: la crítica hacia la xenofobia, el racismo, la hipocresía o el fanatismo religioso; el eventual gore y el tono erótico –no explícito- de los encuentros amorosos; los trabajados personajes (ya sean protagonistas o secundarios) y las diversas subtramas; el tema "Bad Things" de Jace Everett, que acompaña los curiosos créditos iniciales.

Contras: algunos huecos o cabos sueltos en la trama del asesino; el personaje de Sookie, que puede llegar a resultar muy irritante debido a sus constantes chillidos y cambios de humor (en mi caso, hay que añadirle el irremediable rechazo que me provoca la actriz Anna Paquin); que los afilados dientes de los vampiros no sean los colmillos de toda la vida, sino los incisivos (detalle puramente estético, pero que no termina de convencerme)



Valoración personal: