Aunque no gozara del beneplácito del fandom pro-Raimi más
radical, lo cierto es que “The Amazing Spider-Man” hizo buena caja y ganó más
adeptos de los que se esperaba (servidor, entre ellos).Ese es el motivo de que
aquél –en primera instancia, repudiado- reboot tenga ahora su secuela, y de que
eso signifique gozar de una de las
películas de superhéroes más estimulantes y emocionantes de los últimos años.
Pero no adelantemos acontecimientos…
Primero de todo, hay que reconocerle a Sony el haber hecho
bien los deberes desde el principio al tratar de alejarse, para bien o para
mal, lo máximo posible de la franquicia predecesora. Más que nada, porque no
era plan de volver a contar lo mismo pero con otras caras.
Es por eso que todo cuanto nos cuentan Webb y cía resulta,
en cierto modo, novedoso (al menos para los neófitos del cómic). Desde el
nacimiento del héroe hasta su madurez, pasando por su primer gran amor o el misterioso
pasado de sus padres. De hecho, esto último es el arco argumental sobre el cual
se sustenta toda esta nueva saga. Aunque en cada entrega la presencia de un villano
principal suponga una historia autoconclusiva en sí misma, todo lo que tiene
que ver con la desaparición de los padres de Parker y su vinculación con Oscorp
es el eje sobre el que giran estas nuevas aventuras del trepamuros. De este
modo, podríamos considerar la primera película como el inicio de la historia, esta
secuela como el nudo y la futura tercera entrega como el desenlace (cuya
primera piedra se instala al término de ésta).
Esta continuidad ligada al entorno familiar de Parker es el “gran
secreto” que se desvela en “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro”
para entender la naturaleza del héroe y
también la de sus antagonistas pasados, presentes y futuros. Al fin Parker descubrirá
la verdad y comprenderá el porqué de su forzoso abandono. Todo ello mientras
trata de lidiar con el amor de su vida, la encantadora Gwen Stacy.
El acierto de Webb para con Spider-Man es el haber sabido
tejer las relaciones humanas entre los personajes. En esta ocasión, con más razón
todavía, pues Parker sufre, Gwen sufre y Tía May sufre… ¡Y qué demonios!, yo sufro porque ellos sufren. Ese
grado de vinculación con los protagonistas es crucial a la hora de disfrutar de
la película a otro nivel. No se trata sólo de dejarse asombrar por el
espectáculo pirotécnico, que también, sino de acercarse íntima y
psicológicamente a esos personajes.
El reincidente debate interno de Parker entre su alter ego
(y su deseo de llevar una vida lo más normal posible junto al amor de su vida)
y su lado justiciero (la euforia de embutirse en el traje y hacer cabriolas en
el aire; la satisfacción de zurrar a los malechores y ser admirado por ello,
etc.) está sólidamente retratado, haciendo hincapié en aquello de “un gran
poder conlleva una gran responsabilidad”. Las dificultades de llevar una doble
vida son inevitables. Ser Spidy puede ser tan divertido como peligroso, sobre
todo para quienes le rodean (sus seres queridos más cercanos, especialmente).
Pero ser Spider-Man no es ni tan siquiera una elección sino un deber; algo que
esos poderes le exigen ser. Es el legado (no tan casual) que indirectamente le
otorgaron sus padres. Su inevitable destino.
Ese debate interno tiene ahora el foco de atención puesto en
la promesa hecha al padre de Gwen, algo que no ha parado de atormentarle desde
entonces. Parker quiere demasiado a Gwen como para alejarse de ella, pero reconoce
que a su lado ésta está en constante peligro. Esa disputa entre lo que quiere y
lo que cree que es correcto; entre lo que le dicta su corazón y lo que le dicta
su conciencia, es el motor que hace avanzar y retroceder su relación amorosa.
Pero no todo en la doble vida de Parker tiene que ser tan engorroso,
y aunque cueste sobrellevar los quehaceres diarios de su vida de adolescente
con la de justiciero enmascarado, sobre todo viviendo con su tía (quién pese al
comportamiento cada vez más extraño de su sobrino, poco sospecha del gran
secreto que le oculta), lo cierto es que su alter ego se ha beneficiado, a su
manera, de tan envidiosos superpoderes. Poco queda ya de aquél nerd patético y ahostiable
que encarnó Maguire. El Parker de Garfield es un joven que ha ganado confianza
en sí mismo (¿quizás demasiada?), lo que se traduce a su vez en un Spider-Man
más seguro y dicharachero. Y aunque existan voces en su contra, lo cierto es
que los ciudadanos de Nueva York le adoran y le aclaman allá por donde pasa.
Spider-Man es un héroe que inspira a la gente, y eso es lo
que, pese a cualquier obstáculo que se le presente o cualquier calamidad que aflige
su corazón, le hará seguir embutiéndose en esas ajustadas (y sorprendentemente
resistentes) mallas de azul y rojo. La ciudad necesita Spider-Man, y eso está
por encima de todas las cosas.
Parker se divierte
siendo Spider-Man y sufre siendo Peter Parker. Es la historia de su vida, y nunca
mejor contada que en esta secuela.
Por otro lado, Webb ha decidido introducir algunos cambios visuales relevantes con
respecto a su primera incursión en el universo del trepamuros. Si, por ejemplo,
en la primera película decidió apostar por un mayor realismo de cara a los
desplazamientos de Spidy empleando cables y dobles de acción en sustitución del
recurrido píxel, en esta ocasión hace justo lo contrario y se beneficia más que
nunca de los efectos digitales en favor de un mayor y superlativo grado de
espectacularidad. Y es que hay cosas harto difíciles de realizar sin la ayuda
de un ordenador, a menos que Garfield o su doble tengan realmente superpoderes.
Así pues, Spidy se desplaza ahora entre
los rascacielos de Nueva York surcando los cielos haciendo virguerías
imposibles propias de las viñetas. El dinamismo que eso confiere a las
secuencias de acción es fundamental de cara a la confección de las mismas, con
un ágil y escurridizo Spider-Man de gestos y movimientos más arácnidos que
nunca, y al que podemos observar en todo su esplendor gracias a los ralentíes y
cámara lenta a los que de vez en cuando recurre Webb en las moviditas secuencias
de acción.
Otro cambio evidente es el diseño del traje, debido muy
probablemente al descontento generalizado (aunque una vez en movimiento tampoco
desentonaba tanto) con el que Garfield/Parker lució en la primera entrega. Se
abandona, por tanto, el moderno (y deportivo) rediseño previo para volver a los
orígenes comiqueros y de este modo recuperar el aspecto más clásico del traje que
Spider-Man lucía en los cómics (y también en las películas de Raimi, todo hay
que decirlo).
A la guasa que se gasta nuestro protagonista en plena en
acción, hay que añadirle en términos de humor, la gran variedad de ingeniosos
gags y simpáticos guiños que aportan a la historia la frescura y diversión friki
que hay que exigirle a una película de este tipo. A fin de cuentas, no vamos al
cine a llorar como magdalenas sino a pasar un buen rato devorando un cubo de
sabrosas y saladas palomitas. A tales efectos, “The Amazing Spider-Man 2 – El
poder de Electro” es la elección perfecta para pasar una agradable velada en la
oscuridad de una sala de cine. La
película lo tiene todo: acción, humor, romance, tragedia, espectacularidad… Un genuino
divertimento que supone la consagración de Spidy en el cine. Apta para todo buen fan del cine de superhéores
y, sobre todo, de Spider-Man (salvo que seas demasiado fan de la versión de
Raimi).
Valoración personal:
2 comentarios:
Coincidimos en valoración, y eso que soy de los que defiende (casi toda) la obra de Raimi. Aún así comparándola con Spiderman 3 (donde había también gran cantidad de villanos y no tan solo uno) sin duda alguna esta secuela lo mejora (y mucho) Y eso por no citar el momento "lágrima" (al menos a mi me pasó) con la pérdida de uno de los personajes principales (y del que me declaro fan absoluto desde el reboot de hace un par de años)
Una de las cosas que más temía al ver los trailers era que se volvieran a repetir los errores de Raimi con el exceso de villanos en Spider-man 3, pero Webb ha sabido manejarlo muy bien. Electro es el villano principal y el resto sólo aparecen al final como punto de partida de lo que vendrá en al tercera entrega.
El "momento lágrima" duele en el alma :_( Será difícil encontrar un reemplazo a la altura.
Saludos ;)
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