jueves, 25 de agosto de 2011

“Destino final 5” (2011) - Steven Quale

critica Destino final 5 2011 Steven Quale
No deja de ser curioso que lo que empezó siendo un guión descartado para un capítulo de “Expediente X” haya terminado convirtiéndose una de las sagas de terror más rentables de los últimos años. La película que lo empezó todo fue “Destino final”, una especie de slasher en el que el asesino era la mismísima Muerte, la cual ni tan siquiera aparecía físicamente en pantalla (aunque se llegó a plantear) sino que se sugería su presencia mediante una sombra o una leve brisa. En su momento, la cinta del debutante James Wong (El único, Dragonball Evolution) supuso un soplo de aire fresco dentro de un género, el de terror, en el que escaseaban las ideas originales. Por supuesto, semejante apuesta se tradujo en éxito taquillero, y con ella New Line Cinema encontró franquicia para rato.

Tres años más tarde se estrenaría la primera secuela, que aún siendo inferior a su predecesora, contaba con la que, aún a día de hoy, es la secuencia catastrófica más espectacular de la toda la saga (me refiero, claro está, al accidente en la autopista)

Luego Wong regresaría los mandos de la dirección para rodar una tercera entrega en la que el bajón de calidad se notaba aún más. Y es que la idea original ya olía a chamusquina, y aunque contaba con algún que otro apunte interesante (lo de las fotos premonitorias tenía su aquél), lo cierto es que todo resultaba demasiado paródico. Aún así, no se alejaba mucho de la anterior secuela y lograba hacerte pasar el rato (de hecho, creo que esa es una de las mayores virtudes de la saga, pese al sucesivo empeoramiento de la misma).

Pero entonces llegó una cuarta entrega de la mano del director de la segunda, David R. Ellis, y quedó constatado que la franquicia había ido de mal en peor. Personajes insulsos (cuando no, repelentes), muertes cada vez más absurdas, rocambolescas e imposibles (señores directores, la gente no explota cual globos de agua cuando algo les golpea, por muy fuerte que sea el golpe); y lo peor, la entrada en la moda del 3D, que además de encarecer el presupuesto, provocó que tuviera unos efectos especiales –vistos en 2D- realmente bochornosos. Por tanto, lo único rescatable eran sus originales créditos iniciales, que hacían un repaso a las muertes de los anteriores capítulos. Sin embargo, y pese al consenso general de que la cuarta era la peor de todas y de que la saga había tocado fondo, ésta última fue también la más taquillera (gracias, por supuesto, al añadido estereoscópico), y ese es el principal motivo por el cual es uno de los estrenos de este año.

Sam Lawton (Nicholas D'Agosto) se encuentra de viaje en autobús con sus amigos y compañeros de trabajo cuando de repente tiene una premonición sobre la destrucción del puente colgante que están a punto de cruzar. En la premonición, Sam vislumbra su propia muerte y la de otras personas que le acompañan. Cuando la visión está a punto de hacerse realidad, Sam se las arregla para salvarse a sí mismo y a algunos de sus compañeros de la catastrófica tragedia. Sin embargo, el joven pronto descubrirá que lo único que ha conseguido es retrasar lo inminente, ya que La Muerte estará al acecho para terminar con lo que había empezado.

A estas alturas, a nadie le va a sorprender el argumento, ya es que es lo mismo que ya se ha visto en las anteriores entregas (con guiños a éstas incluidos), y tampoco es que nadie vaya a esperarse otra cosa. Así pues, tenemos a un nuevo grupito de, en su mayoría, adolescentes que sufrirán la persistente persecución de La Muerte tras librarse de un accidente mortal. En este caso, dicho accidente transcurre en un puente colgante, y como era de esperar, es la parte más espectacular de la película (tanto la primera vez, dentro de la premonición del protagonista, como cuando sucede en la realidad y logran escaparse por los pelos). Y nuevamente, somos testigos de brutales muertes a consecuencia de empalamientos y aplastamientos (dos de las más recurrentes de la saga), entre otras variantes mortales.


Hay que apuntar que llegó a construirse una sección del puente para rodar dichas escenas, de modo que lo que vemos en pantalla es una mezcla de decorado y efectos digitales, los cuales son bastante correctos. Quizás cuando los objetos (vehículos, partes del puente, etc.) caen al agua el resultado esté mucho menos logrado, pero por lo demás, cumplen con su parte de pirotécnica… o por lo menos vistos en 3D, ya que éste suele “camuflar “ muy bien los defectos, así como a su vez provoca una inevitable bajada en la calidad de los mismos con tal de realzar el efecto volumen. Y es que este tipo de producciones están mucho menos cuidadas que esos grandes blockbusters en los que la diferencia de público asistente en salas 2D y 3D no es tan abismal (y no me refiero a la calidad del 3D en sí, si no a la dupla FX&3D). Además, el 3D en este caso es el habitual de este género y, por tanto, consiste más que nada en salpicar de sangre al espectador y acercarle o lanzarle al rostro objetos cuanto más punzantes, mejor. Dicho esto, los que disfruten de este tipo de trucos de feria, seguramente paguen a gusto esos euros de más que cuesta la entrada.

Pasado el tramo de apertura, vamos viendo quienes caen a manos de La Muerte y quiénes van librándose. Y para librarse de ella primero hay que entender lo que ocurre y, segundo, hay que comprender cómo procede La Muerte a la hora de eliminar a sus víctimas. En la primera película, el descubrimiento era parte de la deducción del protagonista y parte de la escueta información que le daba el misterioso enterrador encarnado por Tony Todd (más conocido como Candyman, el fantasma del espejo). Y muchos se alegrarán al saber que aquí se vuelve a rescatar a este personaje (que ya repitió en la segunda), por lo que los protas ya no tendrán que informarse sobre sucesos similares en el pasado para entender lo que les está sucediendo.


Otra novedad es que aquí el guionista Eric Heisserer (responsable del mediocre remake de “Pesadilla en Elm Street” y de la inminente precuela de “La Cosa”) se ha sacado una nueva regla de la chistera (basándose un poco en una norma citada en” Destino final 2”). Obviamente, no voy a desvelar en qué consiste esta regla para evadir a La Muerte, pero hay que reconocer que da bastante juego y se le saca partido sobre todo en el último tramo de la cinta. Probablemente ésta sea la mayor aportación de “Destino final 5” a la franquicia, además de su sorpresivo desenlace, el cuál le da un sentido especial y diferente a una secuela que, de algún modo, cierra un ciclo iniciado hace ya once años. Claro que eso no significa que este sea el punto y final, ya que si sigue funcionando en taquilla, el estudio no tardará mucho en convertirla en un punto y aparte para seguir exprimiendo lo que ya no da mucho más de sí.

Y es que con el paso de las entregas se ha pasado del terror con unas gotitas de humor negro a la (casi) comedia de terror con un alto grado autoparódico. La primera película de Wong era bastante más seria y, en cierto modo, aterradora, y las muertes estaban elaboradas dentro esa dualidad entre realismo y fantasía en la se movía la película. Es más, había una trama que se desvelaba poco a poco con su pertinente suspense, y había también unos personajes mínimamente interesantes con los que empatizar. Pero desde la segunda (y más acentuado en las siguientes), esto ha pasado a ser simplemente un festín de muertes gore y rocambolescas y personajes estúpidos a los que les deseamos la muerte nada más empezar. Por tanto, creo que la predisposición frente a la saga también ha cambiado y ya nadie espera encontrarse una buena película de terror sino un divertimento sangriento y desfasado. En ese sentido, esta Destino Final 5 cumpliría con esas exigencias, ya que no se libra de ofrecer muertes delirantes (dudo yo de la fragilidad de la ventana de un edificio por un simple tropiezo –que no empujón- o de la facilidad con la que un ojo se sale de la córnea; y eso por no hablar del extraño resultado de una caída un tanto aparatosa), así como también de personajes execrables como el jefe de la empresa o el empleado obsceno, que se lleva la palma como el personajes más ridículo e irritante de todos los que han ido apareciendo en las cinco películas.


Queda patente que sus responsables no se toman demasiado en serio la película. No hay más que ver el cachondo vídeo promocional (una suerte de “Salvados por la campana + Destino final” en clave de parodia musical) para darse cuenta de la guasa con la que les gusta resolver las muertes (cuanto más cazurras sean éstas, mejor). Y es que lo rebuscado de la ejecución (los tejemanejes que La Muerte se monta para coger desprevenidas a sus víctimas) sigue siendo más interesante que el resultado final, es decir, que la muerte en sí, por mucho 3D que nos metan. Y el debutante Steven Quale lo sabe y por ello intenta crear algo de tensión en esos breves instantes.

Lo extraño es que el propio Heisserer nos endiñe de por medio una empalagosa historia de amor entre la pareja protagonista, que más que darle profundidad a la trama lo que hace es estorbar de mala manera.

Con todo, es evidente que existe una mejoría respecto a la cuarta entrega. A la hora de “contar más de lo mismo”, esto se puede hacer bien o se puede hacer mal, y Quale (director de segunda unidad de James Cameron en películas como Avatar”) logra divertir al espectador a sabiendas de lo agotado que está su producto.

Si figura entre las películas recomendadas del 2011 es porque seguramente dejará satisfechos a los fans de la saga. Además, el tramo final hace que la cinta gane enteros, por lo que quizás sí sea la mejor secuela desde la original, aunque siga estando a años luz de aquella.

P.D.1: Miles Fisher, uno de os jóvenes protagonistas, es el mismo que parodiaba (a la perfección) a Tom Cruise en un sketch de “Superhero Movie”. De hecho, el actor es un cruce entre el militante de la cienciología y Christian Bale, y en el vídeo musical –que no en la película- demuestra nuevamente su vis cómica.

P.D.2: En los créditos iniciales se hace un repaso de algunos de los objetos que La Muerte ha empleado para aniquilar a sus víctimas, mientras que en los finales vemos directamente las escenas de muchas de esas muertes. Si no contamos las de ésta última, la cifra ronda el medio centenar.





Valoración personal:

viernes, 19 de agosto de 2011

“Super 8” (2011) – J.J. Abrams

critica Super 8 2011 J.J. Abrams
Empezó a despuntar en la década de los setenta, y en los ochenta ya se había ganado el título de “el Rey Midas de Hollywood”. Sí, Steven Spielberg, ese cineasta que con “Tiburón” demostró que el cine comercial podía ser de calidad y, además, hiper taquillero, pasó a convertirse en una de las más poderosas e influyentes figuras de la industria cinematográfica de Hollywood no sólo en su labor como director sino también en la de productor. Gracias a esta última faceta le debemos películas que han marcado la infancia/adolescencia de toda una generación: “Gremlins”, “Los Goonies”, “Regreso al futuro” “El chip prodigioso”, “El secreto de la pirámide”, “¿Quién engañó a Roger Rabbit?”, “Nuestros maravillosos aliados” (tristemente muy olvidada) o “Poltergiest" son algunas de las más memorables y recordadas. Además fue también el impulsor de una de las series televisivas más entrañables de la época: “Cuentos asombrosos”.

A todos nos emociona recordar estas joyitas exponentes de lo que fue el cine de los 80 y de cómo debía de ser el buen cine de entretenimiento. Y es que al fin y al cabo, esa fue una década gloriosa para el cine comercial (a tanto remake actual me remito), sabiendo aunar calidad y originalidad, dos aspectos fundamentales (especialmente el primero) que día de hoy escasean como el hielo en el desierto.

Y aunque actualmente Spielberg no sea ni la sombra de lo que una vez fue (al menos como productor), aún hay quién se acuerda con cariño y admiración de todo ese cine setentero y ochentero del que fue responsable y que tanto nos marcó. Quizás por ese motivo, y porque está encantado de haberse conocido, el director/productor/guionista haya decidido abalar el proyecto de otro director/productor/guionista llamado J.J. Abrams, muy popular gracias a sus series para televisión (entre ellas, Perdidos, como no), y que ha decidido rendir homenaje a todo ese cine a través de su última incursión tras las cámaras.

En el verano de 1979, un grupo de jóvenes de un pequeño pueblo de Ohio son testigos de un choque de trenes catastrófico mientras ruedan una película casera en Super 8. Cuando empiezan a sucederse una serie de desapariciones irregulares y eventos inexplicables, los chicos sospecharán que hay gato encerrado tras el accidente y tratarán de descubrir la verdad.

Al margen de la mayor o menor calidad de sus producciones, si algo sabe hacer Abrams a la perfección es captar nuestra atención gracias, sobre todo, al buen manejo de la publicidad y sus campañas virales. Obviamente, eso es algo que también puede jugar en su contra y pasarle factura, como le ocurrió con “Monstruoso” (película que produjo), donde creó unas elevadas expectativas que luego muchos (entre los que no me incluyo) no vieron satisfechas. De todas formas, el caso de Super 8 es muy diferente, ya que juega con un elemento aún más poderoso: la nostalgia.
La película rinde homenaje al cine de Spielberg con la mirada puesta muy especialmente en E.T. El Extraterrestre, y reconstruye ambientes, lugares, situaciones y personajes que forman parte de ese colectivo de películas antes mencionadas.

En este caso, nos encontramos ante un film familiar en donde los principales protagonistas son los niños, quedando los adultos en un segundo plano.


La pandilla de amigos está unida por una misma afición, el cine. Juntos deciden rodar una película (atención al género al que pertenece y, por ende, al director homenajeado) con su cámara de vídeo de 8mm, y cada uno tiene su función: Joe, el más callado del grupo (y que recientemente ha perdido a su madre en un terrible accidente), se encarga del maquillaje; Charles, el comilón, es el director y guionista de la película; Cary, el flipado de los petardos, se encarga de los efectos especiales; Martin interpreta al valiente protagonista, aunque en la vida real es bastante miedica; Preston forma parte también del reparto; y finalmente está a Alice, a la que convencen para participar como la partenaire de Martin.

Los seis se dirigen, de madrugada, a la estación de tren del pueblo para rodar una de las escenas dramáticas de su película. Allí serán testigos del brutal accidente ferroviario que será el desencadenante de los extraños incidentes que se irán produciendo a posteriori.

Jackson Lamb, el padre de Joe y ayudante del sheriff, también empecerá a sospechar que algo raro está ocurriendo cuando el ejército tome el pueblo sin que le den explicaciones convincentes de lo que está ocurriendo.

En ese preciso instante es cuando Abrams juega sabiamente con los elementos a los que referencia pero introduciendo poco a poco el factor “bicho malo” a medida que el misterio se va esclareciendo. De este modo, nos planta una especie de monster-movie mezclada con la aventura juvenil pura y dura. Y todo aderezado con unas pinceladas dramáticas (muy sutilmente introducidas al inicio) que se centran sobre todo en el conflicto personal que implica a Joe y Alice, la pareja protagonista, y sus respectivos padres (Jackson y Louis Dainard, éste último algo así como el borracho del pueblo)



Durante este tiempo, la película funciona de maravilla, consiguiendo que le cojamos cariño a los jovenzuelos y creando en nosotros una notable incertidumbre hacia la carga que transportaba el accidentado tren. Y ahí hay que destacar de nuevo la capacidad de Abrams por haber mantenido bien oculta no sólo la apariencia del monstruo (tanto antes del estreno de la película como en el transcurso de la misma) sino también el verdadero rumbo que toma la trama. Sin embargo, la sensación general es que va de más a menos.

Justo cuando la acción cobra protagonismo, algunas decisiones del guión empiezan a chirriar un poco… El enfrentamiento entre Joe y Charles del que bien se podría haber prescindido (o justificarlo con otro causa); el conflicto entre Jackson y Louis que se resuelve de un plumazo y de forma bastante ingenua; o la secuencia heroica entre Joe y el monstruo, que resulta un tanto inverosímil (SPOILER --- cuesta de creer que el alienígena, cabreado como está y que no duda en secuestrar y cepillarse a quién sea sin importar su edad o su sexo, se plante a escuchar las razonables palabras de un crío al que está a punto de hacer pedacitos, sin que antes el guionista –el propio Abrams- haya decidido establecer un vínculo entre el niño y la bestia, cosa que sí justificaría semejante resolución --- FIN SPOILER).

De todas formas, estos detalles no empañan el resultado final, si bien, en mi opinión, el conjunto no resulta tan emocionante como cabría esperar. ¿Por qué? Bueno, porque los ochenta fueron una época maravillosa pero única, y por mucho cariño y sentido del homenaje que se ponga, es muy difícil copiar una fórmula que era fruto del momento y que en gran parte funcionaba gracias a la inocencia y capacidad de sorprenderse del espectador, algo que hoy en día es mucho menos frecuente. Y también porque la copia, entre comillas, es difícil que transmita las mismas sensaciones que la original, ya que aquí no se está jugando con la novedad sino con la repetición y, por ende, con el factor nostálgico.

Precisamente es esa nostalgia la que está influyendo sobremanera en las opiniones vertidas sobre la película y la que probablemente esté inflando tanto las críticas más allá de sus verdaderos logros. Cierto que Super 8 nos transporta hacia una/s década/s mágica/s, y que rescata al niño más o menos impresionable que llevamos dentro, pero el resultado final no es ni mucho menos tan sumamente sublime y fascinante como se nos pinta. Es un estimable y entrañable entretenimiento, sin duda alguna, y sus aciertos están ahí, pero recomendaría ajustar un poco las expectativas para disfrutar plenamente de ella y, sobre todo, para valorarla luego en su justa medida.


Dicho esto, hay que destacar secuencias espectaculares como el accidente de tren (rodada desde el punto de vista de los niños y, por tanto, nada que ver con la versión mostrada en el primer teaser tráiler), y otras que son muy “spielberianas”, como el intenso tramo que transcurre en el autobús con los militares y los niños; muy deudor de la saga jurásica.

Gran parte de las escenas en las que interactúan los niños logran nuestra inmediata empatía gracias especialmente al buen hacer de su reparto (todos los críos están muy naturales, sin que resulten repelentes, como suele ser habitual) Y aquí habría que hacer un breve inciso para destacar a Elle Fanning, que se come la cámara con prácticamente cada escena, dejando muy atrás a sus compañeros. Y es que se nota que las Fanning llevan la interpretación en las venas, aunque esperemos que la -ya no tan- pequeña Ellen no se desvíe cuando alcance la adolescencia en su plenitud y sepa elegir bien sus futuros trabajos para labrarse una buena carrera como actriz.

El reparto adulto está exento de grandes figuras de Hollywood, lo que ayuda a no eclipsar a la chavalería. Pero lo importante es que entre sus filas hay gente tan cumplidora como Kyle Chandler o Noah Emmerich, y con eso es suficiente (aunque se eche de menos mayor protagonismo del que Abrams les otorga)

En temas más técnicos, la película cumple sobradamente a la hora de ambientarnos a finales de la década de los 70, y además los efectos especiales son competentes. La banda sonora (con ecos a lo Cloverfield y E.T.) del siempre genial Giacchino es excelente… si se escucha por separado, ya que durante la película pasa un poco desapercibida, en parte porque se recurre frecuentemente a temas musicales de la época (muy bien escogidos, eso sí, como el Don't Bring Me Down de ELO)

En resumidas cuentas, “Super 8” es una apreciable y entretenida aventura familiar con un puntito más terrorífico que de costumbre y que de paso nos habla también de la amistad y del primer amor, así como del miedo a lo desconocido y del peso de la culpa. Pero ante todo, es un ejercicio de nostalgia en toda regla que homenajea al cine de la factoría Amblin. Y esa es su mayor valía junto a su sencillez.

P.D.: Imprescindible quedarse durante los créditos finales.




Valoración personal:

sábado, 6 de agosto de 2011

“El origen del planeta de los simios” (2011) - Rupert Wyatt

critica El origen del planeta de los simios 2011 Rupert Wyatt
Basada en la novela del escritor francés Pierre Boulle (autor también de “El puente sobre el río Kwai”), “El planeta de los simios” (dirigida por Franklin J. Schaffner) nos contaba cómo un grupo de astronautas acababan en un planeta desconocido después de tener que realizar un aterrizaje forzoso. Para su sorpresa, lo que en principio parecía un planeta desolado, en realidad estaba habitado por una sociedad de simios inteligentes que en su condición de especie dominante habían esclavizado a una raza humana salvaje e incivilizada. A partir de ese momento empezaban los problemas para el bueno de Charlton Heston, uno de los tripulantes de la nave espacial y principal protagonista de esta historia.

La película, convertida merecidamente en un clásico del cine, fue todo un éxito en su momento, tanto de público como de crítica, y eso propició que surgieran no sólo las inevitables secuelas (cuatro en total, y que fueron a peor de forma progresiva) sino también un par de series de televisión (una con Roddy McDowall repitiendo su papel de Cornelius y la otra de animación)

Tras exprimir al máximo la historia concebida por Boulle, ningún simio parlante volvió a asomarse a la gran pantalla hasta que en 2001 –y tras varios intentos fallidos a lo largo los noventa- se estrenara un remake a cargo de Tim Burton. Y por descabellada que pudiera ser la idea, lo cierto es que económicamente la jugada no les pudo salir mejor tratándose del remake de un clásico. Con 100 millones de presupuesto, el filme recaudó mundialmente un total de 362. Ahora bien, las críticas ya fueron harina de otro costal; la prensa especializada la vapuleó y el público tampoco es que tuviera mejor opinión de ella.

Con semejante panorama, y tras el rechazo de Burton de hacerse cargo de la secuela, al final los planes del estudio de continuar con la reiniciada franquicia se fueron al traste. Y esto nos lleva hasta la actualidad, momento en el que se estrena “El origen del planeta de los simios”, que como ya se deduce por el título, no se trata de ninguna secuela del clásico de Heston y Schaffner (menos aún de la versión de Burton) sino de una precuela.

Will Rodman (James Franco) es un científico que trabaja para una gran corporación farmacéutica, Gen-Sys, dirigiendo una investigación genética que desarrolla un virus benigno para recuperar el tejido deteriorado del cerebro humano. Will intenta encontrar una cura para el alzhéimer, enfermedad que padece su padre, Charles (John Lithgow), utilizando a los simios como cobayas. Pese a sus avances, el proyecto se paraliza debido a la supuesta inestabilidad del virus, motivo por el cual Will decide seguir investigando desde casa junto con Caesar, el único simio superviniente del proyecto. Pero para su sorpresa, el fármaco está produciendo unos resultados inesperados, y Caesar empieza a experimentar una evolución tan notable que terminará por cambiar el transcurso de la historia…

Siempre que se anuncia una precuela me surge la misma duda: ¿Para qué?; ¿Para qué contar los orígenes de algo que, a priori, no tiene necesidad alguna de que nos sea revelado?; ¿Por qué acabar con el misterio o con la posibilidad de dejar volar la imaginación del espectador? La respuesta es sencilla y casi siempre es la misma: por dinero. Cuando el remake o las secuelas ya no dan más de sí, se tira de precuela y vuelta a empezar.

Por eso, cuando se anunció la precuela del clásico de Heston, la mayoría no tenía muchas expectativas puestas en el proyecto, menos aún después del estropicio perpetrado por Burton diez años antes. Y aunque los primeros tráilers hicieron cambiar de opinión a muchos, servidor seguía exceptivo por precaución. Y esa precaución me ha hecho toparme con la primera agradable sorpresa del verano.


Si alguno se preguntaba cómo llegaron los simios a dominar la Tierra y a esclavizar a los humanos, aquí tiene la respuesta. Y como no podía ser de otra forma, el culpable (indirecto) de todo es un humano que responde al nombre de Will Rodman. En su favor hay que decir que su causa es de lo más noble, y que en ningún caso estamos ante el típico científico que juega a ser Dios sino ante uno que intenta encontrar la cura a una enfermedad que le toca muy de cerca.

Will experimenta con un virus llamado ALZ 112, el cual parece ser el resultado definitivo de años y años de estudio. Desgraciadamente, a raíz de un mal entendido, y tras un pequeño accidente con uno de los especímenes, el proyecto se va a tomar viento, y es a partir de ese momento cuando todo toma un nuevo rumbo.

Caesar es el fruto de una simio con la que Will trabajaba, y éste ha heredado los genes de su progenitora mejorados por el ALZ 112. Esto le confiere al pequeño primate una inteligencia fuera de lo común y que se va desarrollando a un ritmo vertiginoso gracias a la convivencia con Will y su padre. Un entorno afable y familiar influye sobremanera en la evolución de Caesar y lo acerca a un comportamiento cada vez más humano. Y esa humanidad impropia de un simio, esa capacidad de razonamiento, le llevarán a una inevitable rebeldía cuando a ojos de los demás, él y su especie no sean más que animales de zoo o, peor aún, meros instrumentos de laboratorio para que los humanas experimenten sin preocuparse de los sentimientos que ellos puedan albergar en su interior.

En ese sentido, la película se toma su tiempo en presentarnos paso a paso la evolución de Caesar, de modo que logremos empatizar con el simio y entendamos mejor el por qué de su rebeldía.

Le vemos por primera vez cuando no es más que un bebé, y poco a poco asistimos a su crecimiento, tanto físico como intelectual. Y en este punto hay que destacar la destreza de Rupert Wyatt, director con una escasa trayectoria cinematográfica, a la hora de narrar el transcurso de los años de forma rápida pero certera. Y que por muy apresurado que nos pueda parecer, es la mejor forma de ir directos al meollo de la cuestión. A destacar, pues, una secuencia en particular que, si bien no es del todo original (si no recuerdo mal, algo muy similar aparecía ya en el Tarzán animado de Disney), sí resulta de lo más funcional y aclaratoria.


A partir de ahí, ya tenemos al Caesar adulto y el que desencadenará todo el embrollo. Veremos cómo y por qué nace esa rebelión contra los humanos, y se responderá a una pregunta que sobrevuela la cabeza de muchos cinéfilos tras ver el tráiler: ¿cómo pueden “cuatro” monos dominar a toda la humanidad? Pues hay una explicación, y muy bien escogida e hilvanada dentro de la trama. Además, ésta queda perfectamente representada durante el inicio de los créditos finales, lo que demuestra que la sutileza y la economía de minutos y medios es un arma muy poderosa para un director que sabe cómo utilizarla. Y creo que a nivel narrativo y visual, Wyatt goza de buenos recursos y mucha pericia.

Los personajes interpretados por Franco, Lithgow y la guapísima Frida Pinto (en un papel bastante irrelevante, todo hay que decirlo) son nuestro enlace emocional con Caesar (básicamente, el principal protagonista), y en contrapunto, están los “malos” de la película, que se sitúan en distintos frentes; desde el chupatintas interesado únicamente en sacar tajada económica con el ALZ 112 hasta el niñato maltratador de animales (dentro del cliché de “carcelero cabrito”) al que le cogemos manía desde el primer instante en que aparece en pantalla (también puede influir en algunos que hasta hace bien poco fuese Draco Malfoy en Harry Potter)

El sentimiento que, de alguna manera, motiva la rebelión de Caesar es simple y llanamente el ansia de libertad, y eso es algo que queda muy bien retratado en el guión. Y es que por mucho que se hayan esforzado en promocionar la película en base a sus efectos digitales (los mismos empleados para Avatar y bla bla bla), estamos ante una película que no los emplea como un fin en sí mismo sino como un medio para desarrollar la historia que nos quiere contar. La calidad de los mismos es, además, de notable. La expresividad de Caesar y esa facilidad con la que logra transmitir sus emociones al espectador es, sin lugar a dudas, una de sus grandes bazas. Probablemente en planos más generales y en temas de fluidez de movimientos aún quede trabajo por hacer, por lo que no estamos ante un CGI perfecto y mucho menos revolucionario. Aún así, funciona y se justifica por sí solo, dado que hubiese sido muy difícil conseguir que un simio real “interpretase” el comportamiento casi humano que muestra Caesar (porque esto no es “Proyecto X”, aunque se le parezca) y un conjutno de primates realizase algunas de las escenas más espectaculares y peligrosas que se llevan a cabo. Otro gallo cantaría si nos encontrásemos de nuevo ante unos simios humanoides, en cuyo caso creo que el maquillaje seguiría siendo perfectamente válido, como bien se demostró en el remake de Burton (que si de algo podía presumir es de tener un apartado técnico y un diseño de producción fabulosos)

Independientemente de lo innecesarios que pudieran ser estos orígenes (atención a guiños tan ocurrentes como el de la Estatua de la Libertad), hay que reconocer que nos encontramos ante un entretenimiento bien facturado y con corazón, y en el que los efectos especiales son tan importantes como la historia, algo de lo que hoy en día poco cine comercial puede presumir.

P.D.1: A tenor de algunas escenas vistas en los tráilers y que no aparecen en la película, y observando, en un momento dado, cierta mirada muy reveladora que Caesar lanza hacia la jaula vacía de una de las simias del refugio, da la impresión que en la sala de montaje se ha quedado lo que podría ser una pequeña “subtrama amorosa” entre ambos simios.

P.D2.: El tema de experimentar con el ADN de los animales para la regeneración de los tejidos del cerebro humano se pudo ver años antes en “Deep Blue Sea”. Demos gracias a que los tiburones no pueden vivir fuera del agua.



Valoración personal:

miércoles, 3 de agosto de 2011

“Capitán América” (2011) - Joe Johnston

critica Capitán América 2011 Joe Johnston
Desde que Marvel Comics empezó a llevar las riendas de sus propias adaptaciones superheroicas, las alegrías para la editorial comiquera se han ido sucediendo una tras otra. En 2008, Iron Man supuso el inicio de una nueva y mejor etapa cinematográfica para los superhéroes de la casa, ofreciendo un entretenimiento (de calidad) que marcaría las pautas a seguir en el resto de adaptaciones y supondría también la primera pieza del entramado universo marvelita que se ha ido engrasando para hacer posible la llegada en cines de “Los Vengadores”, esa (super)película que reunirá a todos los superhéroes (entre otros personajes) que se han ido presentando en solitario y conectando película tras película. Con mayor o menor acierto, hemos visto ya prácticamente a la totalidad del supergrupo, y ya sólo nos quedaba por ver al Capitán América.

1941. En plena Segunda Guerra Mundial, el valiente Steve Rogers (Chris Evans), un joven de apenas 45 kilos de peso, intenta reiteradamente ingresar en las filas del ejército estadounidense para luchar junto a los suyos en la guerra contra las Potencias del Eje. Aunque su frágil y enclenque complexión invita a que rechacen constantemente su solicitud, Steve no se rinde, y por fin su insistencia obtiene recompensa cuando le eligen para ser el primero en formar parte de un programa experimental que lo convertirá en un súper soldado.

Con una mejorada apariencia física y convertido en el Capitán América, Steve unirá fuerzas con su amigo Bucky Barnes (Sebastian Stan) y la agente Peggy Carter (Hayley Atwell), bajo las órdenes del Coronel Chester Phillips (Tommy Lee Jones), para luchar contra la malvada organización HYDRA, la división científica de Adolf Hitler encabezada por el infame Cráneo Rojo (Hugo Weaving).

Como ya he comentado al inicio de la crítica, Marvel ha ido conectando sus personajes para allanar el terreno a Los Vengadores. Primero empezó con unos meros guiños y referencias circunstanciales, para pronto pasar a aumentar la presencia de la división S.H.I.E.L.D. (División Nacional de Intervención, Seguridad y Logística) y cobrar ésta un mayor protagonismo en las tramas. Esto ocurría en Iron Man 2, en la reciente Thor y, por supuesto, también en Capitán América. Sin embargo, el hecho de que la acción transcurra durante la II Guerra Mundial obliga a establecer esos lazos de unión al margen de la trama principal. ¿Y de qué modo se consigue eso? Pues mediante un prólogo y un epilogo que se ubican en la actualidad (amén de algún que otro personaje como Howard Stark –padre de Tony Stark/Iron Man- o el poderoso objeto –un cubo cósmico- que codicia Cráneo Rojo)


Pero el hecho de unificar a todos los personajes en un mismo universo se puede convertir en un arma de doble filo. Y es que eso es bueno y malo según cómo se mire. Bueno porque hace posible la existencia de los Vengadores, una de las traslaciones a la gran pantalla más ansiadas por los fans de los superhéroes y una película que puede convertirse en un gran pelotazo taquillero si se hacen bien las cosas. Malo porque esa dependencia les hace perder, en cierto modo, su individualismo, su propia esencia, su razón de ser por sí solos. Dado que esa dependencia ha ido en aumento, en algunas casos como la secuela de Iron Man ha conseguido hundir la propia película, que con tanto personaje y subtrama de por medio parecía más una precuela de los Vengadores que una secuela del hombre de hierro. No obstante, hay decir que esto no le ocurre de forma tan grave al Capitán América, donde la mayor parte del tiempo asistimos al nacimiento del superhéroe en respuesta a las preguntas básicas habituales (cómo, cuando, dónde y por qué) y a su lucha contra un enemigo único y exclusivo de la trama que aquí nos presentan.

Así pues, tenemos a un joven que de la noche a la mañana, y gracias a un suero especial y al bombardeo de unos “vita-rayos”, pasa a convertirse en un supersoldado dispuesto a luchar por su patria, aunque antes de empezar a partir cráneos nazis tenga que pasar por la humillación de convertirse en un reclamo publicitario (además de un símbolo patriotero) para recaudar fondos para los aliados. Sin embargo, una vez demostrada su valía en el campo de batalla (misión de rescate mediante), veremos al Capitán América en plena acción, con su traje de colores y su indestructible escudo haciendo frente a los esbirros del megalómano Johann Schmidt/Cráneo Rojo.

Los guionistas han sabido moverse dentro de los entandares de Marvel para crear una aventura con sabor a pulp que sabe combinar sabiamente las escenas de transición con las de acción. Además, conectamos inmediatamente con el personaje de Steve Rogers no porque sintamos lástima por él sino por las agallas de las que hace gala pese a su debilucho físico, por su buen corazón y sobre todo por esa estimable integridad y honestidad que le hacen digno de convertirse en el elegido para ser el Capitán América. La presentación del personaje desde que aparece por primera vez en pantalla hasta que se convierte en un soldado hipermusculado está narrada de forma muy amena, sabiendo introducir correctamente al resto de personajes (y son unos cuantos) que conforman la trama, y dándole a cada uno los minutos pertinentes para desarrollar una historia que, aún en su sencillez, se muestra de lo más sólida.



Pese a su irregularidad como cineasta y a la poca confianza que inspiraba en muchos tras el batacazo de “El hombre lobo”, Johnston ha sabido manejar con acierto el encargo que se le ha encomendado, trasladando al personaje de la viñeta a la pantalla sin caer en lo ridículo o en lo ostentoso (patriotismo, el justo y necesario). La película goza de cierto regustillo a aventura añeja gracias no sólo a la época en la que se desarrolla sino también al tradicional y muy comiquero tratamiento de los personajes, a la ejecución clásica y medida de Johnston en las escenas de acción (se nota que es un director de la vieja escuela que no ha sucumbido a las moderneces de hoy día) y al fantástico apartado artístico (caracterizaciones, diseños retro, etc.). Lo dicho, un pulp en toda regla, y con mucha honra.

Las escenas de acción son atractivas y, lo que es mejor, comprensibles para el ojo humano. Además, toda esa pirotecnia está bien distribuida a lo largo del metraje y consta de unos efectos especiales más que convincentes. Quizás en alguna ocasión chirríen un poco (algún que otro croma, por ejemplo, o cuando los soldados de HYDRA salen volando por los aires), pero en otras la calidad es prácticamente impecable (el Steve Rogers enclenque, sin ir más lejos)

Las notas de humor no caen en lo chorra o bobalicón como ocurría en el Thor de Kenneth Brangh (director, irónicamente, de mayor prestigio que el aquí presente) sino que son simpáticas e incluso divertidas (a destacar las frases que suelta el -serio pero bonachón-Coronel) y las secuencias más épicas logran ser emocionantes, ayudadas en parte por la adecuada -si bien funcional- partitura de Alan Silvestri, donde destaca un logrado leit-motiv fácilmente reconocible y tarareable que ya identifica al Capitán (vale que Silvestri no es Williams, pero hace bien su trabajo)

Chris Evans cumple sobradamente como héroe (tanto en lo físico como en lo interpretativo), y está muy bien acompañado por un muy correcto elenco de secundarios donde destacan Tommy Lee Jones y Stanley Tucci en el bando de los buenos, y Hugo Weaving (un crack haciendo de villano) en el de los malos.

Así que con “Capitán América” la diversión está garantizada. Un agradable y satisfactorio entretenimiento pulp y la segunda mejor película de superhéroes del año (ya sabéis cuál es la primera)

P.D.: Tras los créditos os espera el avance de “Los Vengadores”. Y sigo creyendo que esa es la manera idónea -utilizando las escenas post-créditos- de conectar todos los personajes para poder disfrutar de forma individual de sus películas. El desenlace de este “Capitán América” es demasiado dependiente de la película que veremos el año que viene. Y eso, desde la perspectiva del no fan o del espectador que va a ver simplemente una película más de aventuras, es un error.




Valoración personal:


sábado, 30 de julio de 2011

“Linterna verde“ (2011) - Martin Campbell

critica Linterna verde green lantern 2011 Martin Campbell
Desde que los superhéroes volvieron a ponerse de moda en el cine, han sido muchos los que han dado el salto de la viñeta a la gran pantalla, pero no siempre con igual acierto. De entre esos muchos, la mayoría han venido de la editorial Marvel Comics, la cual saborea su mejor momento gracias a la sabia decisión de tomar las riendas de sus propias adaptaciones (o al menos de las que aún conserva los derechos) y conectarlas entre sí para crear su propio universo marvelita en el cine.

En la otra cara de la moneda tenemos a DC Cómics, su rival directa en el mercado comiquero y cuya inmersión en el mundo cinematográfico ha sido más bien desigual en estos últimos tiempos. Algunos de sus intentos por trasladar al celuloide sus personajes más icónicos se han quedado en agua de borrajas o no han tenido el resultado que se esperaba. Personajes como Flash han sido un cúmulo de rumores para, al final, no hacerse nada de nada. Wonder Woman se pasó a la pantalla chica y fue cancelada nada más rodarse el -presumiblemente espantoso- episodio piloto. Y el regreso de Superman en manos de Bryan Singer dejó, en su mayoría, un sabor agridulce, motivo por el cual no tuvo secuelas y ahora, seis años más tarde, se está rodando un nuevo reinicio de la franquicia. Así que visto lo visto, la joya de la corona de la editorial está siendo exclusivamente Batman, que gracias a Christopher Nolan ha tenido un resurgir que ha colmado –e incluso superado- las expectativas de los más fans, del público en general e incluso de la crítica.

Pero DC no puede conformarse con un solo personaje en la gran pantalla, y menos viendo como Marvel le pasa la mano por la cara con su “superpelícula” de Los Vengadores ya en marcha. Así que viendo cómo el camino hacia La Liga de la Justicia se presenta un tanto complicado, han decidido apostar por otros personajes quizás menos conocidos para el gran público, pero no por ello con menos potencial. Y este es el caso de Green Lantern aka Linterna Verde.

Durante siglos, una hermandad de guerreros conocida como “Green Lantern Corps” (aka Cuerpo de Linternas Verdes) ha velado por la paz y la justicia en el universo. Para mantener ese orden intergaláctico, cada miembro -cada Green Lantern- posee un anillo que le concede increíbles superpoderes. Pero ahora que un enemigo llamado Parallax amenaza con romper el equilibrio de poder en el universo, su destino y el destino de la Tierra descansan en las manos de un nuevo recluta, el primer humano seleccionado para ser un Green Lantern: Hal Jordan (Ryan Reynolds), un talentoso pero engreído piloto de pruebas.

Coetáneo a Superman pero mucho menos conocido que éste, Linterna Verde es el superhéroe por el que DC ha apostado fuerte (200 millones de dólares no son moco de pavo) tras el batacazo de “Jonah Hex”, otro personaje de la editorial cuya adaptación llegó a nuestras tierras directa a DVD (eso les pasa por contratar al dúo Mark Neveldine & Brian Taylor como guionistas)

Para todos aquellos que no conocemos al personaje, el prólogo de la película ya se encarga de ponernos en situación con bonitas imágenes y voz en off, explicándonos el origen y la función de esa especie de cuerpo policial intergaláctico que vela por la seguridad de todo el universo; miles de guerreros procedentes de los más lejanos rincones de la galaxia que han sido elegidos bajo una serie de requisitos indispensables que les hacen valedores de portar un poderoso anillo con el que combatir el mal. Y el mal esta vez viene en forma de nube (sí, he dicho nube) y se llama Parallax. Este ser diabólico se alimenta del miedo de sus víctimas, y con ese miedo se hace más y más fuerte.



Parallax, que ha logrado escapar del cautiverio en el que se encontraba, tiene por objetivo aniquilar todo ser vivo que se encuentre a su paso y muy especialmente a los Green Lantern, responsables de su encierro.

Por el camino, Parallax se cobra a su primera víctima, Abin Sur. Malherido, este Green Lantern termina aterrizando en la Tierra y allí, minutos antes de morir, traspasa su anillo de poder a un sustituto. El elegido es un joven piloto de pruebas engreído, rompecorazones y con un trauma infantil de carácter familiar que aún no ha sido capaz de superar (a lo Tom Cruise en "Top Gun", para que os hagáis una idea) A priori, no parece el tipo indicado para pertenecer a semejante élite de superpolis espaciales, pero el anillo, que es el que elije a su portador, nunca se equivoca, y algo habrá visto en él para concederle semejantes poderes.

Hay que reconocer que a Ryan Reynods el personaje le viene como anillo al dedo (y nunca mejor dicho). Interpretar a un superhéroe desenfadado y de vuelta de todo se le da bastante bien, así que en ese sentido, el papel no entraña dificultad alguna. Quizás se echa en falta algo más de carisma, pero con lo que le han escrito, tampoco creo que se pueda hacer mucho más.

El mundo de los Green Lantern también parece que tiene mucho potencial cara a la gran pantalla, pero aquí todo ese interesante universo se minimiza centrándose casi en exclusiva en Hal Jordan y sus peripecias con el poderoso anillo verde, un regalito que le caído del cielo (y nunca mejor dicho… otra vez) sin que él lo pidiera. Un anillo que acabará sacando lo mejor de sí mismo, como era de esperar.


Su némesis, Parallax a parte, es Hector Hammond, el típico empollón marginado social que no se come una rosca y que, al igual que Hal, acaba obteniendo sus poderes sin comerlo ni beberlo. Claro que en su caso, esos poderes provienen del mal o, mejor dicho, del miedo, así que Hector no se dedicará precisamente a hacer el bien sino a vengarse de todos aquellos que le han hecho sentirse un don nadie.

No sé si esa es la mejor personalidad que se le podría otorgar a un villano (sus conflictos personales son un poco de crío de instituto), pero Peter Sarsgaard asume el rol con convicción y buen hacer, cosa que se agradece, sobre todo viendo como los guionistas apenas aprovechan sus aptitudes interpretativas. Bueno, ni las de él, ni las de Mark Strong (también desaprovechado) y mucho menos las de Tim Robbins. Y a todo ese grupo de Green Lanterns alienígenas que tanto han ido promocionando antes del estreno tampoco les vemos mucho el pelo en pantalla.

Blake Lively aparece muy mona, pero su affaire con Hal es de lo más anodino (salvo la jocosa escenita del antifaz, uno de los pocos gags cómicos que tienen su gracia), así como también lo es su personaje. Por tanto, poco puede hacer la actriz (que hizo un notable trabajo en “The Town”) para ir más allá de su papel de mujer florero.

Las escenas de acción son atractivas, y juega muy a su favor tanto la pericia tras la cámara de un buen artesano como Martin Campbell (aunque sea un Martin Campbell menor), como el hecho de que el principal poder del anillo de los Green Lantern sea el poder recrear todo lo que se le antoje a su portador. Por tanto, aquí nada de lanzar rayos, esferas de energía o cosas por el estilo… Si a Hal se le antoja usar una metralleta contra su enemigo, podéis dar por hecho que lo hará. Claro que para dominar esos poderes tiene que hacer un entrenamiento previo, y de eso ya se encarga Sinestro (Strong) en unos de esos pocos minutos que se le dedica a su personaje (de ahí que el giro final que aparece durante los créditos -y que precipita la secuela-, carezca de una adecuada justificación)


Los efectos especiales cumplen sí y no. El problema es que todo es tan brillante y, en ocasiones (cuando están en el planeta de los Green Lantern) el CGI es tan abundante y avasallador, que todo se torna demasiado artificial. Y como siempre, el 3D no aporta absolutamente nada a la película. Es más, en algunas ocasiones, la estereoscopia produce un efecto de profundidad muy raro (si algo o alguien se encuentra a una distancia de 3 o 4 metros, parece que la distancia sea mucho mayor)

Así que con lo poco trabajados que están los personajes (un Hal Jordan que intenta pasar por un Tony Stark, cuando Reynolds no es ni mucho Downey Jr.) además de desaprovechados, una historia que no saca partido de las posibilidades que, aparentemente, ofrece el mundo de los Green Lanterns, unos diálogos a ratos bastante chorras, y un villano o villanos de los que el héroe se deshace finalmente con, digamos, bastante facilidad o rapidez, hacen que “Green Lantern” se torne una cinta de superhéroes poco satisfactoria. Eso no quita que se haga entretenida si uno es capaz de hacer la vista gorda a sus defectos, pero es evidente que en DC han intentado copiar la formula de Marvel y el tiro les ha salido por la culata (apenas lleva recuperado lo invertido, aunque aún podría salvar los platos gracias a la taquilla internacional)

No es, ni mucho menos, el bodrio del que muchos hablan, y tampoco queda muy lejos de otras superproducciones superheroicas que se han hecho en estos últimos 10 años. De hecho, diría que es más disfrutable que algunas que no han recibido tan nefastas críticas, y me atrevo a decir, incluso, que estaría sólo un peldaño o dos por debajo de la reciente Thor (tan o más bobalicona que Green Lantern en las escenas que transcurren en la Tierra), con lo cual, no creo que ésta sea tan desastrosa ni aquella tan merecedora de halagos. Ahora bien, está claro que estamos ante un entretenimiento ligeramente aprovechable (no da vergüenza ajena como “Catwoman” y similares) pero bastante olvidable.


Nota: La puntuación puede parecer indulgente (y probablemente lo sea), pero es la misma que le puse a “Wolverine” y a la más reciente “Thor”, con las que no creo que se distancie en exceso. Entretenimientos que se dejan ver pero que podrían haber dado mucho más de sí.



Valoración personal:

martes, 26 de julio de 2011

“Templario (Ironclad)” (2011) - Jonathan English

critica Templario (Ironclad) 2011 Jonathan English
Hay actores que, no sabemos muy bien por qué, no terminan de despegar y entrar por la puerta grande de Hollywood. Un ejemplo claro es James Purefoy, un inglés con buenas aptitudes y presencia física en cuyo currículum figura mucho (demasiado) telefilme de sobremesa, pero pocas producciones de gran calado o de notorio reclamo comercial.

Muchos lo conocimos por primera vez en “Resident Evil” (aunque ya llevaba unos años rodando en su país natal), pero donde se ha hecho un rostro conocido ha sido en televisión interpretando a Marco Antonio en la serie de la HBO “Roma”. Eso ha propiciado que ahora empecemos a verlo con más frecuencia en la gran pantalla, y si en 2009 le tuvimos encarnando al Solomon Kane de Robert E. Howard en su homónima –y libérrima- adaptación cinematográfica, este año vuelve a agarrar la espada para interpretar a un Caballero Templario. Eso sí, el actor sigue sin moverse de la serie B (al menos como protagonista, ya que en 2012 le veremos en el reparto de John Carter de Disney)

El 15 de junio del año 1215 y tras una dura negociación, el Rey Juan (Paul Giamatti) se vio obligado a firmar los Artículos de los barones, una petición por parte de sus señores feudales para poner límites a su despótico uso del poder. Un mes más tarde, el 15 de julio, la cancillería real daba forma a dicho acuerdo en lo que se conoció como Carta Magna.

Sin embargo, cuando logró reunir a un ejército, el rey Juan se negó a cumplir el acuerdo y se dispuso a eliminar a todos los que hubieran firmado la Carta Magna, poniendo a Inglaterra al borde de una guerra civil en la que se conoce como Primera Guerra de los Barones (1215-1217). Juan quiso castigar a aquellos que le humillaron, entre ellos un grupo de caballeros templarios atrincherados en el castillo de Rochester, que lucharán intentando resistir el asedio de las sus tropas.

El tema de la Carta Magna ya se tocó de forma tangencial -y con licencias- en el “Robin Hood” de Ridley Scott, pero aquí se trata directamente del punto de partida de la historia. Así pues, los primeros minutos de la cinta sirven para explicarnos en qué consiste exactamente este tratado que tan a regañadientes firmó el Rey Juan I de Inglaterra (Juan Sin Tierra) y qué será el motivo que lleve al monarca a querer “arrasar” Inglaterra en busca de venganza contra todo aquél que se postuló en su contra.

Para llevar a cabo la reconquista de su poder absolutista y de todos sus privilegios, el Rey Juan, bajo el auspicio del Papa de Roma, se hace con un ejército con el que recorre el país entero con la seria intención de aniquilar a todos aquellos que apoyaron y firmaron la Carta Magna.

En su camino hacia Londres se encuentra el castillo de Rochester, situado en el condado de Kent y desde el cual podría frenarse su avance dada la posición estratégica que ocupa el susodicho. Es por ello que el Barón de Albany (Brian Cox), recluta a una pequeña banda de guerreros rebeldes para que se hagan fuertes en él y defiendan el castillo hasta que lleguen los refuerzos, es decir, el ejército francés a petición de los barones, a quienes no les queda más remedio que pedir ayuda y pactar con el príncipe Luis VIII de Francia (quién a posteriori acabaría sustituyendo a Juan en el trono)



Entre este grupo de osados mercenarios se encuentra Marshall (James Purefoy), un Caballero Templario atormentado por culpa de las atrocidades cometidas durante las cruzadas. Con sus agallas y su determinación, pronto se convierte en algo así como el líder simbólico del grupo, alguien a quien confiar sus vidas y la suerte del castillo.

Y esta es, a grandes rasgos, la historia que nos cuenta la película, centrándose básicamente en el asedio a Rochester y en la elogiable resistencia que un pequeño grupo de valientes guerreros oponen a un ejército que les supera ampliamente en número y armamento.

De hecho, uno de los aspectos más remarcables de “Templario” es su ostentosa violencia y su considerable contenido gore, sobre todo teniendo en cuenta el género en el que se inscribe, poco dado éste a recrear con tanta crudeza las batallas. Muchas veces se le resta realismo a estas películas dulcificando la violencia y eliminando lo máximo posible la ración de hemoglobina y desmembramientos varios, algo que aquí no ocurre. Por contra -y pese a que se agradecen sus pocos remilgos-, en ocasiones resulta demasiado gratuita, y nos damos cuenta que el director se recrea sin necesidad en el enseñamiento de algunas víctimas.

De todas formas, eso es lo de menos, ya que lo que resulta verdaderamente molesto es la epiléptica –y por ende, confusa- dirección que imprime Jonathan English, moviendo la cámara sin parar sobre todo en los enfrentamientos cuerpos a cuerpo, utilizando encuadres poco acertados que le restan dinamismo a las secuencias y que hacen muy difícil que el espectador aprecie las peleas en todo su esplendor. Si habláramos de una cinta bélica, aún podríamos hacer la vista gorda, pero en plena edad media, ese tipo de montaje “modernillo” y tan de moda en la actualidad no le sienta nada bien a la película.


Pero por el bien de la historia y del ritmo en el desarrollo de la misma, conviene que no todo sean batallas, así que existe también un apreciable intento de darle algo de entidad a sus personajes, especialmente a Marshall, nuestro protagonista, y al resto de “los 7 magníficos”. Sin embargo, hay que admitir que la mayoría de estos personajes cumplen con el mero estereotipo, y que el affaire de Marshall con Isabel (Kate Mara) está un poco bastante metido con calzador (parece que como si fuera necesario adjudicarle siempre un interés amoroso al prota para darle vidilla a la trama, cuando muchas veces no hace sino estorbar)

Aún así, como director y coguionista, de lo que más se beneficia English es de tener en sus filas a un reparto la mar de competente. Purefoy, Giamatti (un pelín sobreactuado siempre que hace de villano), Cox, Derek Jacobi, Charles Dance, Jason Flemyng, Mackenzie Crook (estos dos últimos ya coincidieron con Purefoy en Solomon Kane) y el resto de actores y actrices hacen un buen trabajo interpretativo, y le dan un plus a una película que se interesa más en ser un salvaje y entretenido divertimento (que es en donde funciona mejor) que en una recreación épica y emocionante de un famoso hecho histórico.

Igualmente, podemos constatar que no se resiente demasiado de su escaso presupuesto, y que tanto la ambientación como el trabajo de fotografía y la banda sonora están logrados. Los efectos digitales, aunque mejorables, también dan el pego (si uno no se pone muy quisquilloso), y consciente del presupuesto que maneja, English opta por no abusar de ellos y aprovechar al máximo lo artesano. Con todo, para pasar el rato, no es una mala opción.



Valoración personal:

jueves, 21 de julio de 2011

“Paul” (2011) – Greg Mottola

critica Paul 2011 Greg Mottola Simon Pegg
Aunque ya habían trabajado juntos en la serie “Spaced”, no fue hasta la llegada de “Shaun of the Dead” (me niego a reproducir el título que le calzaron en España) que Simon Pegg y Nick Frost, dirigidos por Edgar Wright (responsable también de la citada serie) se dieron a conocer al gran público. La película en cuestión, una parodia/homenaje al subgénero zombie (y muy particularmente a las películas de George A. Romero), pasó a convertirse en toda una pieza de culto, y catapultó a la fama -o algo así- a sus dos protagonistas. Después de participar, por separado, en diversas producciones británicas y americanas, el trío –actores y director- se reencontró en “Hot Fuzz”, comedia en la que el género de referencia era el cine de acción y las clásicas buddy movies o películas de colegas. De nuevo, acertaron de lleno con la fórmula, así que el público ansiaba volver a ver a la pareja protagonizando juntos otra comedia. Y el momento ha llegado, pero con la salvedad de que no está Wright a los mandos sino Greg Mottola, director de películas tan olvidables –a mi gusto- como “Supersalidos” o “Adventureland”.

Graeme Willy (Simon Pegg) y Clive Gollings (Nick Frost) son dos buenos amigos que llevan mucho tiempo ahorrando para realizar el viaje de sus sueños: un peregrinaje al corazón de la zona de ovnis en Estados Unidos para visitar cada uno de los legendarios lugares donde ha habido avistamientos de platillos volantes. Sin embargo, el encuentro con Paul, un alienígena recién fugado de una base militar secreta, cambiará sus planes y las vacaciones soñadas se convertirán en una aventura en la que serán perseguidos por agentes federales y por un fanático religioso, padre de una joven, Ruth Buggs (Kristen Wiig), a la que no les ha quedado más remedio que secuestrar.

Al cambio de director, debemos añadir también el cambio de compañero de escritura de guión de Simon Pegg, ya que esta vez no es Edgar Wright el co-guionista sino su amigo y compañero de reparto Nick Frost. Este cambio ha motivado que el protagonismo se divida a partes iguales entre ambos actores, de modo que uno no eclipse al otro y tengan los dos sus momentos de gloria. Aún así, cabe decir que Pegg sigue siendo quién lleva un poco la voz cantante, y a quién se le adjudica el interés amoroso de la cinta.

Sus personajes, Grame y Clive, son dos frikis que están de visita al Comic-Con de San Diego, la convención internacional más importante y multitudinaria que se realiza sobre el mundo del cómic y otras artes (o ámbitos) relacionadas con la fantasía, la ciencia-ficción o el horror. Pero lo que no esperan es que una de sus pasiones, como son los alienígenas, se convierta en una realidad justo en el momento en que se topan con un extraterrestre de carne y hueso. Claro que Paul no es un extraterrestre cualquiera, aunque su apariencia sea muy cercana a la que el cine o los cómics nos han ido inculcando.


Para empezar, Paul es un alienígena irreverente y desvergonzado. Su comportamiento se acerca al humano, o más bien, al de un adolescente despreocupado, pues entre sus vicios destaca, por ejemplo, su gusto por fumar porros.

Esta actitud desconcierta bastante a nuestros dos protagonistas, y calará hondo en Ruth, pues sólo su mera existencia echa por tierra todas esas creencias religiosas que su padre le ha ido inculcando desde su más tierna infancia.

De todas formas, a medida que pasan más tiempo juntos, los tres humanos terminan congeniando perfectamente con el descarado alienígena, y harán todo lo posible para que éste consiga llegar sano y salvo a la nave nodriza que le llevará de vuelta a casa. Y cabe decir que la hazaña no resultará nada fácil, pues tras ellos anda el Agente Zoil, un implacable federal que no admite errores, y menos de sus ocasionales ayudantes, otros dos agentes inexpertos (y algo paletos) que desconocen la naturaleza de su misión. A estos hay que añadir también el padre Ruth, que como buen cristiano, irá en busca de su inocente hija, escopeta en mano, para rescatarla de los dos supuestos criminales que la han secuestrado.


La película hace gala de un sentido del humor muy propio de Pegg, pero también se acerca peligrosamente al humor grueso más del estilo yanqui. Hay que recordar que ya no estamos ante una producción inglesa sino americana, y eso, unido al cambio de director y a la presencia de Seth Rogen como doblador de Paul, hace que los dos guionistas sucumban un poco a las exigencias del público del otro lado del charco; un público más afín a los tacos y los gags de carácter sexual y/o escatológico, que al refinado y ácido humor inglés de toda la vida.

Este hecho supone el mayor escollo para disfrutar plenamente de la película, o al menos lo es para aquellos que no somos afines a ese tipo de comedia. De todos modos, existe una gran baza que lo compensa, y esa es su absoluto frikismo (gracias a sus dos personajes principales) y sus continuas referencias cinéfilas, las cuáles van desde Spielberg -como no podría ser de otro modo tratándose de alienígenas- hasta el Depredador de McTiernan o el Desafío Total de Verhoeven. Referencias y guiños a veces más sutiles, a veces más directos, pero siempre contando con la complicidad del espectador. Y es que la película es un homenaje cómico -a la vez que entrañable- a la ciencia-ficción de los 70 y 80, y con algún acercamiento también (sobre todo en el prólogo inicial) a la de los años cincuenta. Además, nos depara alguna que otra sorpresa especial en forma de cameo y que, obviamente, no voy a desvelar para no quitarle la gracia.

La suma de toda esa cinefilia que desprende la trama, más un alienígena gamberro, unos protagonistas muy frikis y entrañables, unas cuantas puyas hacia a la religión cristiana y hacia una más que discutible costumbre arraigada en la sociedad americana (el tema de las armas) , una historia de amor que entra sin problemas y no parece metida con calzador, un reparto en su salsa y un final que incluso resulta emotivo (sin caer en lo ñoño), hacen de ”Paul” una road-movie de ciencia-ficción simpática y amena. Dirigida a un tipo de espectador muy concreto (que probablemente será quién más la disfrute), pero aún así apta también para un público más genérico.



Valoración personal: