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domingo, 11 de noviembre de 2018

Mis fracasos de taquilla favoritos (I): La Isla de las Cabezas Cortadas (Cutthroat Island)



Presupuesto: 98 millones de dólares
Taquilla doméstica: 10 millones de dólares.
Estreno USA: 22 Diciembre 1995
Estreno España: 15 de Enero 1996


Sinopsis: Tras la muerte de su padre, Morgan Adams, capitana del barco pirata Morning Star, emprende la búsqueda de las tres partes en que está dividido el mapa de un fabuloso tesoro. Como el idioma en que está escrito el mapa es latín, Morgan compra un esclavo conocedor del idioma para descifrarlo, William Shaw.

Para conseguir el tesoro Morgan deberá enfrentarse no solo al acoso de la flota británica que trata de erradicar la piratería del Caribe, sino también a su cruel tío, el capitán Dawg, que también ansía el tesoro y que no se detendrá ante nada para conseguirlo, aunque deba acabar con su propia familia.



Comentario:
Mucho antes de que el Capitán Jack Sparrow y la tripulación de la Perla Negra navegaran por el Mar Caribe en busca de tesoros malditos, ya lo hizo Morgan Adams a bordo del Morning Star. Y antes que ella, muchos otros.

Por desgracia, y a diferencia de Sparrow, a Adams la taquilla no le sonrió como debiera, y su incursión en el género quedó relegada al olvido. O peor todavía: ser recordada como uno de los mayores fiascos de taquilla de la historia, dudoso honor que comparte junto a la “Cleopatra” de Mankiewicz o “La puerta del cielo” de Cimino. Con esta última, para más inri, les une el estigma de ser las culpables de llevar a la bancarrota a su productora (United Artists la una, Carolco la otra).

Lo cierto es que en el caso de “La Isla de las Cabezas Cortadas”, esto último no deja de ser una verdad a medias. Carolco Pictures, la productora fundada por Mario Kassar y Andrew G. Vajna atravesaba ya cierta crisis a principios de la década de los 90, estando a punto de la quiebra en 1992, y probablemente salvándose de ella gracias al enorme éxito de dos títulos clave en su trayectoria: “Terminator 2: el Juicio Final” e “Instinto básico”. Por aquél entonces, Vajna ya se había montado su propio estudio, Cinergi Pictures, quedándose Kassar a los mandos, asumiendo así el control absoluto de la compañía.

¿Pero por qué pendía de un hilo una compañía que cosechaba éxitos desde principios de los ochenta? Básicamente, por su arriesgado sistema de producción basado en la preventa, es decir, financiar las películas a través de la venta previa de derechos a los distribuidores extranjeros. Si la película resultaba ser un éxito, como lo había sido la segunda parte de Rambo (primer título con el que se llevó a cabo esta estrategia), la recompensa era evidente, pero si ésta fracasaba, el daño a las arcas del estudio podía ser catastrófico. Teniendo en cuenta que Carolco invertía ingentes cantidades de dinero en sus grandes superproducciones, y que además pagaba una fortuna a sus intérpretes (Schwarzenegger percibió un salario de 10 millones de dólares más la negociación de un 15% de los beneficios de taquilla por Terminator 2), estaba claro que al primer fiasco sonado, la compañía podía irse a pique.

Aunque películas como “Stargate”, “Soldado Universal” o “Máximo Riesgo” fueran un éxito, la compañía seguía teniendo graves problemas financieros. Sin ir más lejos, para evitar que la polémica rodease al estreno del film de Stallone, tuvo que pagar casi un total de 800 mil dólares a varios escritores que aseguraban que les habían robado la idea del guión de la cinta.



Llegados a este punto, Kassar tenía dos proyectos sobre la mesa para evitar el déficit: uno era una película titulada “Crusade”, acerca de las Cruzadas en Tierra Santa y que dirigiría Paul Verhoeven con la gran estrella taquillera del estudio (y del momento) Arnold Schwarzenegger a la cabeza. Una idea que director y actor habían concebido durante el rodaje de “Desafío total” (otro de los grandes éxitos de Carolco). Presupuestada en 100 millones de dólares, parecía ser una apuesta segura, tanto por el director como por su protagonista y las cotas épicas que podían alcanzar de nuevo ambos juntos. Además, se rumoreaba un reparto completado con nombres como los de Robert Duvall, Jennifer Connelly John Turturro, e incluso un pequeño papel Charlton Heston (que terminaría coincidiendo con Arnold en la genial “Mentiras arriesgadas”). Sin embargo, el miedo de Kassar a que el presupuesto inicial se incrementara a lo largo del rodaje, y la negativa de Verhoeven a darle garantías de que eso no ocurriría, llevaron a éste a enterrar el proyecto en el fondo del océano.

Así que la segunda opción fue una película de piratas, un género que llevaba muerto desde hacía décadas, y que Kassar pensó que podría resucitar entregando el proyecto a Renny Harlin, cineasta que venía de saborear las mieles del éxito con “La Jungla 2: Alerta roja” y la citada “Máximo riesgo”, dos títulos que no dudaron en usarse para la promoción de la película. Ya sabéis, el ya clásico “Del director de…”.

Que la última película sobre piratas que pisara unos cines, “Piratas” (1986) de Roman Polanski, se saldara con un sonoro fracaso no amedrantó a Kassar, que dio luz verde a una superproducción cuyos problemas no tardaron en llegar. Apenas unos días antes del inicio de la producción, perdieron a sus tres actores principales; entre ellos Michael Douglas, que vio cómo su papel en el guión se iba recortando cada vez más. Supongo que quedar relegado a secundario en favor de una protagonista femenina (la mujer del director), no le haría mucha gracia a la estrella de Instinto Básico, por lo que abandonó el barco antes de zarpar. Una oportunidad perdida de volver a encontrarnos con el Michael Douglas simpático y entrañable de “Tras el corazón verde” y “La  joya del Nilo”. Su papel, el del picarón ladronzuelo -y mentiroso compulsivo- William Shaw (un trasunto del Errol Flynn más pirata), terminó recayendo –tras varios rechazos- en MatthewModine, quien tras mucha insistencia aceptó el papel sólo con la condición de obtener un salario similar al que iba a percibir su antecesor.

Para el rol protagonista, Harlin encontró a la actriz ideal en su, por aquél entonces, esposa Geena Davis, a quien volvería a dirigir en otro (semi) fracaso de taquilla: “Memoria letal”. Se rumorea que la parejita no se contuvo de caprichitos durante el rodaje, todo a costa del estudio, lo que poquito a poco fue engrosando el presupuesto, cuya cifra alcanzaría los ya conocidos (y perdidos en el fondo del mar) 98 millones de dólares.

Una parte de esos millones, eso sí, se invirtió en la construcción de dos espléndidos barcos pirata a escala real, con un tamaño de 42 m de eslora cada uno, dando lugar a un sed de rodaje de auténtico lujo. Ni corto ni perezoso, Harlin hizo volar en pedazos uno de esos barcos para la emocionante batalla final de la película, lo que sin duda confirió gran realismo a la escena al no recurrir al uso habitual de maquetas. Aunque me imagino a Kassar con los sudores fríos sólo de pensar en si la escena no salía bien a la primera toma… Porque no habría otra toma.


Quien también se quedó en puerto fue el compositor David Arnold (Stargate), cuyo conflicto de agendas con “Independence Day” impidió que abordara la banda sonora con la que ya llevaba unas semanas trabajando, y de cuyas escrituras sacaría provecho finalmente el filme de invasiones alienígenas de Emmerich. Su lugar lo ocupó el más modesto y desconocido John Debney, quien pese a las inquisitivas comparaciones con Arnold (se le tachó de copiar su estilo), orquestró una música fabulosa y absolutamente acorde con el animado espíritu de aventura de la película.

Y es que “La Isla de las Cabezas Cortadas”, como así se bautizó por estos lares (un título deliciosamente rimbombante y mucho más blando que el original “La Isla de los Asesinos”*) era y es una estupenda combinación de humor, acción y romance. Una genuina película de piratas, con sus batallas navales a cañonazos, sus mapas del tesoro, sus islas paradisíacas y sus piratas de poco fiar con sus patas de palo y sus parches en el ojo.
El cine de piratas, que vivió su mayor apogeo en las décadas de los 30 y 40, revivía con todo el esplendor de las nuevas tecnologías, perpetuando así la imagen romántica e idealizada de la piratería que siempre nos ha mostrado Hollywood y que por supuesto poco o nada tenía que ver con la realidad. En ese sentido, es mucho más realista la magnífica y muy recomendable serie de televisión “Black Sails”.

En cualquier caso, ni el público ni la crítica supo apreciarla, condenándola al ostracismo.

Quizás tampoco ayudara la poca promoción que tuvo (seguramente recortada a raíz de los despilfarros de dinero durante el rodaje) ni su fecha de estreno, que si bien las navidades son propicias para el cine de entretenimiento, puede que verano fuera mejor época para una superproducción cuyos protagonistas se pasan la mayor parte del tiempo en alta mar o en playas exóticas.

Y si ya hilamos muy fino, veremos que una cinta de acción con una protagonista femenina rara vez atraía a los espectadores en masa; menos cuando el género estaba abonado de Schwarzeneggers, Stallones, Van Dammes o Willis.


Fuera como fuere, lo cierto es que siempre ha sido muy difícil predecir los movimientos del público. No existe ninguna fórmula para el éxito. Quizás sí puede haber algunas pautas a seguir para por lo menos no andar sobre arenas movedizas, pero que en ningún caso garantizan el triunfo. De ser así, los estudios arrasarían con todas y cada una de sus producciones, cosa que evidentemente no ocurre. Y de poder predecirse el éxito, no existirían los “sleepers”, o lo que es lo mismo, aquellas películas que sorprenden a propios y extraños erigiéndose como triunfadoras cuando nadie apostaba por ellas.

El por qué unas películas fracasan y otras arrasan es, en ocasiones, todo un misterio. Puede que todo se deba a un afortunado o desafortunado cúmulo de circunstancias y/o buenas/malas decisiones, pues no siempre la calidad del producto en sí justifica una cosa u otra. Claro que esto de la “calidad” no deja de ser, también, algo meramente subjetivo. Eso sí, la subjetividad de muchos es la que dicta el hacerse con el tesoro o sucumbir en el intento.

El fracaso de “La Isla de las Cabezas Cortadas” finalmente supuso un duro golpe para la carrera cinematográfica de Modine y Davis, pero sobre todo para el primero, quien ya no logró recuperarse jamás. Davis, ya divorciada de Harlin, encontró una segunda vida en la televisión gracias a la serie “Señora presidenta”. Por su parte, el respiro que le propició el éxito de “Deep Blue Sea” a Harlin fue fugaz, ya que  después terminaría anclado como director de serie B y subproductos de videoclub, a cuál más cochambroso.

Para los que siendo unos enanos fuimos al cine y disfrutamos de lo lindo con ella, “La Isla de las Cabezas Cortadas” es y será siempre un fallido blockbuster a reivindicar.

Mención aparte merece el que quizás sea una de las mejores obras del gran Drew Struzan: un maravilloso cartel que destila aventura en cada pincelada. Un trabajo que además llegó en una época en la que el montaje fotográfico ya empezaba a comerle todo el terreno al cartel ilustrado.


*Diría que “Cutthroat Island” también podría traducirse como “La Isla de las Gargantas Degolladas” o algo así, ya que “throat” significa “garganta”. Además, tendría un doble sentido, ya que para acceder al tesoro, Morgan y Shaw tienen que descender por la profunda “garganta” de la cueva tal y como sugieren las indicaciones cifradas del mapa.

domingo, 10 de noviembre de 2013

“El caso de Lucy Harbin” (1964) – William Castle


Afamado productor y director de más de una treintena de títulos (en su mayoría westerns y films de terror), William Castle se hizo todo un nombre en la industria del cine gracias a sus producciones de bajo presupuesto.  En la línea de un Roger Corman, combinando sus habituales labores como director con las de productor, elaboró productos de serie de B de forma rápida, barata y eficaz, lo que le hizo ganarse una notable reputación. Aunque si algo le hizo realmente famoso, fueron sus revolucionarias (entre comillas) e imaginativas triquiñuelas publicitarias.

Con tal de llamar la atención de la prensa y, por ende, del potencial espectador, y conseguir una repercusión añadida a sus estrenos, Castle hurdía una serie de trucos para la proyección de sus películas. Todo empezó con su primer film como productor, “Macabre”, para la cual dispuso enfermeras y coches fúnebres aparcados fuera de las salas de cine, e hizo que con cada entrada se entregara un seguro de vida (con una póliza de 1.000 dólares) en caso de que el espectador muriera de miedo durante el visionado de dicha película.

“Macabre” fue todo un éxito y Castle no dudó en recurrir a toda una variedad de trucos (no siempre tan efectivos) para sus siguientes proyectos, y que iban desde hacer flotar un esqueleto frente a la pantalla durante los últimos minutos de “House on Haunted Hill”(1959) a incluso hacer partícipe a la audiencia del destino final del villano en “Sr. Sardonicus” (1961), entregándole así al espectador una tarjeta con un pulgar que brillaba en la oscuridad y que éste podía mantener hacia arriba o hacia abajo para decidir si el señor Sardonicus se libraba o no de la muerte (curiosamente, el público jamás fue clemente con el personaje, por lo que el final alternativo nunca llegó a proyectarse).

La figura de Castle, con sus simpáticos e ingeniosos trucos, fue indirectamente homenajeada por Joe Dante en “Matinee”, uno de sus films más personales y reivindicables. Y es que pese a la abundancia de títulos, algunos de ellos muy competentes e incluso convertidos ahora en clásicos del género (véase House on Haunted Hill, de la que se hizo un olvidable remake a finales de los 90), la fama de Castle se ha reducido casi siempre a esta anecdótica particularidad, la cual ha sido imitada a posteriori por otros cineastas y productores.

La película que nos ocupa, “Strait-Jacket”, dirigida por el propio Castle y conocida por nuestras tierras como “El caso de Lucy Harbin”, no se libró tampoco del uso estos trucos, y a la entrada de los cines los espectadores fueron obsequiados con pequeñas hachas de cartón. Por qué hachas, os preguntaréis. Pues porque como bien muestra el cartel de la película, ésta es la brutal arma homicida que emplea nuestra asesina protagonista.


La historia comienza cuando Lucy Harbin llega a casa y encuentra a su marido acostado en la cama con su amante. En un salvaje arrebato de furia, Lucy agarra el hacha que emplean para cortar madera y decapita a ambos en presencia de Carol, su hija pequeña. Tras 20 años encerrada en un hospital psiquiátrico, Lucy es dada de alta y enviada a vivir con su hermano Bill y su cuñada Emily, quienes se hicieron cargo de la pequeña Carol en ausencia de sus padres.

El difícil encuentro con una Carol ya adulta y el doloroso recuerdo de los terribles actos del pasado, perturban el bienestar mental de Lucy, evidenciando que quizás no esté del todo recuperada y que, en el peor de los casos, pueda retomar sus viejas costumbres asesinas.

Quizás no tan conocida como “House on Haunted Hill”, y sí más denostada por parte de la crítica que aquella, lo cierto es que “El caso de Lucy Harbin” es uno de los trabajos más sugerentes y notables del William Castle director. Lo que de algún modo demuestra que las mejores obras no son siempre las que perduran en el recuerdo del colectivo cinéfilo.

Rodada en blanco y negro y con un presupuesto visiblemente modesto, la cinta está protagonizada por una sesentona  Joan Crawford en el papel de la “demente” Lucy Harbin. Crawford fue una de las pocas estrellas (de las más importantes y mejor pagadas) del cine mudo que sobrevivió a la aparición del sonoro. Por aquella época (los 60), sus años de gloria habían quedado atrás,  si bien aún pudo retrasar un poco más su retirada del cine prestándose a cintas como ésta.  Para algunas actrices de su edad, como Barbara Stanwyck o Bette Davis (con la que coincidiría en la popular “¿Qué fue de Baby Jane?”, un hecho insólito teniendo en cuenta la consabida mala relación que existía entre ambas), el género de terror o el thriller supusieron una nueva vía de escape para seguir manteniendo a flote sus carreras. A estas cintas, frecuentes durante los 60 y 70, se las conocía coloquialmente como psicho-biddy, hag horror Grande Dame Guignol, siendo su principal característica el estar protagonizadas por peligrosas y mentalmente inestables mujeres de edad avanzada.

En ese sentido, Crawford consigue en este psico-drama toda una prodigiosa composición que despierta en el espectador distintos y encontrados sentimientos hacia su personaje. Desde la inquietud y repugnancia por sus violentos asesinatos o la desaprobación por sus coqueteos con el prometido de su hija, hasta la lástima y la compasión que nos evoca cuando se nos muestra como una corriente e indefensa anciana.

La angustia y sufrimiento constantes de Lucy van mermando paulatinamente sus esfuerzos por mantenerse en un estado mental saludable. Es tanto el miedo a sucumbir a una recaída para quienes la rodean (su hija, su hermano, su médico…) como para ella misma. Más aún cuando las circunstancias a las que se ve abocado su regreso se van enturbiando poco a poco a medida que algunas personas empiezan a desaparecer…


Lo cierto es que el devenir de la trama sugiere una aproximación bastante primeriza de la que a posteriori podrían a ser los sanguinarios mecanismos del slasher. El guión del escritor y guionista Robert Bloch (más conocido por ser el autor de la novela “Psicosis“) se guarda un as en la manga de cara al desenlace; un golpe de efecto al que la habilidad de Castle tras la cámara permite dotar de mayor credibilidad.

Prácticamente todas las decapitaciones que presenciamos ocurren fuera de plano. Castle opta por sugerir antes que mostrar, aprovechándose de un constante juego de sombras muy apropiado y que responde, sin duda, al interés de éste por el buen funcionamiento de los acontecimientos que concluyen la historia. Así es como el director se permite manejar la atención del espectador a su antojo, convirtiendo en imprevisible algo que, a día hoy y con tanto cine visto a nuestras espaldas, resulta bastante más deducible.

La experiencia nos convierte en perros viejos, pero eso no nos priva de disfrutar de una inquietante y perturbadora serie B genuinamente camp. Un cinta que pese al paso del tiempo aguanta bien el tipo y nos deja como legado una asesina absolutamente desquiciada  que bien merece un recordatorio dentro de la galería de famosos homicidas del género.  

Por otro lado, las últimas palabras de Lucy probablemente representen mucho mejor que otras películas lo que es el verdadero “amor de madre”. Un desenlace perfecto. Y como guinda del pastel, un simpático detalle final con el logo de Columbia alterado para la ocasión: tras el último plano, la dama de la antorcha aparece decapitada, con la cabeza a los pies y sin llama en la antorcha.

Una práctica, la de recrearse con el logo del estudio, bastante habitual en nuestros días, pero poco frecuente en  aquellos tiempos (y menos aún de forma tan sádica).

P.D.: No está de más añadir que al William Castle productor le debemos todo un clásico del género: “Rosemary's Baby”, bautizada en nuestro país con el desafortunado título de “La semilla del diablo”.


Valoración personal:

viernes, 19 de octubre de 2012

“Mi proyecto científico” (1985) - Jonathan R. Betuel

“Mi proyecto científico” (1985) - Jonathan R. Betuel

Para hallar buen cine fantástico juvenil y/o familiar, difícilmente haya mejor época que los ochenta. A lo largo de esta gloriosa e irrepetible década se realizaron numerables producciones a las que hoy día recordamos con gran cariño. Producciones con las que, a menudo, seguimos disfrutando como niños. 

Hay que reconocer que en ocasiones dicho disfrute radica más en la nostalgia que nos invade que en las propias virtudes del film, si bien no son pocas las películas cuya calidad es irrefutable y que, por ese motivo, siguen conservando intacto su valor cinematográfico y sus admirables niveles de entretenimiento.

Si nos fuéramos mentalmente hacia el año 1985, los títulos que nos vendrían a la memoria serían “Los Goonies”, “Lady Halcón”, “Teen Wolf (De pelo en pecho)”, “Exploradores”, “Cocoon”, “El secreto de la pirámide”, “Brazil”, “Enemigo Mío (tristemente olvidada) o “Regreso al futuro”, la joya de la corona y la película más taquillera de aquél año. Precisamente, un mes después de estrenarse esta maravillosa comedia de ciencia-ficción, llegó a las salas estadounidenses “My Science Project”, otro film cuya temática estaba conectada a los viajes en el tiempo.

A diferencia del éxito de Zemeckis, el film del debutante Jonathan R. Betuel tuvo una pobre acogida entre el público, algo que no es de extrañar si comparamos éste con otros de mayor calibre de aquél mismo año o de unos meses atrás. Y es que a nadie le apetece comerse una simple hamburguesa después de haber saboreado un delicioso estofado de carne, y con “Regreso al futuro” bien fresquita en la memoria, algo como “Mi proyecto científico” (My Science Project) sabía a poco.

La historia se inicia en 1957, cuando una nave del espacio exterior (léase OVNI) se estrella en medio del desierto. El objeto es descubierto por los militares y enviado a una base con el fin de estudiarlo con detenimiento. Sin embargo, los altos mandos, temiendo que los periodistas fisgoneen y la historia se escampe por todo el país, deciden deshacerse de las pruebas, como si nunca hubiera ocurrido nada.

En la actualidad (1985), la base militar se encuentra inoperativa y convertida en un cementerio de chatarra vigilado únicamente por un guardia de seguridad. Por la noche, el joven Mike y su cita, la empollona Ellie, se cuelan en la base y encuentran, entre los despojos y oculto en un almacén subterráneo, un extraño artilugio. Al principio, Mike ignora su procedencia y su utilidad, pero no tarda en descubrir que el aparato es un dispositivo capaz de abrir una brecha en el espacio-tiempo.

Un año antes de su debut como director, Jonathan R. Betuel escribió del guión de “Starfighter, la aventura comienza” (The Last Starfighter), una entrañable cinta de ciencia-ficción de corte juvenil que enseguida se ganó un rinconcito en la memoria cinéfila de toda una generación. Aquella fue uno de los intentos más efectivos de la competencia a la hora de rivalizar con Spielberg y sus fructíferas producciones bajo el sello Amblin. Esto último no era nada fácil de conseguir dado que el “Rey Midas” contaba siempre con las mejores historias, con un buen equipo detrás y con un holgado presupuesto para materializarlas en pantalla.


Con ese fin, Betuel siguió enfocando su trabajo en el género fantástico juvenil, dando lugar al guión de “Mi proyecto científico”, el cuál le dio la oportunidad de ponerse tras las cámaras.

Los protagonistas de esta historia responden irremediablemente a algunos de los estereotipos habituales de este tipo de cine. A saber: el chico guaperas de turno, el gracioso de su mejor amigo o los empollones cuatro ojos con aparatos dentales.

Mike Harlan es conocido en el instituto por ser un manitas con las máquinas, especialmente con los coches, a los que dedica gran parte de su tiempo. Sin ir más lejos, el amor de su vida es un Pontiac GTO rojo del 68’ que conduce todo orgulloso. Pero Mike no es muy buen estudiante, y necesita aprobar con urgencia su proyecto de ciencias si quiere graduarse.

Colándose en la vieja base militar espera encontrar algún cacharro que pueda serle útil para  arreglarlo y hacerlo pasar por su proyecto. Pero lo que ignora es que hará un descubrimiento increíble que podría poner patas arriba toda la ciudad e incluso el mundo entero.

En esta aventura, a Mike le acompañan Ellie, una rata de biblioteca con la que acepta salir por despecho tras la escandalosa ruptura con su novia; y su mejor amigo Vince, un tipo que por su vestimenta parece anclado en los años 50. 

De la boca éste último, un auténtico consumidor/devorador de la programación televisiva, surgen la mayor parte de referencias a series de televisión (Magnum, Dinastía, Mannix, Kojak) y a alguna que otra película (Los cañones de Navarone) que el guión de Bertuel acumula en un esfuerzo de ganarse rápidamente a la audiencia.  Incluso se permite un simpático guiño hacia la filmografía de uno de sus intérpretes, John Stockwell, cuando Vince le habla a Mike de una película acerca de un coche diabólico que mata gente, en clara referencia a “Christine”, de la que el joven Stockwell había sido co-protagonista dos años antes. De hecho, aquél sería su papel más conocido (así como su breve aparición en Top Gun), ya que su carrera como actor no ha dado mucho de sí, aunque en su faceta de director con cintas como “Inmersión letal” o “Turistas” tampoco es que le haya ido mejor.
A su compañero de reparto, Fisher Stevens, le recordamos con más cariño por aparecer en las dos entregas de “Cortocircuito” y, en lo personal, por encarnar durante cinco temporadas al pillo Chuck Fishman en la muy estimable “Edición anterior”.

Mención especial merece Dennis Hopper en su pequeña intervención como Bob, el profesor de ciencias de Mike, un tipo al que la madurez ha medio aplacado sus instintos más hippies. En un momento dado, y a modo de (enésimo) guiño cinéfilo, su personaje se presenta vistiendo las ropas que el propio Hopper lució en “Easy Rider”.
 
Más allá de estas referencia y la simpatía que desprende el conjunto, lo cierto es que “Mi proyecto científico” no es ninguna de esas maravillas ochenteras, y a ratos peca de ser un tanto ingenua o absurda (el rayo desintegrador con el que los militares se deshacen de la nave alienígena, el T-Rex agarrando a Vince con ¡sus patas delanteras!, etc.), e incluso poco coherente consigo misma (durante el primer contacto de Mike y Vince con la máquina, su percepción del tiempo se altera, y lo que para ellos han sido 10 minutos, en realidad son dos horas. Una circunstancia, ésta, que no vuelve a repetirse o siquiera mencionarse en ningún otro momento). 

La historia con la cuenta es atractiva pero está muy desaprovechada. Quizás su bajo presupuesto limitara las aspiraciones de Bertuel, que no explota debidamente las posibilidades que le ofrece una premisa apoyada en un artefacto capaz de conectar las distintas dimensiones en las que confluyen pasado, presente y futuro. Esta idea podía haber dudo mucho juego, pero solamente se le saca verdadero partido en la última media hora del film, con el instituto convertido en el centro neurálgico de la brecha espacio-temporal, y atrayendo hacía ese punto a personas y seres de otras épocas. De ahí que Mike y cía se topen con soldados nazis, gladiadores de la antigua Roma, insurgentes del Viet Cong o con la mismísima Cleopatra, amén de tener que hacer frente a unos mutantes de un presumible y lejano futuro postapocalítico o a un T-Rex de erróneas proporciones.

Quizás si la mayor parte del metraje hubiera girado en torno a ese escenario, desarrollándose la cinta como una gran aventura entre distintas dimensiones (con todo el abanico de posibilidades que ello ofrecería), el resultado hubiera sido mucho más elocuente y gratificante. No obstante, como producto de serie B que es, logra entretener de forma aceptable al dirigirse al espectador con honestidad y sin excesivas pretensiones.


Valoración personal:

sábado, 16 de junio de 2012

“War of the Dead” (2011) - Marko Makilaakso

Crítica War of the Dea 2011 Marko Makilaakso
Mezclar dos elementos que infunden terror como los zombies y los nazis no es que sea algo novedoso. Una de las precursoras en dicha materia fue “Revenge of the Zombies”, rodada en 1943, es decir, en plena Segunda Guerra Mundial, y en la cual un mad doctor en la piel de John Carradine (padre del desaparecido David Carradine & hermanos) trabaja para crear un ejército de no-muertos para el Tercer Reich. Argumento similar se repetiría allá por la década de los setenta en “Shock Waves”, una casposa serie B reconvertida en pieza de culto debido, quizás, a la presencia de un ilustre del género de terror como Peter Cushing. En esta ocasión, y situándose en la actualidad (de la época), es un grupo de veraneantes quiénes descubren por casualidad, en una isla remota, a todo un batallón de zombies-nazis bajo las órdenes de un loco científico (Cushing).

En los ochenta nos encontramos con la francesa “Le lac des morts vivants”, traducida literalmente en España como “El lago de los muertos vivientes”, y bautizada a nivel internacional como “Zombie Lake”. Aquí desaparece la figura del científico loco y nos acercamos más al concepto de maldición (típico del cine de fantasmas), con los lugareños de un pequeño pueblo de algún lugar de Francia siendo aniquilados por unos vengativos soldados alemanes que fueron asesinados y arrojados a un lago por la resistencia francesa. La cinta iba ser dirigida por el conocido cineasta español Jesús Franco, pero su agenda no se lo permitió, por lo que el productor contrató al francés Jean Rollin para que se hiciese cargo de la misma, contando eso sí, con guión del propio Franco, quién un año después se resarciría rodando “La tumba de los muertos vivientes”, con unos nazis no-muertos custodiando un tesoro templario en el desierto africano al que se dirige una incauta expedición.

Y de ahí pegamos un salto en el tiempo hasta la década pasada, en la que parece que el zombie nazi volvió a ponerse de moda gracias a películas como la noruega “Dead Snow” (aka Zombis nazis), en clave de comedia y sorprendentemente estrenada en nuestros cines gracias a DeAPlaneta; o, un año antes, la inglesa “Outpost”, titulada en aquí como “El búnker”, con aire fantasmagórico y que fue directa al mercado doméstico. Precisamente, su director nos ha traído este año una secuela bajo el título de “Outpost: Black Sun”, la cual, he de advertir, resulta poco menos que prescindible. Y no es que su predecesora fuera la gran cosa, pero al menos lograba entretener, cosa que ésta no. Incluso hay una tercera entrega en camino (Outpost: Rise of the Spetsnaz) en manos de otro director.

Todo esto nos lleva hasta la cinta que nos ocupa, “War of the Dead” (antes conocida como Stone’s War),  cuyo argumento tiene no pocos puntos en común con la citada “Outpost”, pues gran parte de la acción transcurre entre las robustas paredes de un búnker alemán.

Finlandia, 1941. El capitán Martin Stone encabeza un comando de soldados de élite estadounidenses y finlandeses cuya misión es asaltar un bunker enemigo. Antes de llegar a su objetivo, son sorprendidos en medio del bosque por un grupo de alemanes a los que combaten sin descanso. Es entonces cuando se topan la terrible realidad: los abatidos vuelven a la vida, y ya no diferencian entre enemigo o aliado. Ante la nueva amenaza, Stone y sus hombres se ven obligados a huir a la profundidad del bosque, en territorio ruso, en dónde descubrirán el origen del mal que les acecha.


Hace algunos años, dos proyectos de temática zombie-nazi llamaron sobremanera mi atención. Uno era “Worst Case Scenario,” cuyo primer avance resultaba ser de lo más apetitoso. La película, de procedencia holandesa y en clave de comedia negra, empezó a rodarse en 2004, pero fue cancelada a principios de 2009 por problemas financieros. El otro proyecto que suscitó mi interés fue “War of the Dead”, que poseía un tráiler bastante espectacular y prometedor al son del ya famoso tema de Clint Mansell ya empleado para otros tantos trailers y perteneciente a la banda sonora de “Requiem por un sueño”. 

Esta cinta, de origen lituano, también corrió el peligro de irse al traste, pero su director y guionista, Marko Makilaakso, luchó durante años para poder llevarla a buen puerto. Pese al inevitable retraso, “War of the Dead” pudo por fin ver la luz en el marco del After Dark Film Festival celebrado en Toronto en octubre de 2011. Por tanto, era cuestión de tiempo que el resto de mortales pudiéramos hincarle el diente, cual zombie hambriento.

¿Ha valido la pena tanta espera? Bueno, el mero hecho de poder saciar nuestra/mi curiosidad ya es de bien agradecer. Sin embargo, tras su visionado, el grado de satisfacción no es ni mucho menos el esperado.

Durante los primeros minutos somos testigos de cómo un grupo de soldados rusos capturados por el ejército alemán son conducidos a través de un túnel para acabar en una fría mesilla de quirófano y ser sometidos a los infames experimentos de los científicos nazis. Inmediatamente después, un breve texto nos informa acerca de dichos experimentos, cuyo fin no era otra que engañar a la muerte. Sin embargo, por orden expresa del mismísimo Adolf Hitler, el proyecto fue cancelado y los cuerpos de los sometidos soldados apilados y enterrados… hasta ahora, cuando emergen de sus tumbas con sed de sangre para acabar con nuestros protagonistas.

Resulta irónico que al director le tomara tanto tiempo terminar la película y, sin embargo, el transcurso de la misma se sienta tan apresurado. 

La primera media hora es un no parar de idas y venidas de no-muertos, de tiroteos aquí y allá, y de huidas constantes… No hay tregua ni para los protagonistas ni para el espectador.

Pasados esos minutos no es que se produzca un cambio radical (todo sigue avanzando con demasiadas prisas y con muy pocas explicaciones al respecto), pero al menos hay ciertos momentos de reposo narrativo que sirven para desvelar sutiles detalles acerca del origen de esta pesadillesca situación (de la que sólo el espectador tiene un conocimiento previo), y también más detalles acerca de los personajes.; los pocos que quedan, pues en esa media hora inicial Makilaakso ha liquidado prácticamente a todo el comando. Los pocos supervivientes, el capitán Martin Stone entre ellos, deberán luchar por sus vidas haciendo frente no sólo a estos seres surgidos del mismísimo infierno, sino también al enemigo al que se enfrentan en esta dichosa guerra. 

 
Los zombies destacan por su velocidad y su fuerza, en la línea de la precursora “28 días después”, pegando grandes saltos si es necesario y siendo capaces de tender emboscadas a sus víctimas. Por tanto, se trata de zombies con un importante grado de conciencia e inteligencia, y dotados de gran fuerza y resistencia.

En apenas hora y veinte minutos se puede afirmar sin temor alguno que hay concentrada bastante más acción que otras películas de zombies de mayor duración. Secuencias de acción rodadas con cierto oficio, aunque abusando reiteradamente de la cámara lenta, técnica presente a lo largo de todo el metraje. 

Así pues, es difícil que uno se aburra, y quizás ahí residan las mayores virtudes del filme: es corto, rápido y directo.  

Por el contrario, los intentos melodramáticos caen en saco roto, y tanto las conversaciones íntimas entre los protagonistas como los momentos lacrimógenos le dejan a uno bastante frío. La desconexión con los personajes es total, y ahí no hay golpe de efecto o clímax final que valga. La acción te arrastra hacia la siguiente escena, y así sucesivamente, y sigues la trama casi por inercia, pero con un interés ciertamente reducido por saber cómo acaba todo o por ver quién salva finalmente el pellejo y quién no.

También nos obsequia con algún segmento un tanto burro, como la larga e intensa pelea final a puño limpio entre Stone y un zombie malcarado (como si de una “peli de hostias” se tratara), y choca bastante el carácter “badass” que adquiere dicho capitán en el último tramo de la cinta. Por otro lado, desde el guión parece abrirse una vía de incertidumbre hacia un personaje en concreto, provocándonos una desconfianza y unas dudas (intuimos que sabe más de lo que dice u oculta algo crucial…) que al final no van a ningún lado.
Con todo, la sensación general es de ligera indiferencia y de que podría haber dado mucho más de si se hubiera cuidado más el guión (personajes, detalles de la trama, etc.). La dirección es correcta, pese al ya comentado abuso de cámara lenta, y técnicamente, si obviamos sus últimos minutos echando mano del ordenador, es bastante competente (ambientación, maquillaje, etc.). Pero como cinta de horror fantástico-bélico no contenta lo suficiente.



Valoración personal: 

domingo, 6 de mayo de 2012

"John Carter" (2012) – Andrew Stanton

John Carter (2012) – Andrew Stanton
Antes siquiera de que el término “ciencia-ficción” existiera como tal (fue acuñado –o más bien popularizado- por Hugo Gernsback en 1926 con la publicación de la revista Amazing Stories), la literatura contaba ya con autores que escribían relatos sobre viajes fantásticos y mundos perdidos. Muchos de aquellos pioneros “involuntarios” del género han gozado de una popularidad que se ha extendido hasta nuestros días, y de ahí que hoy no nos resulten desconocidos nombres tales como Julio Verne, H. G. Wells, Arthur Conan Doyle o Edgar Allan Poe, más conocido éste último por sus relatos en el campo del horror. Sin embargo, aquellos autores que surgieron con la sana vocación de crear obras para un mercado en plena ebullición, encontraron en los pulps la vía perfecta para desplegar toda su imaginería literaria.

Los pulps fueron publicaciones de pequeño tamaño y llamativas portadas a color impresas en papel barato (confeccionado –y de ahí el nombre- en pulpa de madera o de celulosa) que aparecieron a principios del siglo XIX y subsistieron hasta mediados del mismo. Especializados en el relato y la historieta, estos magazines podían adquirirse a un precio asequible gracias a su bajo coste de producción, y en ellos se podían encontrar historias de todo tipo, si bien las que marcaron –y proliferaron en- este soporte fueron precisamente las de corte fantástico. De ahí que en cierto modo se haya considerado la “ficción pulp” como un género (aglutinador de conceptos y autores) más que como un medio, que en el fondo es lo que era. 

A lo largo de esos cincuenta años, en estos pulps llegaron a escribir, durante su primera etapa, autores de tan –a posteriori- reconocido prestigio como H. P. Lovecraft o Robert E. Howard, y en siguientes incursiones aclamados escritores de ciencia-ficción como Isaac Asimov, Philip K. Dick, Ray Bradbury, Arthur C. Clarke, Frank Herbert o Robert A. Heinlein. 

Una de las revistas precursoras fue The Argosy, a la cuál siguieron otras célebres como la ya citada Amazing Stories (que le inspiró a un servidor para darle título a este humilde blog) o Astounding, su más directa rival en el mercado. Si bien estos dos pulps se centraban en la temática de ciencia-ficción, también surgieron otros que acogieron géneros como el terror (Weird Tales) o el policiaco (Detective Tales), o que destacaron por contar las aventuras de heroicos personajes como Doc Savage o The Shadow, quiénes llegaron a tener una segunda vida en las viñetas (considerándose así como los padres o, mejor dicho, los abuelos de los héroes y superhéroes actuales). 

Dentro del pulp de ciencia-ficción o fantaciencia, si aplicamos el término con el que se conocerían esas historias a caballo entre la ci-fi y la fantasía épica, hallamos a uno de sus autores más prolíficos: Edgar Rice Burroughs. Conocido por su más popular creación, ese héroe ataviado únicamente con un taparrabos llamado Tarzán (que, al igual que el Conan de Howard, germinó sucedáneos e imitadores varios; Ka-zar, Ki-Gor…), Burroughs alimentó la imaginación de los jóvenes lectores de la época escribiendo historias que transcurrían en lugares exóticos plagados de feroces criaturas, de inhóspitos parajes, de valientes y hercúleos guerreros y de exuberantes damiselas. Historias donde primaba la aventura pura y dura y cuyo afán literario - el mismo que el de escritores coetáneos- no iba más allá que el de proporcionar horas de entretenida y sana evasión. Así es como de su pluma surgió el héroe John Carter, protagonista de esa “Serie marciana” formada por once novelas ubicadas en un Marte ficticio llamado Barsoom.

La historia sigue a un veterano de guerra,  el ex capitán John Carter (Taylor Kitsch), que tras esconderse en una cueva huyendo de la implacable persecución de los indios es transportado de forma inexplicable hasta Marte. Una vez allí, Carter se verá envuelto en un conflicto de proporciones épicas con los habitantes del planeta, entre los que se encuentran Tars Tarkas (Willem Dafoe) y la cautivante Princesa Dejah Thoris (Lynn Collins). En un mundo al borde del colapso, Carter redescubrirá su humanidad al advertir que la supervivencia de Barsoom y su gente está en sus manos.


La obra de Burroughs no sólo inspiró a escritores coetáneos y posteriores sino que influyó sobremanera en el cómic, la televisión e incluso el cine. Quizás una de las producciones más representativas acerca de la huella que John Carter ha dejado en la cultura popular sea Star Wars, algo que el propio George Lucas ya ha admitido en alguna ocasión. Tanto su saga como otras películas o seriales han bebido a menudo de las mismas fuentes, y entre ellas se encuentra, por supuesto, Burroughs. De ahí que en cierto sentido lo que nos muestra esta película no nos resulte para nada novedoso. El cine se ha alimentado tanto de las aventuras de John Carter, que llegada la hora de llevar al personaje a la gran pantalla, al público le embarga una inevitable sensación a déjà vu. De hecho, no fueron pocos los que, con la aparición de los primeros avances, tildaron al “John Carter” de Disney de ser una burda copia o una mezcla de películas ya conocidas como la ya nombrada Star Wars, Prince of Persia, Conan y un largo etcétera. Algo similar le ocurrió hace unos años al Solomon Kane de Robert E. Howard, cuyo primera aparición en cines llegó después de que Stephen Sommers se inspirara en él para crear su “Van Helsing”, un fallido pupurrí entre el cazavampiros de Bram Stoker y el Kane de Howard. 

Lo que para muchos supone un material original y admirable, para otros, desconocedores (y con todo el derecho del mundo, por supuesto) de la obra precedente, no es más que otro pastiche que suena a ya visto. Por ello a algunos nos duele que John Carter haya tardado tanto en pasarse al celuloide, pero también es cierto que la tecnología actual es la que ha permitido plasmar con mayor fidelidad y calidad aquél mundo y aquellos seres que Burroughs concibió en su vasta imaginación.

Los impedimentos técnicos, cuando no la estrechez de miras, es lo que han retrasado tanto la llegada de un John Carter cinematográfico. En los años treinta hubo un primer intento de llevar a cabo una adaptación en formato animado bajo el amparo de MGM, pero el proyecto no llegó a cuajar por la falta de interés de los exhibidores. En la década de los 50, el maestro del stop-motion Ray Harryhausen se mostraría interesado en trasladar semejante material a la gran pantalla, pero no sería hasta treinta años después, en los ochenta, cuando los productores Mario Kassar y Andrew G. Vajna (Acorralado, Desafío total) se hicieron con los derechos para Walt Disney Pictures con la idea de producir una cinta que supuestamente tenía a Tom Cruise en la piel John Carter y al artesano John McTiernan en la silla de director. Obviamente, jamás vio la luz.

El momento en el que más cerca estuvo de hacerse realidad fue en 2005, cuando el proyecto recayó en Paramount y en las manos de Jon Favreau tras pasar por las de Robert Rodríguez y las de Kerry Conran (Sky Captain y el mundo del mañana). Sin embargo, el estudio no renovó los derechos, prefiriendo decantarse por la franquicia de Star Trek con J.J. Abrams a la cabeza, y Favreu acabó retirándose y recogiendo los bártulos para irse con Marvel a rodar su primer gran éxito, “IronMan”. 

Esto nos lleva a 2007, cuando Disney recupera de nuevo los derechos y se anuncia a bombo y platillo que Pixar debutará en el campo de la acción real dejando la dirección de John Carter a cargo de un hombre de la casa, Andrew Stanton (Buscando a Nemo, Wall-E). A muchos se nos pusieron los dientes largos y empezamos a salivar con la idea de que el estudio del flexo fuera el responsable de tal hazaña. Pero cuál fue la sorpresa que con los primeros afiches de la película no había rastro de mención alguna a Pixar, quedando de ésta tan sólo el nombre del director como única conexión con el estudio y presentándose al mundo una superproducción genuinamente Disney. Por el camino, además, el título perdería el “de Marte” para quedarse en un escueto “John Carter” (que suena más a biopic que a cinta de aventuras). Esto último me disgustó sobremanera, si bien tras el visionado de la película reconozco que el recorte ha quedado bien justificado. Digamos que Carter se gana el apelativo en el transcurso de los acontecimientos que tienen lugar en esta primera –y probablemente única- película.

El filme de Stanton aborda el nacimiento del héroe haciendo acopio tanto de su primera aparición literaria en “Una princesa de Marte” como de su continuación, “Los dioses de Marte” (toda la parte relacionada con los Therns), lo que le ha permitido a Stanton y a su equipo de guionistas confeccionar un guión con el que rellenar ciertos recovecos que encerraba el universo marciano de Burroughs. Así es como el viaje de Carter de la Tierra a Marte goza aquí de una explicación que a su vez está ligada a uno de los elementos clave de la trama. Estos pequeños detalles, tomados más a la ligera en la fuente literaria, están aquí más mimados.

La fusión de ambas novelas, no obstante, resta protagonismo a algunos personajes que acompañaban la primera aventura de Carter. Sarkoja, por ejemplo, un ser despreciable y de lengua viperina relegado aquí a un papel muy secundario, o el personaje encarnado por James Purefoy, Kantos Kan, que podría haber dado más juego como aliado de Carter y Dejah Thoris, quiénes ejercen finalmente como principales pilares de la historia junto a Sola y Tars Tharkas.


De todos modos, mi pretensión nos ni mucho la de realizar una exhaustiva comparación entre novela y adaptación. En primer lugar, porque no creo que lo necesite, valiéndose perfectamente de un juicio exclusivamente cinematográfica por mi parte para juzgarla como el entretenimiento que es; y en segundo lugar porque no tengo dichas novelas frescas en la memoria y no quisiera que mi memoria pez me jugara una mala pasada que me dejara en evidencia. 

Lo que sí me veo obligado a apuntar es la redefinición y actualización de dichos personajes. Carter pasa de ser un orgulloso confederado a un ex soldado buscador de oro resentido con su pasado militar y su gobierno por culpa de una tragedia del pasado, lo que le otorga algo de fondo al héroe, emparentándose en ocasiones con el no menos habitual rol de antihéroe. Claro que las reticencias iniciales de Carter a ayudar a los demás duran lo que su consciencia es capaz de aguantar sin sentir la necesidad de hacer lo que debe, ya sea por ética como por amor. Y es que el público siempre busca, en este tipo de historias, al héroe de nobles valores, y no iba ser Disney quién no se lo diese. 

Dejando de lado el look melenudo, lo cierto es que físicamente Taylor Kitch da el perfil de John Carter, si bien no es un actor que desborde demasiado carisma y eso hace que el personaje se resienta poco, pese a los vanos intentos de los guionistas por introducir líneas jocosas en sus diálogos que lo hagan parecer un héroe más socarrón.

Por su parte, Dejah Thoris es toda una mujer de armas tomar en consonancia con la mujer moderna. De la arcaica damisela en apuros pasamos ahora a una princesa marciana guerrera y que sabe valerse por sí misma. Tampoco luce tan ligerita de ropa como Burroughs la describió (“… completamente desnuda, excepto sus ornamentos muy bien forjados…”), algo que ya era de esperar tratándose de una superproducción de corte familiar. No obstante, a nivel físico se ajusta al prototipo imaginado y descrito por Burroughs, con su espléndida cabellera negra como el tizón, su piel de un tono rojizo como el cobre, de rostro extremadamente bello (mérito aquí a la abrumadora belleza natural de Lynn Collins) y de facciones exquisitas y magníficamente delineadas. 

Dejah Thoris es  la princesa de Helium, ciudad poblada por la raza humanoide de Barsoom (conocida como los Marcianos Rojos) y que está en constante conflicto con sus semejantes de la ciudad de Zodanga. Y John Carter se verá envuelto en medio de esta guerra al tiempo que intenta ganarse la confianza de otra de las razas pobladoras de este extraño Marte: los Tharks, unas gigantescas criaturas verdes provistas de un par de brazos a cada lado del cuerpo y de unos largos colmillos inferiores que sobresalen amenazantes de sus fauces.

La recreación de estos eres, así como la de otras formidables criaturas que hacen acto de presencia en la película (los grandes monos grises del coliseo Thark; el simpático y veloz Whoola, esa especie de fiel perro guardián que acompaña a Carter a todas partes) están perfectamente recreados por ordenador, si bien tampoco estamos ante la anunciada “revolución tecnológica” que tanto quisieron vendernos durante la preproducción del proyecto. Y es que tras la aparición de Avatar, que mostró una notable mejoría técnica en el campo de la motion capture (un tema del que ya hablé en su día en la respectiva crítica de la película), algunos estudios como Disney han fanfarroneado con la posibilidad de superar su CGI o su 3D. Tras la fallida intentona con Tron Legacy,  “John Carter” iba a ser “la nueva Avatar” en materia de efectos especiales, y aunque el resultado es meritorio (faltaría más teniendo en cuenta que se han gastado 250 millones de dólares), no hay sensación alguna que de esto sea el cacareado no va más.


 De todos modos, es evidente que el trabajo visual y el diseño de producción son una de las grandes bazas de esta película, sino la única. El problema de filme de Disney reside en que no se le saca todo el provecho a los elementos de los que se dispone, y pese a contar con un universo idóneo, la película es, en cierto modo, muy poco espectacular. Su impacto reside en el despliegue virtual, pero no goza de la representación adecuada para dejarnos boquiabiertos ni para hacernos vibrar en la butaca. Al poco acierto en la dirección de actores de Stanton se une su falta de dinamismo y su pobre ejecución de las secuencias de acción. 

La espectacularidad de John Carter reside en lo que muestra pero no en cómo lo muestra, es decir, en los increíbles monstruos y las esplendorosas naves, pero no en cómo se utilizan éstos.  El universo creado por Burroughs brinda un espacio único para el desarrollo de atractivas batallas y lujosas escenas de acción, pero Stanton no alcanza nunca ese cénit. 

La tan promocionada secuencia de Carter peleando con dos grandes monos grises se queda en nada y menos, así como los distintos enfrentamientos entre Carter y los Tharks o entre éstos y los marcianos rojos terminan sabiendo a poco. La acción, que se concentra principalmente al principio y al final del metraje (dejando el espacio intermedio algo huérfano de altos picos de adrenalina), es llamativa pero escasamente contundente. La película está falta de épica (por mucha enfatización que intente otorgarle Michael Giacchino a través de su notable banda sonora), falta de verdadera emoción pulp que nos haga desear vivir una aventura similar a la de John Carter. Se puede decir que logra entretener pero no cautivar, y quizás ese sea el motivo por el cual tuvo una tibia acogida entre el público, la mayor parte del cual no se mostró excesivamente entusiasta con el resultado. Las cifras no han acompañado a “John Carter”, que sufrió un decepcionante recibimiento en suelo americano y una mejor aceptación en el extranjero (sobre todo en Australia y en países europeos como España, Francia, Alemania, Reino Unido y Russia) que, sin embargo, no la salvan del descalabro económico. 

Disney ha invertido demasiado dinero en la adaptación de unas novelas centenarias que muy pocos conocen. No es lo mismo adaptar a Burroughs (cuyo famoso personaje es Tarzán y no Carter) que adaptar algo como Harry Potter, que cuenta con legiones de fans por todo el mundo. Tampoco ha habido ninguna estrella de la lista A (un Hugh Jackman o un Brad Pitt, por ejemplo) que tire del carro para atraer a las masas a las salas de cine y, lo que es peor, durante la promoción todo sonaba a ya visto, lo que ha hecho despertar muy poco interés en el espectador potencial de la película. Amén de que el tono familiar en ocasiones deriva en lo infantil, algo que no le ha beneficiado nada. 

De todos modos, no siempre existen motivos que justifiquen un fracaso, y en este caso no hay ninguno en particular que apoye en demasía el palo que ha recibido John Carter. Es cierto que no ha contentado como debía y que no es la gran película de aventuras que se esperaba y que debía haber sido, pero antes que ella se han estrenado producciones muchísimo peores que, sin embargo, han acabado arrasando en taquilla (al lector se le ocurrirán buenos ejemplos, así que no es necesario que servidor los cite). Por esa razón creo que el trato que ha recibido el “John Carter” de Disney es algo injusto. 

El estudio anunció unas pérdidas de alrededor de 200 millones de dólares, lo que ha dejado al filme de Stanton sin posibilidad alguna de conocer una secuela. Y es una verdadera lástima porque el universo de escribió Burroughs tiene mucho potencial en pantalla y se le podría sacar todo el jugo en futuras continuaciones, siempre y cuando estuvieran a los mandos de un equipo capacitado para ello (el detalle más curioso de esta adaptación ha sido, a mi juicio, el mezclar realidad y ficción, convirtiendo a Burroughs en un personaje más de la película). 

Un servidor desea sumergirse en más aventuras con sabor pulp, desea ver y conocer más sobre Barsoom, desea volver a encontrarse con el valiente John Carter y la hermosa Dejah Thoris… Pero parece que habrá que esperar unos años a que eso ocurra y sean otros los que lo intenten de nuevo.

Quizás “John Carter” fuese un fracaso anunciado, y quién sabe, quizás con el tiempo hasta se convierta en pieza de culto, pero lo que está claro es que hoy en día para producir un entretenimiento de 250 millones de dólares hay que confiar mucho en el producto que se está realizando, y probablemente en Disney han pecado de optimistas. Sus pretensiones (y sus promesas) no se han visto cumplidas ni en lo artístico (calidad mejorable) ni en lo económico (cero beneficios), y este duro revés seguramente afectará a futuras decisiones que tome el legendario estudio del ratón en materia de blockbusters.

Valoración personal: