viernes, 21 de junio de 2013

“El hombre de acero” (2013) – Zack Snyder



Siete años ha tardado en regresar a las carteleras una de los superhéroes emblema de la editorial DC, y uno de los más populares dentro de la iconografía comiquera. El pseudoremake perpetrado por Bryan Singer, a todas luces fallido, dejó muy tocado al kryptoniano, por lo que su futuro retorno requería afrontar una serie de cambios severos de cara al enfoque que éste debía poseer. 

El Superman de Zack Snyder (director) y Christopher Nolan (productor) poco tiene que ver, por tanto, con el Superman que hemos visto hasta ahora en una sala de cine. No se trata tampoco de una ruptura drástica de los cimientos tradicionales sobre los cuales se ha ido construyendo el personaje y estableciéndose en el imaginario colectivo, pues su esencia sigue ahí, intacta. Se trata más bien de una puesta a punto regeneradora y actualizada a los tiempos que corren, preocupándose especialmente por las inquietudes del hombre que hay detrás del superhéroe.

Lo cierto es que “Man of Steel”  viene a ser una historia de “orígenes”, sólo que alterando algunos elementos clásicos para otorgar una mayor profundidad al personaje y permitir solventar ciertos aspectos o rasgos pueriles e ingenuos que siempre han acompañado al superhéroe de la capa roja.

Para empezar, la relación entre el alter ego de Superman y la periodista Lois Lane adquiere un matiz muy distinto al que habitualmente se nos ha mostrado en cine y televisión (“Smallville” aparte). Olvidaros, por el momento, de encontrar al torpe Clark Kent intentando integrarse en la gran Metropolis trabajando a jornada completa en el Daily Planet junto a la periodista -ganadora de un Pulitzer- Lois Lane. Esto, por ahora, no es lo que toca. Aún. Ya llegará…

En ese sentido, la película funciona de forma muy similar al Robin Hood de Ridley Scott, y quizás esa sea una de los puntos que puedan afectar negativamente al espectador más purista. Si con el film de Scott la decepción mayoritaria vino por no hallar en él  al ducho arquero y pícaro ladronzuelo de Nothingham, aquí el problema radicaría en la ausencia de ese entrañable Clark Kent con camisa, corbata y anteojos de pega.

Es por eso que quiénes esperen encontrarse al Superman de toda la vida se lleven las manos a la cabeza con esta personalísima reinvención a medio camino entre la trascendencia/petulancia características del sello Nolan y la hipervitaminada espectacularidad de Snyder. Una simbiosis, cuánto menos, curiosa, pero que no termina de encontrar su verdadero punto de equilibrio.

El mayor lastre que arrastra la película son, en mi opinión, las prisas por contar mucho más de lo que el metraje le permite. Y eso que estamos hablando de más de dos horas de duración… Dos horas que se ven en un suspiro y que, por supuesto, son de lo más entretenidas, pero que se quedan cortas para asentar a los personajes y digerir convenientemente esa perseguida profundidad dramática que el guionista, David S. Goyer (coartífice de la resurrección de Batman en el cine) desea instaurar desde el minuto uno. Todo se percibe demasiado apresurado, pese al cierto de dosificar la infancia-adolescencia del joven Clark Kent mediante flashbacks (de lo mejor de la cinta) que se intercalan en el transcurso de la trama (en vez de optar por el habitual  y manido prólogo-resumen). Y es que la historia en sí es idónea para permitir un regreso de Superman por la puerta grande, y no hay mucho que objetarle a Goyer en esa labor, pero el montaje espídico de los acontecimientos no permite que el espectador se involucre debidamente, y a menudo los incisos más trascendentales terminan soterrados bajo toneladas de, eso sí, asombrosa pirotecnia. 


Y es que de lo que no puede haber queja alguna es de que por fin se nos muestre en una sala de cine el verdadero potencial de un ser tan poderoso como Superman. Porque Snyder de eso sabe un rato, y nos ofrece secuencias de acción impresionantes, convirtiendo Metropolis en un enorme y apocalítpico campo de batalla entre nuestro héroe y las fuerzas del General Zod. Éste último, un villano cuyas acciones van asociadas a unas convicciones, digamos, muy patrióticas. Su naturaleza como soldado y protector de Krypton le llevan a buscar la supervivencia de su raza por todos los medios que sean necesarios, y eso incluye traicionar a sus superiores, aniquilar a la raza humana y apoderarse de nuestro planeta. Por supuesto, eso es algo que nuestro protagonista, criado entre humanos (aunque no muy aceptado por ellos, a excepción de sus padres adoptivos), no está dispuesto a permitir. 

El enfrentamiento entre Zod y Kal-El va más allá de lo físico, aunque no se puede negar que es en este plano dónde más jugo se le saca a su rivalidad. En cuanto a combates cuerpo a cuerpo, probablemente el film de Snyder sea lo más cercano a Dragon Ball que veamos jamás en una sala de cine con actores de carne y hueso. Pero si hay que sacarle un pero a su dirección, ése sería el mareo constante que causa tanto movimiento de cámara; una práctica habitual -y una muy mala costumbre- de los directores de hoy día para con el género de acción. Planos cerrados, rápidos e intermitentes que resultan agotadores, mareantes y tremendamente confusos. Un auténtico coitus interruptus que a menudo nos impide apreciar y disfrutar de la acción en todo su esplendor, hasta el punto de echar de menos los característicos ralentíes presentes en –casi toda- la filmografía de Snyder (aunque todo sea dicho, a un servidor nunca le han disgustado; más bien todo lo contrario).

Al poderoso espectáculo visual se une un diseño de producción majestuoso, especialmente en lo que respecta al look de los kryptonianos (sus trajes, sus armaduras…) y a su avanzada tecnología de aspecto orgánico (naves que parecen escarabajos…). Krypton nunca ha lucido tan bien en pantalla, y ese toque entre futurista y medieval le sienta de maravilla. 

La portentosa banda sonora merece una ovación aparte. Vale que Zimmer no nos va hacer olvidar el gran trabajo de John Williams (eso es poco menos que imposible), pero la epicidad y majestuosidad de su partitura ralla, una vez más, la perfección.

 
El casting también ha sido todo un acierto. Cavill era, a priori, la mayor incógnita debido a su escasa trayectoria, pero ha demostrado ser un perfecto Superman, y en ningún momento he echado de menos a Christopher Reeve (que ya es decir mucho). Y esa opinión podría extenderse al resto del reparto; tanto al sector kryptoniano (Crowe/Jor-El, Shannon/Zod) como al sector humano (los Kent –Costner y Lane- y Amy Adams/Lois Lane). Incluso los jóvenes intérpretes que encarnan al Clark de 9 y 13 años abordan el papel de forma sorprendentemente convincente (lo dice uno que no es muy fan de los niños-actores). De otras elecciones no se puede hacer un mayor balance, pues como en el caso de Perry White, su rol es muy secundario, y su inclusión obedece a la necesidad de dejar presentado su personaje de cara a la futura secuela.

Pero todas las virtudes del mundo no logran esconder o disimular las carencias de una cinta cuyas elevadas pretensiones no terminan de verse correspondidas con el –aceptable pero insuficiente- resultado final. Por miedo o por falta de confianza en el espectador, y quizás temiendo aburrir a éste con un exceso de carga emocional y profundidad moral, Snyder y cía terminan por autocensurarse y hacerse la zancadilla a sí mismos colocando intermitentes dosis de espectáculo pirotécnico cada vez que la película desea alejarse, precisamente, del simple y superficial blockbuster palomitero. La trama pide a gritos que el director eche el freno y acomode con mayor soltura sus reflexiones narrativas, lo que por otro lado permitiría al espectador coger aire y prepararse para la siguiente explosión de efectos especiales. Pero esto no ocurre así y uno llega a la apabullante traca final no agotado pero sí medio desconectado e impasible ante el titánico esfuerzo de Snyder por ofrecernos la orgía de acción definitiva. 

La película peca, por tanto, de no alcanzar la armonía deseada entre los distintos frentes que pretende atacar. Y esto deja un inevitable sabor agridulce al final de la proyección.

Desde luego, ofrece momentos impagables dentro del subgénero superheroico y mejora sustancialmente el insatisfactorio precedente de Singer, pero no consigue dar de lleno en la diana. Tal vez en la próxima ocasión…

P.D.1: Los “momentos Malick” con los que nos sorprendieron/noquearon en el primer teaser de la película pertenecen, en su mayoría, a los citados flashbacks. Y ahí se queda la cosa. El resto es puro Snyder (para bien o para mal) bajo la batuta de Nolan. 

P.D.2: Las reminiscencias religioso-cristianas siempre han acompañado al personaje, aunque esta vez son algo menos sutiles. 


Valoración personal: 

domingo, 26 de mayo de 2013

"Fast & Furious 6 (A todo gas 6)" (2013) – Justin Lin



No se puede negar que desde la cuarta entrega, que supuso el retorno del reparto original (Diesel, Walker, Rodríguez y Brewster), la saga Fast & Furious ha ido ostensiblemente a mejor en términos de entretenimiento. Poco a poco, las carreras callejeras y el tuning han ido quedando relegados a un segundo plano para otorgar un mayor énfasis a la acción pura y dura. Así pues,la quinta entrega supuso una grata sorpresa elevando los niveles de espectacularidad a cotas más altas y proporcionando un grado de diversión exultante y a su vez impropio (mucho más cercano al cine de acción que se facturaba en la década de los 90). 

Resulta cuanto menos irónico que quién haya conseguido resucitar la franquicia de sus cenizas sea, precisamente, quién estuvo a punto de darle matarile. Y es que Justin Lin ha sido capaz de rodar la peor (tercera) y la mejor (quinta) de todas las entregas. Ahora bien, es evidente que el director ya le ha cogido el punto, y ahora se atreve a llevar a Toretto y cía un paso más allá.

Desde que Dom (Vin Diesel) y su equipo destruyeran el imperio de un mafioso y se hicieran con un botín de cien millones de dólares, todos se han dispersado por el planeta viviendo como prófugos de la justicia.  

Mientras tanto, Hobbs (Dwayne Johnson) ha estado siguiéndole la pista a una banda de letales conductores mercenarios cuyo cerebro, Shaw (Luke Evans), cuenta con la inestimable ayuda de Letty (Michelle Rodriguez), a la que Dom creía muerta. La única forma de detenerlos es enfrentarse a ellos en su mismo terreno, por lo que Hobbs le pide a Dom que reúna a su equipo en Londres y le ayude a capturarlo a cambio de un indulto para todos. De esto modo, podrán regresa a casa con sus familias. Sin embargo, Shaw no se lo pondrán nada fácil.

La escena post-créditos de “Fast Five” ya nos avanzaba un poco por dónde iban a ir los tiros en el siguiente capítulo. Por tanto, una de las novedades a destacar sería el regreso de entre los muertos de uno de los personajes emblema de la franquicia: Letty, la chica de Dom.

Nuestros protagonistas deben enfrentarse, esta vez, a un rival en cuyas filas se encuentra un miembro de la familia al que daban por muerto. Por tanto, el encargo de Hobbs no sólo tiene el aliciente de conseguirles el indulto, sino que también se trata de una cuestión personal.

Uno de los atributos más meritorios que Chris Morgan, guionista de las cuatro últimas entregas, ha reforzado en la saga es el concepto de “gran familia” que une a los protagonistas, estableciendo fuertes lazos de unión que van más allá del simple colegueo. Y este concepto, presente en la primera “Fast & Furious”, ha ido ganando un peso importante, hasta el punto de conectar con el espectador en un grado de empatía mucho más emocional de lo que cabría esperar de un producto de estas características. 


Cada entrega ha ido sumando un nuevo miembro a la familia, llegando al punto en se nos hace difícil concebir una nueva entrega sin tener al equipo al completo. ¡Qué demonios!  Les hemos cogido cariño a esta panda de delincuentes (incluso a Roman/Tyrese Gibson y sus constantes gracietas).

Ahora, no obstante, los protagonistas deben hacer frente a un rival que juega al mismo juego que ellos, pero contando con una tecnología mucho más sofisticada y con un líder sin escrúpulos.

A diferencia de Dom, que se rige por un código (el familiar), Shaw considera a los miembros de su equipo como meras piezas útiles, exclusivamente, para llevar a cabo sus trabajos; piezas reemplazables por las que no siente la menor estima y de las que es capaz de prescindir con tal de llevar a cabo sus planes.

Esta dualidad de carácteres ofrece un contrapunto interesante que, junto a la reaparición de Letty, aportan algo de enjundia a una trama, en sí, bastante ramplona y que funciona en base a un intrascendente macguffin.  Vamos, que poco importa cuál sea el objetivo de Shaw, pues ello no es más que un simple mecanismo que fuerza a nuestros protagonistas a ir del punto a A al punto B propiciándose los correspondientes enfrentamientos entre ambos rivales.

En ese sentido, Lin eleva la acción a un nivel superior con respecto a su predecesora, lo que no necesariamente tiene que ser algo positivo (aunque tampoco especialmente negativo). Ya se sabe que uno de los procedimientos habituales en las secuelas es el “suma y sigue”, procurando que cada continuación sea mucho más espectacular que la anterior. Y desde luego que Lin ha conseguido batir su propia marca, generando unas secuencias de acción frenéticas y deliciosamente cañeras (la traca final es tan aparatosa como apoteósica), en las que es de agradecer que la presencia del ordenador sea muy puntual. Basta con ver los distintos making off que pululan por Youtube para cerciorarse de ello. 

Cada vez más, la acción también ha dejado de limitarse a los vehículos, pasando a un plano mucho más físico, lo que nos permite ver mamporros a diestro y siniestro. Y no sólo entre los machos de la película sino también entre las féminas (la tunda que protagonizan Michelle Rodríguez y Gina Carano nada tiene que envidiar a las de sus homónimos masculinos).

Sin embargo,  las miras por conseguir algo más grande y bestial llevan a Lin a traspasar constantemente la barrera de la verosimilitud. Es cierto que el virtuosismo exagerado ha sido una constante en la saga, pero éste se ha limitado casi siempre al terreno de las cuatro ruedas. En esta ocasión, las fantasmadas atañen a los propios protagonistas, a quienes en ocasiones parecen crecerles alas en la espalda dadas las increíbles piruetas que realizan. Esto le resta puntos a la película, pese a que a lo largo del metraje sobrevuele cierto aire paródico muy autoconsciente (la aparición de Hobbs en la sala de interrogatorios ya es toda una declaración de intenciones del tono que pretende el director).


Llegados a este punto, considero que la franquicia, en cierto modo, ha tocado techo, y que en la siguiente entrega deben explorar nuevas vías que se alejen un poco del “más difícil todavía”.  Una semi-renovación que espero venga dada por James Wan (Saw, Insidious, Sentencia de muerte), inusual director encargado de coger el relevo en “Fast & Furious 7”. El siguiente capítulo, no obstante, cuenta ya con un aliciente importante y sumamente apetitoso que ya se nos desvela en los créditos de la presente cinta. Y lo cierto es que si Wan está a la altura, la cosa promete.

En cualquier caso, y antes de aventurarnos en lo que está por llegar, vale pena certificar que esta “Fast & Furious 6” funciona perfectamente como vehículo continuista  (aunque inferior a su antecesora); una celebración de la testosterona y de la acción más descerebrada. Un entretenimiento que de seguro satisfará a los fieles seguidores de la saga al mismo tiempo que supondrá un válido pasaratos para todos aquellos que deseen desconectar el cerebro durante un par de horas al tiempo que devoran compulsivamente su cubo de palomitas.

Por contra, algunos de los atributos -defectuosos para un servidor- propios de la saga, como su dantesco apartado musical o sus momentos videocliperos  a lo MTV, siguen presentes, y no queda otra que apechugar con ellos. En compensación, podemos seguir disfrutando del derroche de carisma que ofrece el dúo formado por Toretto y Hobbs (Vin Diesel y Dwayne Johnson, respectivamente), éste último una de las incorporaciones recientes más celebradas y del que ya se rumorea, podría contar con su propio spin-off.

 P.D.: Mientras que algunos personajes han ido ganando protagonismo a cada entrega, otros como Mia (Jordana Brewster) lo han ido perdiendo poco a poco, lo cual es una lástima teniendo en cuenta quién es, es decir, la hermana de Dom y la mujer de O’Conner. De la presencia de Elsa Pataky  y sus cuatro líneas de diálogo (tampoco es que la chica dé para más) no vale la pena comentar nada.



Valoración personal:

Concurso de la Semana del Orgullo Friki



Ayer, sábado 25 de mayo, fue el Día del Orgullo Friki, una fecha en la que los “frikis” del mundo celebran (ejem, celebramos) su condición por todo lo alto, ostentando orgullosos sus pasiones y/o bienes más preciados en el ámbito que más les identifica. Muchos aprovechan para desempolvar sus disfraces y otros simplemente para lucir sus camisetas. Precisamente, de camisetas son auténticos expertos en www.camisetas-frikis.com, quienes han decidido celebrar la Semana del Orgullo Friki con un suculento concurso a través de su página de Facebook.

La mecánica es muy fácil. Tan sólo tenéis que seguir los siguientes pasos:

1- Haceros una foto con una camiseta friki. No es necesario que sea una de las que se han publicado en su blog.

2 – Dirigiros a este enlace http://bit.ly/18bzy9S

3 – Rellenar los datos del formulario y subir la foto.
 
4 – Ir a vuestra foto para votar por vosotros y compartir la foto en vuestro muro para que os voten vuestros amigos.

Ganará quien más votos consiga al finalizar el plazo. Tenéis de tiempo hasta las 23:59 de hoy, día 26 de Mayo.  

Las tres camisetas con más votos ganarán: 1 - Tarjeta Regalo de 50€ 2 - Tarjeta Regalo de 30€ 3 - Tarjeta Regalo de 10€

Para una información más detallada, podéis dirigiros al siguiente enlace: http://www.camisetas-frikis.com/concurso-fb-de-la-semana-del-orgullo-friki/

Animaos y participad. Y sobre todo, ¡mucha suerte!

domingo, 12 de mayo de 2013

“La matanza de Texas 3D” (2013) - John Luessenhop



¿Cuánto se puede exprimir una saga de terror? ¿Cuál es el límite fijado para decir basta? Probablemente, para un productor de Hollywood, no exista límite alguno. Toda película está expuesta a ser víctima de inevitables -y a veces innumerables- secuelas, precuelas, remakes y reboots posibles mientras el concepto original siga generando beneficios en taquilla. En el campo del horror, esto se da con un mayor grado de frecuencia dado el bajo coste que supone la producción de dichas películas y la fácil explotación que permiten unos argumentos, de partida, convenientemente simples. 

En 1974, con cuatro duros y toneladas de descaro, Tobe Hopper presentó al mundo “La matanza de Texas”, un film de terror extremadamente  violento que tambaleó los cimientos del género y que, de algún modo, sentaría buena parte de las bases que configurarían el subgénero “slasher”. 

Tomando como referencia los crímenes reales cometidos esa misma década por Elmer Wayne Henley en Texas, y los cometidos por Ed Gein durante la década de los 50 en Wisconsin (este último, asesino que sirvió de inspiración para otras cintas como “Psicosis” o “El silencio de los corderos”), Hopper elaboró un film tan salvaje para la época que fue retrasado, censurado e incluso prohibido en varios países. Al mismo tiempo, su villano, apodado Leatherface (“cara de cuero” para los hispanoparlantes), hacia las delicias del público adolescente que acudía en masa a las salas, convirtiéndose a posteriori en todo un icono del cine de terror.

El éxito arrollador de este barato film independiente generó, cómo no, unas cuantas secuelas que ayudaron a afianzar el perfil psychokiller de Leatherface dentro del subgénero slasher. De las tres secuelas que vieron la luz, sólo la primera de ellas estuvo dirigida por el propio Hopper, situándose trece años después de los hechos acontecidos en su predecesora y guardando una estrecha relación con ésta, si bien en esta ocasión el director decidió introducir unas dosis de humor negro con las que alejarse un poco del macabro concepto original.

En 2003, nueve años después de la  última entrega, Leatherface regresó a la gran pantalla con un meritorio remake cuyas consecuencias, no obstante, serían nefastas para el género, pues gracias al éxito de éste, los estudios empezarían a revolver el baúl de los recuerdos  en busca de materia prima a la que sacar partido con “nuevas” y remodeladas versiones. Así es como volvieron a la vida otros psychokillers como Michael Myers, Jason Vorhees o Freddy Krueger.


En cualquier caso, Leatherface volvía a contentar al público adolescente (y también al nostálgico talludito), ganándose una segunda vida cinematográfica que se completaría, tres años más tarde, con una precuela en la que se explicarían los orígenes del personaje.

Llegados a este punto, poco más se puede aportar a la franquicia. ¿O sí?

La nueva matanza de Texas (titulada con el escueto “Texas Chainsaw 3D”) no sigue los pasos de las nuevas versiones sino que busca ser una continuación directa de la película original de Hopper. Por ese motivo, transcurre inmediatamente después del desenlace de aquella, situándonos en la granja de la familia Sawyer justo a la llegada del sheriff. Antes de que la familia entregue a regañadientes al maníaco Jeb Sawyer a la autoridad, los habitantes del pueblo de Newt llegan al lugar de los crímenes para tomarse la justicia por su mano. 

Comandados por Burt Hartman, queman la granja con todos dentro, originándose a su vez un tiroteo en el que finalmente perece toda la familia, a excepción del bebé de los Sawyer. Gavin y Arlene, dos de los vigilantes pueblerinos, se la llevan en secreto y la crían como si fuera su propia hija bajo el nombre de Heather. A los veinte años, un abogado la localiza para comunicarle que su verdadera abuela ha muerto y la ha nombrado heredera de sus bienes. Descubriendo así que es adoptada, Heather se dirige a Texas para tomar posesión de su herencia y descubrir sus orígenes.
 
La película comienza de forma prometedora, tirando de archivo para mostrarnos, a modo de flashback y durante los créditos iniciales, imágenes del film original. De esta manera, se conecta el desenlace de aquella con los primeros minutos de ésta, en los que somos testigos de la brutal (y quizás merecida) masacre infringida a la familia de Leatherface por parte de sus enfurecidos vecinos.

Veinte años después, nos encontramos con Heather, la única superviviente de aquél recriminable acto de justicia y la única Sawyer que queda con vida, a excepción de su primo Jeb Sawyer, el enfermizo asesino de la motosierra que, como veremos, también sobrevivió al incendio y al tiroteo que acabó con el resto de sus parientes.  
El regreso de Heather a su ciudad natal es el punto de partida que emplean los guionistas para servirle en bandeja a Leatherface un nuevo grupo de atractivos jóvenes (Heather y sus amigos) a los que despedazar. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol, salvo la particular conexión familiar entre la protagonista y el asesino. Conexión que, aunque en principio resulta ser un aporte interesante, finalmente acaba por convertirse en un lastre que hunde la credibilidad de una historia que ya de por sí se sostiene muy débilmente. 


Dejando de lado algunos errores de guión/puesta en escena en cuanto a la situación cronológica de esta entrega (la trama, situada veinte años después de los crímenes originales,  debería ubicarnos a mediados de los 90; sin embargo, la presencia de móviles de última generación sugieren que se sitúa en la actualidad), el principal problema de la película reside en su intento de humanizar a los Sawyer a base de convertirlos en meras víctimas (cuando de inocentes no tienen nada) de un pueblo corrupto y vengativo. Es cierto que el método empleado para acabar con la familia Sawyer es cuestionable y reprobable, amén de cruel y probablemente desproporcionado, pero no hay que olvidar que se trata de un atajo de psicópatas, y que Jeb Sawyer es un asesino despiadado y enfermizo que mata por puro placer (y ahora además, por venganza).

Criminalizar a los asesinos de los Sawyer es un enfoque acertado, pues ofrece la otra cara de la sociedad salvaje y mezquina que retrataba Hopper allá por los setenta, pero el desarrollo que se produce a lo largo del metraje es erróneo, tratando de conseguir que el espectador sienta compasión (o al menos comprensión) por un monstruo cuyas atrocidades no conocen justificación alguna, y cuya maldad es fruto del depravado ambiente familiar en el que se crió.

Para terminar de rematar la jugada, los guionistas (cuatro, nada menos) deciden optar por un caprichoso giro final ciertamente ilógico si nos atenemos a los hechos precedentes. OJO SPOILER-- Que Heather sienta empatía por su primo es hasta comprensible (la familia es la familia), pero de ahí a que le salve la vida al perturbado que acaba de cepillarse a sus amigos (y por bien poquito también a ella), hay un trecho. Y que decida hacerse cargo de él, como buena Sawyer que es, ya es el colmo -- FIN SPOILER

Los esfuerzos de esta entrega por ofrecer una nueva vuelta de tuerca a la franquicia (bebiendo de otras cintas del género como “Pesadilla en Elm Street” o “La noche de Halloween”) caen en saco roto al no saber manejar adecuadamente el perfil psicológico de su protagonista y al pretender humanizar un personaje urdiendo una estratagema errónea en dónde la moralidad juega a conveniencia de los designios de los guionistas. Una propuesta fallida cuyas pretensiones obstruyen lo que en, en el fondo, podría haber sido un slasher ciertamente satisfactorio, pues en ese aspecto, la cinta de John Luessenhop (Takers) funciona sorpresivamente bien, con sus escabrosas dosis de gore y violencia, y sus tímidas pinceladas de inherente sexualidad.

P.D.: Aparición estelar de Bill Moseley como Drayton Saywer, o lo que es lo mismo, Chop-Top en “La matanza de Texas 2”, y cameo de Gunnar Hansen, el hombre tras la cara de cuero en la película original.



Valoración personal: