domingo, 2 de febrero de 2014

“Jack Ryan: Operación Sombra” (2013) – Kenneth Branagh


Hasta la fecha, tres fueron los intérpretes que encarnaron al literario agente Jack Ryan en el cine. Ryan, personaje creado por el fallecido escritor Tom Clancy y protagonista de una quincena de sus novelas de espionaje, hizo su primera aparición en la gran pantalla bajo el rostro de Alec Baldwin en “La caza del Octubre Rojo”, del gran John McTiernan. Más tarde sería Harrison Ford quién asumiría y perpetuaría ese rol en sus dos posteriores secuelas, “Juego de patriotas” (1992) y “Peligro inminente” (1994), ambas dirigidas por el australiano Philip Noyce. 

De mediados de los noventa debemos hacer un salto hasta principios de la década pasada, cuando Paramount decidió reiniciar la franquicia con “Pánico nuclear”, una especie de precuela/reboot de las cintas anteriores con Ben Affleck en la piel del agente de la CIA.

Si bien ésta última funcionó bastante bien en taquilla, lo cierto es que Affleck no terminó de convencer al personal, y (con razón) se consideró a esta entrega como la más floja de todas. Quizás por ese motivo el estudio desechó la idea de darle continuidad…

Ahora, en un nuevo intento por devolver al personaje al celuloide, se estrena “Jack Ryan: Operación Sombra”, la primera de las aventuras cinematográficas del agente que no está basada en una novela de su creador.

Jack Ryan, encarnado esta vez por Chris Pine, es un joven veterano de guerra reclutado por la CIA para llevar una doble vida como agente analista y ejecutivo de Wall Street. Gracias a sus habilidades, Ryan detecta un meticuloso complot terrorista orquestado para hundir la economía norteamericana. Para tratar de impedirlo, éste es enviado por sus superiores al corazón de Moscú a fin de desenmascarar a su artífice, un peligroso oligarca ruso que responde al nombre de Viktor Cherevin.

Lo que en principio parecía un sencillo encargo burocrático pronto se convierte en una complicada misión de campo en la que no sólo pondrá en riesgo su vida sino también la de su amada prometida. 

La Guerra Fría, el KGB o el IRA han sido foco de atención en las novelas de Clancy y, por ende, en sus respectivas adaptaciones cinematográficas, ubicadas todas ellas entre las décadas de los 70 y los 90. Pero eso ya es cosa del pasado… 

 
“Jack Ryan: Operación Sombra” es una puesta al día del personaje en un marco actual, aunque no desista en reutilizar a los rusos como antagonistas de la historia. Un reciclaje que pasa por llevarnos hasta los orígenes del personaje para contarnos cómo y por qué ingresa en la CIA y de qué modo, de la noche a la mañana, pasa de ser un audaz analista de la agencia a un crucial agente de campo en medio de un crítico complot terrorista.

Aunque considere “La caza del Octubre Rojo” la mejor película de la saga, lo cierto es que es Ford, con dos cintas a sus espaldas, quién queda para el recuerdo como el agente Jack Ryan. En este reboot, Chris Pine es el elegido para asumir el relevo, y vale decir que se lo adjudica de forma notable, como ya hizo con el emblemático Capitán Kirk en la renovada “Star Trek”.

Esta vez nos encontramos a un joven e inexperto Ryan recientemente prometido y que deberá poner en práctica su formación como Marine para solventar una misión que amenaza a su país y al resto del mundo. Un viaje de descubrimiento para un analista que jamás se imaginó como agente de campo y que deberá, entre otras cosas desagradables, aprender a matar para salvar el pellejo.

Acercarnos a su lado más humano así que como al punto más frágil y vulnerable de su persona, es decir, su relación/compromiso con una guapa enfermera (Keira Knightley), es uno de los aciertos del filme, así como el saber dosificar la dosis de pirotecnia a la largo del metraje. De este modo, Branagh, que ejerce no sólo el rol de villano (con un inmaculado acento ruso) sino que también asume las funciones de dirección, logra huir del mero vehículo de acción al estilo Misión Imposible para acercarse de forma más consiste al (tecno)thriller de espías con sus álgidos puntos de suspense y tensión (la infiltración de Ryan durante la cena con Cherevin o la posterior persecución por las calles neoyorquinas). Un Jack Ryan redefinido y muy del siglo XXI que convence tanto si empuña un arma como si utiliza únicamente su intelecto. 

 
Por contra, al otro lado de la balanza nos topamos con un exceso de propaganda patriótica nada disimulada (más bien todo lo contrario). Desde los primeros minutos del filme, con un puntual recuerdo al trágico atentado a las Torres Gemelas, hasta el recibimiento del heroico Ryan en el despacho oval, el tufillo patriotero se hace demasiado palpable. 

Claro que desde “Juego de patriotas” se nos ha vendido a Jack Ryan como el gran héroe americano (papel que tan bien sabe encarnar Ford), atributo todavía más acentuado en esta entrega y que quizás indigeste a más de uno a la hora de dejarse llevar por el buen entretenimiento que han sabido ofrecer Branagh y cía. Y es que a excepción de este particular detalle, todo lo demás funciona sorprendentemente bien, siendo meritorio que el invento no se alargue a las dos horas o dos horas y pico como parece ser norma general en casi todos los blockbusters. 

Como curiosidad, resaltar la incorporación como secundario de peso (y mentor del protagonista) del veterano Kevin Costner, actor que en su momento rechazó (a favor de su oscarizada “Bailando con lobos”) encarnar a Ryan en la citada “La caza del Octubre Rojo”. 


Valoración personal:

jueves, 16 de enero de 2014

La película infiltrada: “El lobo de Wall Street” (2013) – Martin Scorsese


Nota: con la última obra de Scorsese inauguro una nueva sección en Amazing Movies a fin de dar cabida a la crítica de películas ajenas al cine de género que, por un motivo u otro, considere merecedoras de un rincón en el blog. La sección "La película infiltrada" se crea para tales efectos y su uso será puntual.

Primero fue Robert De Niro, y ahora Leonardo DiCaprio. El californiano se ha convertido en el nuevo actor fetiche de Martin Scorsese, con quién ha trabajado ya en cuatro ocasiones (Gangs of New York, El Aviador –cuya interpretación le valió su primer Globo de Oro-, Infiltrados y Shutter Island), siendo la presente “El lobo de Wall Street” la quinta y última colaboración entre ambos.

En esta ocasión, actor y cineasta se han juntado para contarnos la historia real de Jordan Belfort, un corredor de bolsa neoyorquino que, junto a sus colegas y socios, llegó a amasar una inmensa fortuna estafando millones de dólares a inversores.

Basándose en la propia autobiografía de Belfort, Scorsese nos sumerge en el mundo de las altas finanzas para relatarnos el auge y caída del imperio de dinero, sexo y drogas que Jordan Belfort erigió a su alrededor, empezando primero desde abajo como un honrado principiante en Wall Street para después convertirse en un auténtico “depredador” del mercado financiero.

Belfort, a quién encarna un pletórico –más que de costumbre, que ya es decir- Leonardo DiCaprio, se hizo multimillonario con apenas 30 años a costa a embaucar a sus incautos e ingenuos clientes, que invertían en acciones basura que éste vendía como si fueran oro puro. Su carisma y su gran liderazgo le convirtieron en un audaz manipulador y un soberbio empresario, pudiendo así acumular ingestas cantidades de dinero en muy poco tiempo. Sin embargo, su lujoso y desenfrenado estilo de vida (gastaba toneladas de dinero en fiestas que celebraba por todo lo alto, en drogas –cocaína y tranquilizantes, sobre todo- y en mujeres, incluyendo a su atractiva esposa, una supermodelo con quién tuvo dos hijos) no pasó desapercibido para el FBI, que empezó a sospechar de sus métodos e inició una investigación que culminó finalmente con Belfort cumpliendo condena por fraude y blanqueo de dinero.

La filmografía de Scorsese se ha destacado por acercarnos al mundo criminal de los gangsters y las mafias en películas como “Uno de los nuestros”, “Casino” o “Infiltrados”. En este caso, los delincuentes, que también visten con traje y corbata,  forman parte del (mayormente corrupto) sistema capitalista de la sociedad neoyorquina de los 80 y 90 (cuyas malas prácticas todavía siguen vigentes). Gangsters financieros que inflaban los precios de los valores para venderlos e inmediatamente después hacerlos caer, llenándose así los bolsillos a costa de sus clientes, quiénes terminaban en la ruina al ver como su dinero, probablemente los ahorros de toda una vida o sus hogares hipotecados, se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos.

Tal como le explica el corredor de bolsa Mark Hanna (breve pero brillante aparición estelar de Matthew McConaughey) a Belfort al comienzo de la película, se trataba de hacer pasar el dinero del bolsillo del cliente al suyo. Las operaciones del corredor de bolsa no buscaban enriquecer a sus inversores sino única y exclusivamente a ellos mismos. Si en algún momento los beneficiados por el mercado de valores eran ambos, era tan sólo una cuestión de mera casualidad.

Pese a la gravedad del asunto, el director apuesta por un relato con altas dosis de humor. Un tono jocoso, alocado y políticamente incorrecto que empieza desde el minuto y se mantiene en lo más alto hasta el final, llegando en ocasiones al alcanzar el puro delirio con momentos absolutamente hilarantes y desternillantes (Belfort/DiCaprio en el club de campo, puesto hasta el culo de pastillas e intentando llegar a su coche para volver a casa; o la escena del naufragio en el mar). Quizás por ello cueste creerse que todo lo que vemos en pantalla es real como la vida misma, y aunque el cine siempre aporte sus generosas dosis de ficción, lo cierto es que la orgiástica existencia de Belfort resulta tan exagerada y escandalosamente absurda como Scorsese la retrata.



El director no ha tratado de ocultar la verdad ni tampoco dulcificarla, si bien no podemos negar sentir cierta simpatía hacia un personaje, en realidad, moral y éticamente repulsivo (además de ser un yonqui y un adúltero incurable). Un tipo que no pestañeó a la hora de mentir y robar para enriquecerse y vivir la vida como si de una estrella del rock se tratara.

Aunque el retrato irreverente que se hace de él en la película parezca algo magnánimo y hasta propagandístico, en realidad lo que tenemos delante es una gran sátira sobre los lobos y carroñeros del Wall Street de los 80 y 90. Un Wall Street que por entonces carecía de regulación alguna y que se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de una nueva generación de ladrones y estafadores. Una imagen de aquellos brokers que ya en su momento reflejó Oliver Stone en “Wall Street”, pero que hoy día podemos juzgar y calibrar desde la óptica del proletariado que paga los platos rotos de toda esa chusma. Desde la perspectiva que nos ofrece el haber sufrido la reciente crisis financiera de 2008 y seguir padeciendo aún hoy día sus efectos, dándonos cuenta que las grandes caídas del ciclo financiero no son cosa del pasado, pues ocurren una vez tras otra, y demostrándonos que no hemos aprendido nada y que los gangsters modernos (no sólo brokers sino también políticos, banqueros y otras gentes de poder) seguirán existiendo y campando a sus anchas.

Scorsese ironiza sobre todo ello a lo largo de tres largas, locas e intensas horas. Y digo lo de largas porque cuando crees que ha llegado el final de la historia, ésta continúa. Ocurría algo parecido con “Gangs of New York” y vuelve a suceder aquí. Quizás no hubiera estado de más condensar un poco los excesos de Belfort. Pero hay que reconocer que esas tres horas son gloriosas y condenadamente entretenidas, y las mejores que un servidor se ha echado a la cara recientemente en una sala de cine. Porque  “The Wolf of Wall Street” es como un chute de cocaína cuyos efectos no desaparecen hasta llegados los créditos. Una película que nos permite ver a un inmenso DiCaprio fuera de sí arropado por una trupe de excelentes compañeros de reparto (y ahí incluyo a un genial Jonah Hill). Una mirada mordaz a la ambición, a la lujuria, a la avaricia, a la vanidad…

Y aunque finalmente Jordan Belfort termine pagando por sus fechorías (en una cárcel de mínima seguridad que más bien parece un club de campo), lo cierto es que de cara al protagonista, lo que sacamos en claro es un “y que me quiten lo bailado” bastante hiriente. Incluso Scorsese se permite, de algún modo, posicionarse y lanzarnos un discreto mensaje en una de las últimas escenas del filme (aquella en la que el agente del FBI Patrick Denham/Kyle Chandler echa una gris ojeada a su alrededor mientras viaja en metro, acordándose interiormente de una conversación anterior mantenida con Belfort), en donde pone en tela de juicio si la rectitud y la honestidad son realmente el camino hacia la felicidad. No es el que director nos inste a vivir una vida como la de Belfort (elegir el camino fácil tiene sus atractivos, hay que considerar también sus no pocos peligros), pero tampoco enaltece los valores opuestos ni cae en el típico tópico del “pobre feliz” y el dicho no siempre realista de “el dinero no da la felicidad” (en este caso la dio, aunque a corto plazo).


Valoración personal: 

domingo, 22 de diciembre de 2013

6º Aniversario de Amazing Movies



Los últimos meses han sido algo complicados a nivel personal. Tanto, que incluso se me pasó que el pasado día 9 de diciembre este blog cumplía seis añitos en la red. Y cuando por fin me di cuenta de ello, no tuve ni siquiera tiempo para publicar el post pertinente. Pero como suele decirse, más vale tarde que nunca, así que aprovecho el día de hoy para hacer constancia de ello en este post.

Como cada año (y no me canso de repetirlo), os doy las gracias a todos los que estáis al otro lado y frecuentáis este blog con mayor o menor asiduidad. Gracias a los que os interesáis por leer mis textos y sobre todo gracias a todos aquellos que religiosamente dejáis vuestras impresiones/opiniones en los comentarios de las distintas entradas.

 Como decía al inicio, estos últimos meses han sido algo complicados, y eso se ha hecho notar en las actualizaciones del blog, que de semanales han pasado a ser prácticamente mensuales, o más bien “cuando he podido”. Y lo cierto es que por motivos laborales (nuevo trabajo –por fin- y nuevos horarios), el futuro del blog se presenta igual de inestable.

Desearía poder mantener el ritmo de actualizaciones que he llevado desde los inicios de este proyecto bloguero, es decir, una crítica o artículo por semana, pero tengo muy claro que no va a poder ser así. De hecho, y dado el mísero tiempo libre que el trabajo me va a conceder, me conformaría con poder realizar uno o dos posts al mes, priorizando siempre la calidad antes que la cantidad. O dicho de otro modo, prefiero entregarme al completo a un único post que publicar varios a medio gas o escritos con prisas.

Amazing Movies nació por la necesidad de expresar mi pasión por el cine, y aunque poco a poco se fue convirtiendo en casi una obligación o incluso un trabajo (no remunerado, of course), lo cierto es que sigue siendo una mera afición. Una maravillosa afición que me satisface enormemente, pero que también me absorbe un tiempo del que ahora no dispongo y unas energías que ahora mismo no sé de dónde sacar.  Es por ello que dadas las circunstancias actuales, esta afición deberá ocupar un obligado segundo lugar en mi escala de prioridades.

No obstante, espero poder mantener en alto el espíritu cinéfilo del blog y lograr que éste no desfallezca en los meses venideros, deseando que su vida en la blogosfera se prolongue unos cuantos añitos más (aunque sea a menor rendimiento).

Por supuesto, me seguís teniendo en Twitter para daros la tabarra con la actualidad cinéfila diaria y mis intrascendentes tuits habituales. También ahí veréis reducida mi actividad, pero  procuraré, en la medida de lo posible, tuitear tanto como pueda.

Dicho esto, os avanzo que el próximo post será, muy seguramente, los ya tradicionales Amazing Movies Awards con lo mejor y más destacado que nos ha ofrecido el cine de género en este 2013.  Así que estad atentos porque seguramente tendréis mucho que decir (y puede que discrepar).


Saludos y gracias!

sábado, 14 de diciembre de 2013

“El Hobbit: La desolación de Smaug” (2013) – Peter Jackson


Una vez asumido que un libro de apenas 300 páginas iba convertirse, por obra y gracia de Peter Jackson y su equipo, en una nueva trilogía de películas, tan sólo restaba esperar a que se estrenaran para determinar si por lo menos el invento había valido la pena.

Al respecto, mucho opinarán que sí, que pese a las licencias cometidas en “El Hobbit, un viaje inesperado”, Jackson ha devuelto a Tolkien a la gran pantalla con el mismo acierto que tuvo con la saga de El Señor de los Anillos (ESDLA). Para otros, en cambio, el regreso a la Tierra Media no podría haber sido más decepcionante y lejano del esplendor de aquella primera y maravillosa trilogía.  

Como ya dije en su momento, ESDLA y El Hobbit no son lo mismo, pese a que ambas obras sitúen sus acontecimientos en la Tierra Media e incluso compartan personajes. Mientras que una es un épico relato fantástico de la eterna lucha del bien contra el mal, la otra es un relato de fantasía a mucha menor escala. Resulta inevitable, pues, que la majestuosidad de una empequeñezca la modestia de la otra. De cara a su traslación al celuloide, el resultado es equiparable en magnitud, de modo que le sea imposible a Jackson siquiera acercarse a la gran epopeya representada en ESDLA.

No obstante, la intención del director parece haber sido la de encontrar el equilibrio entre mantenerse fiel al espíritu más bien infantil del cuento original de Tolkien, y desplegar la grandeza visual y emocional de la trilogía precedente. Y si bien el resultado queda lejos de la perfección, también lo está del fracaso.

Pese a los distintos defectos que se le puedan achacar a estas dos primeras entregas, lo cierto es que volver a la Tierra Media es y será siempre un placer del que sólo Jackson sabe hacernos disfrutar.

Muchos consideran que el director se ha limitado a ofrecernos un “más de lo mismo”, pero de peor calidad. Ese “más de lo mismo” es, precisamente, lo que uno debería esperar y desear encontrarse. De hecho, de haber optado por algo diametralmente opuesto o bien muy diferente a lo visto con anterioridad, los palos a Jackson le hubieran llovido igual o con mayor saña. Si uno acude a las películas de El Hobbit buscando algo distinto, debo indicarle que su predisposición es la incorrecta.


En cuanto a la calidad, obviamente eso ya es muy subjetivo, y ahí es donde realmente uno es libre de considerar a esta nueva trilogía como una pérdida de tiempo o como un regalo. En mi opinión, algunos de los errores cometidos en “El Hobbit, un viaje inesperado” se solventan en “El Hobbit: La desolación de Smaug”, al mismo tiempo que se cometen de nuevos. Ahora bien, considero que en ambas entregas las virtudes le ganan a la partida a los defectos, especialmente en el film que nos ocupa, el cual logra ser mucho más disfrutable y entretenido que su predecesor.

Nos encontramos nuevamente con toda la trupe al completo (Bilbo, Gandalf y los 13 enanos) justo en el lugar y en el momento en el que nos dejó la anterior cinta, es decir, con nuestros amigos logrando librarse por los pelos del enésimo ataque de los orcos, y más cerca ahora de su ansiado destino: la Montaña Solitaria.

Aunque lo que reste de viaje no sean más que un puñado de kilómetros, los peligros que acechan a nuestros protagonistas no son pocos. Los orcos les siguen pisando los talones, y para llegar hasta la Montaña Solitaria todavía tendrán que atravesar angostos caminos plagados de dificultades y enemigos a los que combatir (atención a su desagradable tropiezo con unas antipáticas y hambrientas arañas gigantes, parientes cercanas de Ela la araña).

Por ello, el viaje resulta esta vez mucho menos monotemático. La diversidad de escenarios y la aparición de nuevos personajes, algunos de ellos inéditos hasta el momento (Tauriel, Bardo), permite insuflar aires semirenovados a la saga. En ese sentido, el despliegue de medios vuelve a ser impresionante, tanto en la recreación de los mencionados escenarios (fantástica la Ciudad del Lago), que logran dar color y forma a los lugares y ambientes descritos por Tolkien, como por el poderío visual que Jackson impregna a las imágenes (siempre apoyándose, en parte, en la colosal partitura de Howard Shore). Claro que la joya de la corona en esta entrega es Smaug, el grandioso y magnífico dragón que custodia el copioso tesoro robado a los enanos, y al que Benedict Cumberbatch presta su grave y solemne voz.


Por contra, la construcción de la trama a base a de virtuosas (y algo aparatosas) set-pieces acrecenta, en ocasiones, la sensación de estar presenciando un mero videojuego; uno en el que los personajes van pasando de un nivel de dificultad a otro hasta alcanzar el enfrentamiento con el final-boss de turno (en este caso, el dragón Smaug). De ahí que la épica se traduzca más en una consecución de desbocadas secuencias de acción insertadas con el único afán de prolongar nuestro asombro a lo largo de las casi tres horas de metraje. Todo muy lícito, por supuesto, y es innegable que gracias a ello Jackson consigue que el ritmo no decaiga nunca y se mantenga la intensidad y el vigor de la aventura siempre en lo más alto. Pero en el camino se sacrifica la parte más emocional de la historia, visible ésta tan sólo en breves instantes de la narración.

Otro escollo insalvable, dado el concepto de “división” en el que se fomenta la adaptación, es el hecho de que no presenciemos una historia completa con su inicio, su nudo y su desenlace. De algún modo, la imposibilidad de concluir la trama implica “simular” esas partes para que la sensación al término de la proyección no sea de satisfacción incompleta. Esto es algo que se consigue a medias, pues justo en el desenlace es cuando se alcanza el mayor clímax de la cinta y cuando, de repente, todo termina en un enorme coitus interruptus.

Del mismo modo ocurría en ESDLA y en otras tantas franquicias que deciden segmentar sus entregas en más de un capítulo. “El Hobbit: La desolación de Smaug” es una parte del viaje que se inició con “El Hobbit, un viaje inesperado” y ha de terminar con “El Hobbit: Partida y regreso”, por lo que esa sensación es común a todas las entregas. De todos modos, se trata de un escollo ya asumido antes de entrar en la sala, y por tanto de menor importancia.

De cara a la tercera y última entrega, poco quedará que desgranar del cuento adaptado, por lo que será más bien la película que sirva de puente definitivo entre esta trilogía y ESDLA, cuyos acontecimientos son cronológicamente posteriores. Ya en ésta hace acto de presencia un viejo conocido que a más de uno pondrá los pelos de punta, y no me refiero al hierático de Légolas.


Mientras tanto, nos queda disfrutar de esta imperfecta pero muy entretenida y divertida montaña de rusa que es “El Hobbit: La desolación de Smaug”. Aventuras al más puro estilo Peter Jackson, tanto para lo bueno como para lo malo. 


Valoración personal:

viernes, 6 de diciembre de 2013

Sorteo de un Blu-ray Combo de "Pacific Rim"



Pacifim Rim de Guillermo Del Toro ha sido, sin lugar a dudas, una de las películas palomiteras más frikis y disfrutables del verano 2013. Quién hubiera imaginado que un argumento, a priori, tan descabellado tuviera cabida en los planes de algún estudio de Hollywood. Pero Warner Bros. y el director mexicano se lanzaron a la piscina, y bien vale decir que el chapuzón valió realmente la pena.

El pasado 3 de diciembre se puso por fin a la venta la película en Blu-Ray y Dvd para poder ser nuevamente disfrutada en la comodidad de nuestros hogares. Pero si todavía no te has hecho con ella, ahora tienes la oportunidad de llevarte una copia ¡por la cara!

Gracias a Warner Bros, tengo el placer de sortear este estupendo combo de Pacific Rim que incluye Blu-Ray, DVD  y Copia digital. Para participar, tan sólo tenéis que seguir las siguientes instrucciones:

1. Al final de este post tenéis la aplicación de Super Massive Movies, con la que podréis controlar -con el ratón del ordenador- unos simpáticos GIFS, y en la que además encontraréis El TEST DE SUPERFAN:
¿Os consideráis unos verdaderos fans de la película? ¿Cuánto sabéis de ella?

Haced el test para averiguarlo y escribid al correo del blog amazingmovies@gmail.com bajo el asunto “SORTEO COMBO PACIFIC RIM” para contarme el resultado de vuestro test.

2. Una de las cosas más curiosas de la película son los nombres que con los que se bautiza a estos enormes robots, los jaegers.  Los hay de tan rimbombantes como Gipsy Danger, Crimson Typhoon o Cherno Alpha. Pues bien, si tuvierais la oportunidad de bautizar a un nuevo jaeger, ¿qué nombre le pondríais?

Sorprendedme con vuestros imaginativos nombres y enviad la respuesta a la pregunta junto al resultado del test al correo ya indicado, e indicando vuestro nombre y apellidos.

3. Compartid la entrada de este sorteo a través de Twitter con el siguiente tuit (sin las comillas): “Participo en el sorteo de un BluRay de #PacificRim gracias a @PliskeenDR. Entra y participa tú también http://goo.gl/L4B8fx”.

*Nota: no es necesario ser seguidor de la cuenta de Twitter @PliskeenDR para poder participar.


Es muy importante que en el correo indiquéis vuestro nick en Twitter a fin de poder validar vuestra participación. Una vez se haya comprobado que habéis seguido correctamente los tres pasos, se os asignarán dos números, con lo que tendréis el doble de posibilidades de ser los afortunados ganadores. ¿Y por qué digo dos números? Pues porque no deseo dejar a nadie fuera del concurso, así que si no tenéis cuenta en Twitter, podéis participar igualmente en el sorteo siguiendo los pasos 1 y 2. Eso sí, en ese caso se os asignará tan sólo un número.

 El plazo para participar termina el martes 10 de diciembre a las 00.00h (hora española). Una vez cerrado, utilizaré la herramienta de http://www.random.org/ para ingresar los números y sacar uno al azar.

El miércoles día 11 daré a conocer el nombre del ganador en esta misma entrada y lo anunciaré también a través de mi cuenta en Twitter. Una vez anunciado el ganador, me pondré en contacto con él o ella para que me facilite sus datos personales y Warner Bros. pueda hacerle entrega del premio. Por tanto, será importante que estéis muy atentos a la bandeja de entrada de vuestro correo.


IMPORTANTE:
- Solamente podrán participar aquellos que sean residentes en España.
- Un servidor no se responsabiliza, en ningún caso, del envío del premio.

¡Mucha a suerte a todos!

¡ACTUALIZACIÓN!

Ya tenemos al afortunado ganador del sorteo: Rafael Fco. Martínez Figuerola. ¡Enhorabuena y que disfrutes del premio!

A los no afortunados, quisiera agradeceros vuestra participación y desearos suerte en futuros sorteos.

¡Saludos! 

domingo, 10 de noviembre de 2013

“El caso de Lucy Harbin” (1964) – William Castle


Afamado productor y director de más de una treintena de títulos (en su mayoría westerns y films de terror), William Castle se hizo todo un nombre en la industria del cine gracias a sus producciones de bajo presupuesto.  En la línea de un Roger Corman, combinando sus habituales labores como director con las de productor, elaboró productos de serie de B de forma rápida, barata y eficaz, lo que le hizo ganarse una notable reputación. Aunque si algo le hizo realmente famoso, fueron sus revolucionarias (entre comillas) e imaginativas triquiñuelas publicitarias.

Con tal de llamar la atención de la prensa y, por ende, del potencial espectador, y conseguir una repercusión añadida a sus estrenos, Castle hurdía una serie de trucos para la proyección de sus películas. Todo empezó con su primer film como productor, “Macabre”, para la cual dispuso enfermeras y coches fúnebres aparcados fuera de las salas de cine, e hizo que con cada entrada se entregara un seguro de vida (con una póliza de 1.000 dólares) en caso de que el espectador muriera de miedo durante el visionado de dicha película.

“Macabre” fue todo un éxito y Castle no dudó en recurrir a toda una variedad de trucos (no siempre tan efectivos) para sus siguientes proyectos, y que iban desde hacer flotar un esqueleto frente a la pantalla durante los últimos minutos de “House on Haunted Hill”(1959) a incluso hacer partícipe a la audiencia del destino final del villano en “Sr. Sardonicus” (1961), entregándole así al espectador una tarjeta con un pulgar que brillaba en la oscuridad y que éste podía mantener hacia arriba o hacia abajo para decidir si el señor Sardonicus se libraba o no de la muerte (curiosamente, el público jamás fue clemente con el personaje, por lo que el final alternativo nunca llegó a proyectarse).

La figura de Castle, con sus simpáticos e ingeniosos trucos, fue indirectamente homenajeada por Joe Dante en “Matinee”, uno de sus films más personales y reivindicables. Y es que pese a la abundancia de títulos, algunos de ellos muy competentes e incluso convertidos ahora en clásicos del género (véase House on Haunted Hill, de la que se hizo un olvidable remake a finales de los 90), la fama de Castle se ha reducido casi siempre a esta anecdótica particularidad, la cual ha sido imitada a posteriori por otros cineastas y productores.

La película que nos ocupa, “Strait-Jacket”, dirigida por el propio Castle y conocida por nuestras tierras como “El caso de Lucy Harbin”, no se libró tampoco del uso estos trucos, y a la entrada de los cines los espectadores fueron obsequiados con pequeñas hachas de cartón. Por qué hachas, os preguntaréis. Pues porque como bien muestra el cartel de la película, ésta es la brutal arma homicida que emplea nuestra asesina protagonista.


La historia comienza cuando Lucy Harbin llega a casa y encuentra a su marido acostado en la cama con su amante. En un salvaje arrebato de furia, Lucy agarra el hacha que emplean para cortar madera y decapita a ambos en presencia de Carol, su hija pequeña. Tras 20 años encerrada en un hospital psiquiátrico, Lucy es dada de alta y enviada a vivir con su hermano Bill y su cuñada Emily, quienes se hicieron cargo de la pequeña Carol en ausencia de sus padres.

El difícil encuentro con una Carol ya adulta y el doloroso recuerdo de los terribles actos del pasado, perturban el bienestar mental de Lucy, evidenciando que quizás no esté del todo recuperada y que, en el peor de los casos, pueda retomar sus viejas costumbres asesinas.

Quizás no tan conocida como “House on Haunted Hill”, y sí más denostada por parte de la crítica que aquella, lo cierto es que “El caso de Lucy Harbin” es uno de los trabajos más sugerentes y notables del William Castle director. Lo que de algún modo demuestra que las mejores obras no son siempre las que perduran en el recuerdo del colectivo cinéfilo.

Rodada en blanco y negro y con un presupuesto visiblemente modesto, la cinta está protagonizada por una sesentona  Joan Crawford en el papel de la “demente” Lucy Harbin. Crawford fue una de las pocas estrellas (de las más importantes y mejor pagadas) del cine mudo que sobrevivió a la aparición del sonoro. Por aquella época (los 60), sus años de gloria habían quedado atrás,  si bien aún pudo retrasar un poco más su retirada del cine prestándose a cintas como ésta.  Para algunas actrices de su edad, como Barbara Stanwyck o Bette Davis (con la que coincidiría en la popular “¿Qué fue de Baby Jane?”, un hecho insólito teniendo en cuenta la consabida mala relación que existía entre ambas), el género de terror o el thriller supusieron una nueva vía de escape para seguir manteniendo a flote sus carreras. A estas cintas, frecuentes durante los 60 y 70, se las conocía coloquialmente como psicho-biddy, hag horror Grande Dame Guignol, siendo su principal característica el estar protagonizadas por peligrosas y mentalmente inestables mujeres de edad avanzada.

En ese sentido, Crawford consigue en este psico-drama toda una prodigiosa composición que despierta en el espectador distintos y encontrados sentimientos hacia su personaje. Desde la inquietud y repugnancia por sus violentos asesinatos o la desaprobación por sus coqueteos con el prometido de su hija, hasta la lástima y la compasión que nos evoca cuando se nos muestra como una corriente e indefensa anciana.

La angustia y sufrimiento constantes de Lucy van mermando paulatinamente sus esfuerzos por mantenerse en un estado mental saludable. Es tanto el miedo a sucumbir a una recaída para quienes la rodean (su hija, su hermano, su médico…) como para ella misma. Más aún cuando las circunstancias a las que se ve abocado su regreso se van enturbiando poco a poco a medida que algunas personas empiezan a desaparecer…


Lo cierto es que el devenir de la trama sugiere una aproximación bastante primeriza de la que a posteriori podrían a ser los sanguinarios mecanismos del slasher. El guión del escritor y guionista Robert Bloch (más conocido por ser el autor de la novela “Psicosis“) se guarda un as en la manga de cara al desenlace; un golpe de efecto al que la habilidad de Castle tras la cámara permite dotar de mayor credibilidad.

Prácticamente todas las decapitaciones que presenciamos ocurren fuera de plano. Castle opta por sugerir antes que mostrar, aprovechándose de un constante juego de sombras muy apropiado y que responde, sin duda, al interés de éste por el buen funcionamiento de los acontecimientos que concluyen la historia. Así es como el director se permite manejar la atención del espectador a su antojo, convirtiendo en imprevisible algo que, a día hoy y con tanto cine visto a nuestras espaldas, resulta bastante más deducible.

La experiencia nos convierte en perros viejos, pero eso no nos priva de disfrutar de una inquietante y perturbadora serie B genuinamente camp. Un cinta que pese al paso del tiempo aguanta bien el tipo y nos deja como legado una asesina absolutamente desquiciada  que bien merece un recordatorio dentro de la galería de famosos homicidas del género.  

Por otro lado, las últimas palabras de Lucy probablemente representen mucho mejor que otras películas lo que es el verdadero “amor de madre”. Un desenlace perfecto. Y como guinda del pastel, un simpático detalle final con el logo de Columbia alterado para la ocasión: tras el último plano, la dama de la antorcha aparece decapitada, con la cabeza a los pies y sin llama en la antorcha.

Una práctica, la de recrearse con el logo del estudio, bastante habitual en nuestros días, pero poco frecuente en  aquellos tiempos (y menos aún de forma tan sádica).

P.D.: No está de más añadir que al William Castle productor le debemos todo un clásico del género: “Rosemary's Baby”, bautizada en nuestro país con el desafortunado título de “La semilla del diablo”.


Valoración personal:

domingo, 20 de octubre de 2013

“The Colony” (2013) - Jeff Renfroe


Año 2045. Debido al aumento progresivo de las temperaturas, la humanidad creó unas mastodónticas máquinas capaces de cambiar el clima a su antojo, logrando así reducir el calentamiento global del planeta. Sin embargo, un buen día llegó el frío, empezó a nevar y ya nunca más cesó ni volvió a asomar el sol en el cielo.

Ahora, la humanidad no tiene más remedio que (sobre)vivir en búnkeres subterráneos para escapar del frío extremo. Pero las condiciones de esta nueva vida son precarias, y a la escasez de alimentos se suma una enfermedad viral que en estos días de frío eterno, y con pocos medicamentos al alcance, se ha convertido en algo mortal: el resfriado común.

“The Colony”, proyectada recientemente en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, es una producción canadiense en cuyo reparto aparecen sólidos intérpretes sobradamente conocidos para el espectador como Laurence Fishburne o Bill Paxton, entre otros rostros algo menos populares, como el joven Kevin Zegers, quién quizás os suene por su participación en películas como “Frozen” (Bajo cero, 2010) o “Dawn of the Dead” (Amanecer de los muertos, 2004).

Zegers es, en realidad, el principal protagonista de esta cinta, mientras que los otros dos ejercen roles algo más secundarios. Zegers interpreta a Sam, uno de los supervivientes de la Colonia 7, un búnker subterráneo liderado por los soldados Briggs (Fishburne) y Mason (Paxton), quienes dictan y aplican las duras reglas de convivencia del lugar. Una de esas reglas es bien simple: si enfermas, te dan la opción de elegir entre abandonar el búnker e iniciar una larga caminata a través de la nieve, o cortar por lo sano y acabar con una bala en la cabeza. No hay una tercera opción.

Algo que en nuestros días, el resfriado común, es una enfermedad leve y pasajera, en el 2045, en una constante e interminable era glacial y sin apenas medicamentos con los que aliviar sus síntomas, se ha convertido en la principal causa de mortalidad entre la humanidad superviviente. Por ese motivo, y dado su elevado factor de contagio, al mínimo indicio de poseer el virus, el individuo es sometido a cuarentena, y si en unos días no mejora, es expulsado de la comunidad. Y esto último garantiza, irremediablemente, una muerte segura, bien por la vía rápida a manos de Mason (persona asignada para ejecutar -nunca mejor dicho- tan desagradable e inhumana tarea), o bien a causa del implacable clima imperante.


Pese a lo inhumano de esta actitud, esto no significa que las comunidades supervivientes hayan perdido su sociabilidad, y entre algunas existen pactos de colaboración mutua en los que unos y otros se ayudan si las circunstancias lo requieren.

Ese es precisamente el motivo que lleva a los protagonistas a iniciar una misión de reconocimiento/rescate a la Colonia 5, lugar desde el que han recibido un mensaje de socorro. Al no obtener respuesta alguna por radio con los residentes de la colonia, Briggs y un par de voluntarios (entre ellos, Sam), deciden aprovisionarse y dirigirse hacia allí para averiguar qué es lo que está ocurriendo.

Una vez llegados a su destino, descubrirán la terrible verdad que ha llevado a la Colonia 5 a unas condiciones de vida alarmantes que han situado a sus residentes al borde del exterminio.

La dolorosa realidad a la que son sometidos los últimos habitantes de la Tierra ha provocado el resurgimiento del instinto de supervivencia más básico y primario del ser humano; aquél que no nos diferencia de cualquier otro animal hambriento. La desesperación ha vencido a la razón, y la hambruna se ha convertido, después del frío mortal, en el peor enemigo del hombre. Por consiguiente, aquellos que han descendido a la más salvaje condición de depredadores, de caníbales sin escrúpulos, ocupan ahora la cima de la cadena alimenticia.


El panorama, más desolador que nunca, sitúa a nuestros protagonistas en una posición verdaderamente delicada, por lo que a medida que transcurren los minutos la historia va adquiriendo tintes survival en los que la violencia más salvaje cobra un gran protagonismo. En ese sentido, se agradece que el director no se ande con demasiados remilgos, algo que en una superproducción estadounidense destinada al gran público sería algo difícil de ver.

Y lo cierto es que se advierte en “The Colony” un intento por aproximarse al habitual blockbuster postapocalíptico de Hollywood, si bien es evidente que los recursos son algo limitados para alcanzar ese propósito. Con todo, la película ofrece un look atractivo, y aunque en ocasiones los efectos digitales se muestren algo insuficientes para llevar a buen término algunas secuencias (las explosiones en el puente y en la Colonia 5, por ejemplo), en líneas generales el trabajo infográfico es más que aceptable y permite dar credibilidad en pantalla a la inclemente era glacial que el director nos propone. La cuidada ambientación y el cumplidor reparto, unidos al buen ritmo de la cinta, convierten a “The Colony” en una propuesta nada desdeñable dentro de su subgénero, aunque la idea, probablemente,  pudiera haber dado más de sí con un presupuesto más holgado.

No obstante, su principal defecto reside en el pobre desarrollo de los personajes (especialmente flagrante en el caso del protagonista y su guapa novia). Y quizás el hecho de que sus cimientos se basen en un reciclaje de ideas y conceptos ya vistos con anterioridad en el género deje al espectador algo insatisfecho o indiferente. Pero en lo personal, me ha parecido un “producto de serie B” resultón y entretenido al que no se le puede exigir mucho más. Y en vista de los antecedentes fílmicos del director (cuyo currículum está plagado de baratos telefilmes), lo cierto es que el resultado es hasta cierto punto milagroso.



Valoración personal: